Dónde está el dinero que falta; yo tengo una parte

Mientras unos dicen que son galgos, y otros dicen que son podencos, lo cierto es que Europa ha accedido a prestarnos 100.000.000.000 de euros para “recapitalizar el sector bancario”. Lo que viene siendo “tapar unos agujeritos”, dinero que se ha evaporado.

Mira que yo “he estudiado”, y se supone que debería entender algo todo este desbarajuste, pero he de confesar que hay cosas que se me escapan. Hasta donde yo entiendo, el origen del agujero patrimonial (fundamentalmente en las Cajas de Ahorros) vienen de un montón de préstamos que estas entidades dieron a particulares y empresas, garantizados con activos inmobiliarios. Cuando particulares y empresas se vieron desbordados por la ralentización de la economía, no pudieron hacer frente a sus deudas y en consecuencia las entidades ejecutaron las garantías. Ahora, en vez de los X millones en deudas no cobradas, tienen un montón de activos inmobiliarios… que resulta que gracias a la “burbuja”, no valen tanto como en su día se dijo. El dinero desapareció.

¿Y dónde está? ¿Cómo puede ser que haya “desaparecido”? Efectivamente, no ha desaparecido. Simplemente se ha diluído. Y yo, he de confesar, tengo parte de ese dinero.

En noviembre de 2002, compramos un piso. Pequeñito, dos habitaciones justitas. Pagamos por él 216.000 euros, financiados íntegramente (de hecho, al 110%… “para los gastos”) por una hipoteca a 30 años (+ doble aval) suscrita con una Caja de Ahorros. Por aquel entonces parecía una barbaridad (dos jóvenes profesionales con unos sueldos majetes, y ya tenías que hipotecarte a esos niveles por un piso más bien pequeño), pero visto lo que vino después…

Cuatro años y poco después, ya con un hijo, decidimos abandonar Madrid y poner el piso a la venta. Pasadas unas semanas, encontramos comprador. Un chavalito de Málaga, ayudado por sus padres. El precio, 312.500 euros. Es decir, en apenas 4 años, el piso se había “revalorizado” (pongo las comillas; porque se incrementó su precio, ¿pero su valor?) un 44,5%. Sonaba raro, ¿verdad? El mismo piso que cuatro años antes nos había supuesto un esfuerzo importante a una pareja… ¿ahora casi un 50% más caro, y sostenido por una única persona? Pero encontró una entidad financiera que aceptó el trato. Probablemente una hipoteca a 40 o a 50 años, yo qué sé.

Imagino que aquel chaval sigue pagando su hipoteca. O quizás tuvo que vender el piso, probablemente a un precio inferior al que nos lo compró. O quizás no pudo con la deuda y le entregó el piso a su entidad. El hecho es que nosotros nos llevamos un buen puñado de euros “de la nada” (¿qué aportación productiva habíamos hecho?), y lo que viniera detrás… ya no era asunto nuestro.

Aunque claro, ese “nosotros” es inexacto. Porque en ese botín “metieron mano” unos cuantos. Participó nuestra entidad financiera, que durante 4 años y pico llevó a sus cuentas de resultados los intereses que nos cobró. Participaron notarios y registradores, que se embolsaron sus tasas en cada operación. Participó el Ayuntamiento, cobrando las plusvalías municipales. Y la Hacienda Pública, llevándose su parte por el incremento de renta. Si hubiera habido agencia inmobiliaria de por medio (no fue el caso), también se hubiera llevado lo suyo.

Mi caso, unido al caso de muchos otros más, explica “dónde está el dinero”. La burbuja inmobiliaria era un juego en el que parecía que todo el mundo ganaba, y que así iba a ser para siempre. Sin embargo, el tiempo demostró que no era así. Algunos tuvimos suerte, y salimos del casino con beneficio porque (aun sin intención ninguna de especular) compramos y vendimos en buenos momentos (sin duda hubo muchos que se llevaron mucho más; simplemente habiendo comprado 3 años antes). Otros hicieron de esta ruleta una forma de inversión plenamente consciente (“compro un apartamento sobre plano en cualquier PAU, y en un año lo vendo y le saco…”; “montamos una pequeña promotora, hacemos una miniurbanización, y nos forramos…”). Y mientras tanto algunos “cómplices necesarios” ganaban en cada operación. El caso es que a algunos les salió bien, y eso me incluye. No hemos robado a nadie, no hemos estafado; simplemente la suerte nos sonrió mientras que a otros… no. Son esos los que ahora se ven con activos con un precio de mercado menor que el que tienen contabilizado (“el agujero”), o con deudas que ni entregando el activo inmobiliario pueden subsanar.

¿Y de quién es la culpa? De todos y de nadie. Esta situación no se hubiera producido sin cientos de miles de personas tomando decisiones de comprar y vender, aceptando precios y condiciones. Yo no hubiera vendido si no hubiese encontrado un comprador. Ni me hubiera hipotecado si no hubiese encontrado una entidad financiera que aceptase el trato. Es verdad que las entidades financieras podían haber controlado mejor el riesgo que asumían, es fácil decirlo ahora… pero si una entidad financiera hubiese “restringido el crédito” se hubiese quedado fuera del mercado, porque los compradores querían hipotecas al 100%, y al 110%, y a 30, 40 o 50 años, aunque las cuotas supusiesen el 50% de los ingresos mensuales de la familia. Y si no se las dabas tú… a tres metros tenían otra entidad que sí, y que se llevaba la hipoteca, los seguros, las cuentas, las tarjetas, y los beneficios aparejados (también los riesgos, sí; pero entonces eso del riesgo parecía tan etéreo… tanto para las entidades como para los particulares). Seguramente “el regulador” debería haber actuado con más contundencia, poniendo límites en aras del bien común. Pero es que “el regulador” y sus jefes políticos (primero los unos, y luego los otros; aquí no se salva nadie) también estaban encantados con la situación: ¿qué Gobierno desprecia un montón de dinero entrando en sus arcas, tanto a nivel estatal como local? ¿quién renuncia a sacar pecho de una “economía en crecimiento”, basada en la ilusión de riqueza que la burbuja proporcionaba a los ciudadanos? “Sí, la burbuja se tendrá que deshinchar algún día… pero confiemos en que sea un aterrizaje suave y a ser posible cuando haya terminado nuestra legislatura”.

Entre todos la matamos, y ella sola se murió. Es verdad que en la pirámide de responsabilidades hay a quien cabría exigirles más que a otros. Pero lo cierto es que cada uno a nuestro nivel contribuímos a esta situación. Ni unos ni otros quisimos ver lo ilógico que era todo, y los riesgos que estábamos asumiendo. Y de esta estapa algunos han salido más escaldados que otros. Yo doy gracias de haber tenido la mezcla de suerte y sensatez (cuando vendí no me puse muy “especialito” con el precio; y después en vez de comprar decidí vivir de alquiler por si acaso…) que tuve.

Pero soy consciente de que mi suerte se debe al desarrollo de un círculo vicioso que, a nivel colectivo, se ha demostrado terrible. Lo cual, he de confesar, me genera una sensación un tanto incómoda.

PD.- De bonus, esta semblanza sobre “la burbuja de los tulipanes” que hice en El Blog Salmón hace “sólo” 7 años. Cambiemos tulipanes por inmuebles, Holanda por España… y listo.

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España, ¿qué puedo hacer por ti?

Veo a España mal. Muy mal, en muchos sentidos. No pienso sólo en una determinada situación económica, que sin duda es mala ahora como lleva siendo mala ya varios años. Y sin visos de solución, porque los problemas son y han sido siempre estructurales y nadie se atreve a meterles mano, a definir un proyecto de país. Pero la situación económica es, en el fondo, un síntoma. Síntoma de un sistema que no funciona, de instituciones que han perdido la confianza de los ciudadanos. Políticos de uno y otro signo que demuestran, cada vez que tienen oportunidad, una indigencia moral e intelectual alucinante. Gobierno y oposición, sean del color que sean, provocan vergüenza ajena. Los medios de comunicación (o de manipulación) conchabados con el poder político y económico para adormecer a la gente. Una justicia lenta, cara, moldeable según los intereses. Unos sindicatos ridículos. Y así todos.

Pero el problema no sólo está en “ellos”. También de un colectivo ciudadano, en una sociedad civil, que comparte al 100% de las responsabilidades y que es el sustrato de todo lo que sufrimos, aunque gustemos de mirar para otro lado (los malos siempre son “los otros”, los especuladores son “los otros”, los corruptos son “los otros”… ¿nosotros? Sin mácula, hombre, faltaba más). Veo muy poca autocrítica, muy poca reflexión… y a cambio mucha demagogia de todos los colores. Todo son derechos, obligaciones las justas. Y la sensación de que a los pocos (o muchos, da igual) que se toman la molestia de hacer análisis serios, reposados, ponderados… nadie (ni a nivel institucional, ni a nivel ciudadano) les hace ni puto caso.

Me entristece esta situación. Y no sé qué hacer. Yo también me sentí, hace un año, “indignado”. Compartía la sensación con muchos otros de que “esto no funciona”. Llegué a estar sentado en una plaza de mi pueblo, con gente variopinta, tratando de expresar ese hartazgo. Pero todo aquello se diluyó. Entre unos que quisieron aprovecharse del movimiento para capitalizarlo a su favor, otros que procuraron (y creo que lograron) desacreditarlo centrando los focos en los elementos más “llamativos” o pintorescos (los “violentos”, los “hippies”, los “radicales”…), la propia dificultad de encauzar ese sentimiento en algo más operativo… ¿qué queda del 15M? Personalmente, frustración. La sensación de que ahí había una energía por cambiar cosas que se ha perdido.

¿Qué hacer? ¿Qué puede hacer alguien como yo, y como tú? Las “protestas callejeras” tienen para mí un componente de “derecho al pataleo”, pero nada más; si sólo se quedan ahí no sirven de nada, pero darles continuidad productiva es muy difícil, y yo al menos no sé cómo hacerlo. La explosión violenta de algunos desde luego no aporta nada positivo. Otros se lo toman con humor, mucha ocurrencia y mucho ingenio… como meras vías de escape, pero de nuevo sin ningún efecto.

¿E intentarlo desde dentro del propio sistema? Afiliarse a un partido implica por definición acatar todos los procedimientos del “aparato”. El que se mueve no sale en la foto, así que la lógica consecuencia es que nada bueno puede salir de los propios partidos, que están diseñados para replicarse a sí mismos. ¿Hay espacio para movimientos ciudadanos “al margen de los partidos” (tipo agrupaciones vecinales que acaban constituyéndose en partidos locales, por ejemplo)? A veces pienso que sí, aunque soy tan crítico con la condición humana (y de los españoles especialmente) que tengo la sensación de que cualquier colectivo de este tipo tiende a “pudrirse” más pronto que tarde (no hay más que ver lo que nos cuesta ponernos de acuerdo en una comunidad de vecinos…)

La tentación es (y confieso que tiendo más a esto) “pasar de todo”. Ir “a lo mío”, preocuparme de mi actividad profesional, de mi familia y de “los míos”, procurar que “lo común” me roce lo menos posible… y el día que la cosa se ponga muy fea, coger un avión y buscarme la vida donde haga falta. Que le den por culo a España.

Pero me resisto. Se tiene que poder hacer algo.

Pero me angustia no saber qué, me angustia saber que este es un problema que no es de hoy sino que se remonta décadas y siglos atrás, me angustia pensar que gente mucho mejor que yo ha tenido la cabeza puesta en esto y no consiguió nada.

España, ¿qué puedo hacer por ti?

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Éste es el mundo que nos espera; acostúmbrate

Me ha encantado este artículo de Seth Godin, llamado “La recesión permanente; y la próxima revolución“. Y me ha gustado porque representa muy bien mis sensaciones respecto a esta “crisis” que estamos viviendo. Él habla sobre los dos tipos de recesiones (“desaceleraciones” que llaman algunos) que tenemos encima. Una la cíclica, la que viene y va. Y otra que ha venido para quedarse, la que tiene que ver con la desaparición de un mundo que ya no volverá.. Como dice Godin, “esto representa una discontinuidad significativa, una decepción vital para la gente trabajadora deseosa de una estabilidad que difícilmente van a tener”.

Un cambio de perspectiva complejo, estresante, para el que nadie nos ha preparado y que muchos, lamentablemente, no serán capaces de abordar. Un cambio de escenario que nos obliga a “ponernos las pilas”, y que nos lleva a un mundo distinto, donde también habrá oportunidades para quienes sepan adaptarse. Seguro que todos preferiríamos un mundo más estable, pero como eso no va a pasar, cuanto antes lo aceptemos, antes dejemos de lamentarnos y antes nos pongamos manos a la obra, mejor nos irá.

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¿Quién te enseña a emprender?

El otro día me comentaba un conocido que iba a plantear, en el instituto de su hija, la posibilidad de hacer una sesión con “emprendedores”. Están en esa edad en la que tienen que ir pensando “qué van a ser de mayores”, y la inmensa mayoría tiene en mente (algo que me sorprendió; pensaba que a estas alturas habíamos avanzado algo) las opciones clásicas de “médico, abogado, ingeniero, etc.”; y le parecía que merecía la pena abrirles la mente a otras realidades, para que al menos las pudiesen valorar.

“Y demasiado tarde me parece”, le dije. Efectivamente, creo que “emprender” es algo que hay que enseñar desde pequeños, desde la escuela, y también en casa. Ya escribí en su momento que creo que aquellos que han “mamado” en sus casas esa actitud emprendedora es más fácil que la desarrollen. Porque diría que “emprender” no es una serie de conceptos y conocimientos, sino más bien un conjunto de actitudes que, cuanto antes interiorices, mejor.

Lo comparaba con mi propia experiencia. Desde luego yo no vi en casa emprendimiento; no culpo a mis padres, simplemente fueron sus circunstancias. Ni en el colegio. Ni en el instituto. Más grave aún, tampoco en la universidad. Y eso que hice “Administración y Dirección de Empresas”, donde se supone que más sentido tendría. Pero no. A mí me enseñaron muchas cosas para ser “administrador y director de empresas”. En el área financiera, en el área de marketing, en el área de control de gestión… todo pensado para convertirnos en “hombres de empresa”, posiblemente en el sector industrial o financiero. Recuerdo muchas charlas de directivos bancarios, y de directivos de grandes conglomerados industriales, pero ni una sola charla de un emprendedor, nadie que nos contase su experiencia. Desde luego, tampoco recuerdo ningún profesor así. Por supuesto que muchas de las enseñanzas que recibimos podían ser aprovechadas por un emprendedor (desde hacer un plan de marketing a entender el marco normativo, pasando por definir la contabilidad de costes o entender los ratios financieros), pero nadie se encargó de alentar ese espíritu emprendedor en nosotros.

Bueno, sí, en teoría la “memoria fin de carrera” consistía en elaborar un “plan de negocio” (podía ser de una empresa de nueva creación, o hacerlo como proyecto sobre empresa existente). Puro emprendizaje de salón, que consistía en elaborar un “tocho” bien gordo, y defenderlo ante un tribunal compuesto por profesores que no es que no fuesen emprendedores; es que creo que ninguno había trabajado nunca en ningún sitio que no fuese la universidad. Recuerdo que una de las objecciones que pusieron a nuestro proyecto fue que el desglose del coste unitario de un producto (que habíamos obtenido de la propia empresa que nos sirvió de base para el trabajo) “no se ajustaba a lo que nos habían enseñado en clase”. Valiente gilipollez. En todo caso, una vez finiquitado el proyecto, palmadita en la espalda, y ahora vayan poniéndose en fila en los procesos de selección de grandes bancos, grandes consultoras, grandes auditoras.

Hablando de mí, ójala alguien me hubiese alentado en toda esa primera etapa de mi vida ese espíritu emprendedor. Ójala me hubiesen animado a experimentar, a no desanimarme cuando algo sale mal, a intentarlo tantas veces como sea necesario, a perder los miedos en un entorno controlado, a desarrollar habilidades y actitudes; tendría mucho camino recorrido.

Y a nivel de la sociedad general, ójala alguien alentase eso mismo en todos los jóvenes. Así no tendríamos generaciones enteras viviendo a la “sopaboba”, esperando que alguien les solucione las papeletas, y quejándose porque con sus estudios, sus universidades, y sus másteres… nadie “les da trabajo”, creyendo que el bienestar es un “derecho adquirido” en vez de una conquista diaria. Porque sí, la situación de dificultad económica puede ser un hecho objetivo; pero la actitud con la que nos enfrentamos a ella puede marcar una gran diferencia.

Foto: Katie Weilbacher

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La reforma laboral que necesita España

Estamos en unas semanas donde “reforma laboral” está, cada día y el de enmedio, en las portadas de los periódicos. Unos que la piden, otros que dicen que ni de coña, pero bueno luego igual sí, pero poco, que se pongan de acuerdo entre ellos, pues ya veremos…

Personalmente, creo que España necesita una reforma laboral (y otras muchas reformas) como el comer. Pero lo que voy viendo me resulta muy decepcionante. Si fuese un edificio, España necesitaría tirar tabiques, cambiar tuberías e instalación eléctrica… vamos, una reforma en toda regla. Y sin embargo, parece que todo se va a solucionar con una manita de pintura.

La reforma que, en mi opinión, necesita España es radical. E impopular. Por eso seguramente no se llevará a cabo. Ningún partido político podría prometerla en su programa electoral (porque perderían las elecciones), ningún gobierno la impulsaría (porque la gente se le echaría a la calle). Así que así seguiremos, languideciendo como país, con cifras de productividad cada vez más alejadas de los países de nuestro entorno, con gasto público insostenible… ¿Hasta cuándo? Hasta que nos demos cuenta de que no hay más dinero en la hucha, que no podemos endeudarnos más porque nadie quiere prestarnos, que simplemente no hay dinero para pagar pensiones, ni paros, ni sanidad ni educación ni obra pública. Y entonces miraremos al cielo y diremos “por qué, por qué”.

¿Cuáles son, para mí, algunos conceptos básicos de esta reforma laboral necesaria?

  • Entender que el trabajo no es un “derecho adquirido”: nadie “nos debe” un trabajo. El trabajo tenemos que merecerlo nosotros mismos demostrando (y desarrollando) nuestras capacidades, nuestra involucración, nuestro esfuerzo. Y tenemos que hacerlo día tras día. Si lo hacemos así, no nos faltará trabajo, ya que seremos el “trabajador perfecto” con el que cualquier empresario quiere contar. Y si no hay empresarios que cuenten con nosotros, tendremos que arremangarnos y convertirnos en empresarios nosotros mismos. Lo que no vale es sentarse a esperar “a que me den un trabajo”, y quejarse porque nadie lo hace. O una vez conseguido un trabajo, “relajarse” porque ya tengo trabajo y luego quejarse cuando uno se queda sin él.
  • La empleabilidad es una responsabilidad esencial del trabajador. “A mí, que me formen” no es aceptable. Es uno mismo el que tiene que hacer el esfuerzo por desarrollar sus capacidades, por adaptarlas a las necesidades presentes y futuras del mercado de trabajo. Va en ello su capacidad de encontrar y mantener un trabajo en el futuro. ¿Que cuesta esfuerzo? Pues sí, claro, pero es lo que hay ¿Que no lo quiere hacer? Perfecto, pero luego no vale quejarse, ni esperar que otros resuelvan lo que tú no has querido resolver.
  • Con ese concepto de “ganarse el derecho a trabajar día a día”, carece de sentido el concepto de “contrato indefinido”. Un contrato debe durar en la medida en que ambas partes estén satisfechas. Si por alguna razón una de las partes deja de estarlo, el contrato debe poder romperse, sin más. Sin aspavientos. ¿Despido libre? Sí. ¿Con alguna indemnización? Según el caso. Y desde luego, no como son ahora.
  • Las indemnizaciones vinculadas al tiempo de permanencia en el puesto de trabajo son una idea terrible. Da igual que sean 45 días por año trabajado, 33, o 20. Sobra el “por año trabajado”. El despido de cualquier trabajador debería costar lo mismo. El único criterio que debería pesar para un empresario a la hora de decidir con qué trabajador cuenta o con cuál no es si es bueno, si es productivo. La situación actual provoca que en muchas ocasiones pierdan su trabajo personas mejor dispuestas y preparadas por el único motivo de que “cuesta menos” despedirlas.
  • El despido procedente debe ser mucho más habitual. Hoy por hoy es dificilísimo conseguir la calificación de “procedente” para un despido, incluso en situaciones de abusos palmarios. Una legislación excesivamente garantista hace que se permitan abusos intolerables por parte de determinados trabajadores; al final, el único recurso para el empresario es asumir y pagar un “despido improcedente”. De nuevo, costes de fricción artificiales que dificultan quedarse con las personas más productivas y deshacerse de las que presentan actitudes y comportamientos negativos.
  • Para evitar abusos, en uno u otro sentido, el cuerpo de Inspección de Trabajo debe estar dotado de recursos suficientes. Las investigaciones deben ser rápidas y eficaces, tanto ante denuncias como de oficio. Se trata de investigar, de forma independiente, las situaciones de conflicto que se puedan dar en las empresas. Y de tomar las decisiones justas, bien sea a favor del empleado o del empresario.
  • Las indemnizaciones, y la protección social (el paro) deben ser ajustadas. Se trata de evitar que el trabajador, y su familia, se mueran de hambre. Pero deben ser, a la vez, un incentivo para buscar trabajo cuanto antes. No puede ser que se perciba el paro como un medio de vida, “bueno no tengo trabajo pero como tengo el paro… no tengo prisa”. Es una sangría para las cuentas públicas, y un incentivo negativo para la búsqueda de empleo.
  • Los “derechos sociales”, por muy deseables que sean, no son conquistas irrenunciables. Básicamente, porque cuestan dinero. Cuesta dinero tener protección por desempleo, cuesta dinero pagar pensiones, cuesta dinero la sanidad pública, cuesta dinero la educación pública, cuestan dinero las bajas laborales, las jornadas limitadas, las vacaciones pagadas… Ese dinero sale de las arcas públicas. Y ese gasto sólo es sostenible en la medida en que haya ingresos que lo compensen. Si no hay ingresos, habrá que ir pensando en renunciar a ello. Igual que una familia que, cuando le van bien las cosas, puede permitirse tener un coche, una casa, vacaciones, viajes, comidas fuera… pero cuando van mal las cosas tiene que asumir que no puede ir de vacaciones, que no puede tener una casa en propiedad (y quizás tenga que vivir de alquiler en un piso compartido), que no puede comprarse una tele de plasma. “Ni un paso atrás” es un slogan muy bonito, pero si no hay dinero para mantener un ritmo de vida, habrá que reducirlo. Y esto, que se entiende tan bien en materia de economía doméstica, parece que si lo elevamos a nivel país es una aberración, cuando la lógica es exactamente la misma.

Sí, lo sé, suena duro. Es que lo es. Pero no veo que las cosas puedan funcionar de otra manera. Nos hemos acostumbrado a vivir en “los mundos de Yupi” mientras vivíamos “de prestado” construyendo un país sobre sectores inflados artificialmente, y con el maná europeo fluyendo sin parar. Como niños de papá, manteniendo un elevado tren de vida a costa de un dinero que no era nuestro, y que nos llegaba sin demasiado esfuerzo. Ahora todo eso ha desaparecido. Ya no hay más patrimonio que fundirse. No podemos mantener el mismo ritmo de vida de nuevos ricos que nos hemos marcado en las últimas décadas. Tendremos que adaptar nuestro tren de vida a los ingresos que seamos capaces de generar por nosotros mismos. Y si queremos volver al que hemos disfrutado hasta ahora, tendrá que ser a base de mucho esfuerzo, individual y colectivo. Y pretender otra cosa es, en mi opinión, una ilusión irrealizable.

Asumo que haya gente que no esté de acuerdo con lo que digo. Agradecería que esos desacuerdos se expresasen de forma correcta, y a ser posible argumentada.

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¿Educados o pringaos?

Esto pasó hace ya unos cuantos meses. Mi hijo (3 años) y yo estábamos esperando turno en la peluquería. A nuestro lado, otro padre con otro hijo de edad similar. Pasa el tiempo, los niños se inquietan… y la peluquera les da un par de Sugus. Mi hijo lo abre, se lo mete en la boca, y tira el papel a la papelera; “muy bien, Pablo, los papeles a la papelera”. El otro niño lo abre, se lo mete en la boca… y tira el papel al suelo.

Me le quedo mirando, y el niño me sostiene la mirada sin atisbo de problema ninguno. Miro al padre, que no levanta la mirada del periódico. Y entonces va mi hijo, se agacha, recoge el papel tirado por el otro niño, y lo tira a la papelera.

En ese momento, me invadió una sensación agridulce. Por un lado, “orgullo y satisfacción” por mi hijo. Por otro lado, la duda de si no estaremos haciendo de él, educándole para que haga “lo que está bien”, un “pringao”. Porque el otro niño hizo lo que le salió de las narices, nadie le dijo nada y encima el que “pringó” fue el mío. Y si no lo hubiera hecho, el papel seguiría tirado en el suelo.

Si lo extrapolamos al comportamiento adulto, uno tiene a veces la sensación de que hacer “lo que está bien” (pagar impuestos, respetar las normas de circulación, procurar no molestar a los vecinos, no ensuciar la calle, proporcionar un trato justo a colaboradores o empleados, trabajar honradamente, etc.) no compensa. Porque ves a muchos que no lo hacen, y a los que les va estupendamente. Y no sólo eso, sino que al que “hace las cosas bien” le toca suplementar lo que los otros han dejado de hacer, o sufrir las consecuencias. Si eliminamos las religiones de la ecuación (con su inapelable “si eres bueno irás al cielo” o “si eres malo te reencarnarás en boñiga de vaca”… cuán largo me lo fiáis), parece que “ser bueno” no acaba de compensar.

Y es que la sociedad en su conjunto es demasiado tolerante con comportamientos antisociales. Poca gente, a nivel individual, se atreve a afear una conducta; principalmente, porque las consecuencias pueden ser muy desagradables y nadie te va a proteger frente a ellas. Lo fiamos todo a las instituciones (llámese justicia, policía, inspección), pero tienen tan pocos recursos que simplemente no llegan a ejercer una tutela efectiva. ¿El resultado? Que aquí cada uno hace lo que le da la gana, y no pasa nada.

De ahí mi paranoia, de pensar si por enseñarle a “hacer lo correcto” le estoy condenando a ser un “tolili” mientras que otros viven mejor y se aprovechan de él. En fin, cosas del viernes por la tarde.

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El mercado y la gravedad

Hoy he tenido un entretenido intercambio de tuits con @sociologizando. Todo ha surgido con un planteamiento suyo, hablando del mundo del trabajo, donde decía que “los empleadores deberían pagar a sus empleados lo que se merecen”. Ahí le he respondido yo que eso de “merecer” no es algo objetivo, que los precios en el mercado de trabajo (como en cualquier otro) se fijan en base a la oferta y la demanda… y a partir de ahí nos hemos liado en una conversación (creo que twitter no era el canal más apropiado, pero no se nos ha dado mal) sobre si el mercado era “justo” o si era “perfecto”

En realidad se trata de una conversación que se repite de forma recurrente. Yo empiezo a hablar de la lógica de los mercados, y siempre sale alguien hablando de “lo justo”, “lo ético”, “lo correcto”… Entonces yo trato de explicar que la lógica de los mercados es la que es, y alguien acaba diciendo que yo soy un “defensor del mercado” o un “fundamentalista” (no ha sido el caso de Pablo, que no ha llegado a este extremo; pero creo que no le faltaba mucho :) ).

Y a mí me hace gracia escuchar eso. Nadie discute hoy en día la ley de la gravedad: si dejas algo suspendido en el aire, se cae (bueno, Newton lo dice mejor, pero por resumir :D ). A nadie se le ocurre decir que “la ley de la gravedad no es justa” o que “la ley de la gravedad no es ética” o que “la ley de la gravedad no es perfecta”. No sé si es justa o ética o perfecta, pero me da igual; es como es, y no puede ser de otra manera. Y por decir que “si dejas algo suspendido en el aire, las cosas se caen”, nadie me llama “defensor de la gravedad” o “fundamentalista de la gravedad”.

Y sin embargo, con el mercado sí ocurre, cuando desde mi punto de vista es tan “impepinable” como pueda serlo la gravedad. En condiciones normales, por nuestra propia naturaleza, tomamos decisiones respecto a la utilidad de lo que nos desprendemos vs. la utilidad que vamos a obtener a cambio (conceptos ambos subjetivos); eso determina el precio que estamos dispuestos a pagar/cobrar por algo. El agregado de las voluntades individuales forma las curvas de oferta y demanda, y allí donde se cruzan se formaliza el intercambio.

Por supuesto, el mercado tiene efectos negativos (igual que los tiene la gravedad; que se lo digan a la cabeza de Newton). Y se proponen medidas para limitar esos efectos negativos en la medida de lo posible, y está bien. Pero no se puede pretender definir una alternativa al mercado, “que no exista el mercado porque no es justo”, igual que resultaría absurdo pretender “que desaparezca la gravedad porque no es justo que te caigan cosas en la cabeza”. Hombre, si nos ponemos cabezones, podemos intentarlo: pero más tarde o más temprano tendremos que rendirnos a la evidencia de que hay cosas que son como son, y no pueden ser de otra manera: las cosas no dejarán de caerse, y las mareas no se retirarán.

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Superdotados

Anoche estuve viendo, durante un rato, el documental “Superdotados, al este de la campana de Gauss” que echaron en DocumentosTV. Muy interesante, en la medida en que se centraba en cómo el sistema educativo no está preparado para detectar y gestionar a este tipo de personas (que se estima en el 2% de la población), resultando en un desperdicio de potencial talento y en generar a esos niños unas situaciones difíciles, obligados a permanecer en un sistema que se les queda pequeño.

En realidad, al final la conclusión que sacabas es que el sistema sólo está preparado para gestionar “la normalidad” y que todo lo que se salga de ahí (tanto por arriba como por abajo) no tiene una atención específica y, por lo tanto, se ven obligados a transitar a un ritmo que no es el suyo. Claro, la educación personalizada es una utopía, pero aun así debería haber “caminos alternativos”.

El caso es que uno acaba agradeciendo haber sido “normal”. A mí siempre, desde muy pequeñito, me funcionó bien la cabeza. Lo suficientemente bien como para haber obtenido muy buenos resultados sin demasiado esfuerzo. Pero no tan bien como para haberme sentido un bicho raro, para odiar el colegio por aburrido, para sentirme ajeno a mis coetáneos por verles “demasiado simples”, para desear ir a cursos de mayores o para enfrascarme en una vorágine de actividades extraescolares que saciasen mi apetito intelectual (experiencias todas ellas relatadas por los protagonistas del documental).

Es curioso, porque uno piensa siempre que cuanto más (hablamos aquí de inteligencia, pero podríamos poner cualquier otra cosa) mejor. Pero luego resulta que para casi todo hay un punto para el que, una vez superado, empiezan a surgir problemas crecientes que pueden llegar a diluir casi por completo los beneficios.

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Nuestro español bosteza

Ayer conocí, gracias a DarcoTT, estas letras de los Proverbios y Cantares de Antonio Machado:

—Nuestro español bosteza.
¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío?
Doctor, ¿tendrá el estómago vacío?
—El vacío es más bien en la cabeza.

Me gustaron. Mucho.

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La realidad del paro en España

Me parece que este comentario, que leo en Joldi’s web (no hay permalink, pero es una anotación del 15 de abril de 2009) lo clava:

“Hay quién siguen sin enterarse que España nunca volverá a ser en lo económico la de hace tan sólo un par o tres de años. Que jamás el sector de la construcción y afines volverán a absorber tanto factor trabajo como años atrás, y que lamentablemente, se quiera o no reconocer, poca de esta mano de obra podrá ser recolocada en otros sectores productivos. No hay, ni habrá sector que coja el tan ansiado relevo a la construcción. Y olvídense de papanatas de crear de la nada sectores de valor añadido de I+D. Eso requiere, tiempo (que ya no hay) y dinero (que ya no tenemos). El desajuste entre oferta y demanda de mano obra, es, y seguirá siendo brutal. Sobra mucha mano de obra, con independencia que se precarice todo lo que se quiera el mercado de trabajo español. Aún y con estas, seguirá sobrando muchísima mano de obra. Y para mayor abundamiento necesitamos mejorar la productividad, eficiencia, de nuestro mercado de trabajo, lo que aún requerirá desprendernos aún de más mano de obra”.

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