El cartón de Podemos

Cuando lo del 15-M, seguí el fenómeno con atención. Joder, llegué a bajar a la calle a sentarme en una plaza aquí en el pueblo, éramos 20 personas. Compartía la sensación de que “algo no estaba bien” con el funcionamiento del país, de la política, de la economía. Y esos momentos extraños de “catarsis compartida” me hicieron sentir que a lo mejor podíamos cambiar algo.

Claro, que esa sensación difusa de que “hay que cambiar algo” está muy bien, pero luego hay que llevarla a lo concreto. Y ese “cambiar algo” evidentemente no significa lo mismo para todo el mundo. Yo soy un defensor de la economía de libre mercado y de la responsabilidad individual, y lo que creo que tenía (y tiene) que cambiar está más relacionado con la falta de transparencia en las instituciones, el sobredimensionamiento de las Administraciones, el conchabeo entre la política y la economía (aquello del “capitalismo de amiguetes”, que ni es capitalismo ni es nada) y una mayor presencia de la sociedad civil (o sea, tú, yo, el vecino de al lado) en las decisiones del día a día.

Cuando surgió lo de “Podemos”, los observé con curiosidad. Sonaba bien aquello de “ni de derechas ni de izquierdas”, lo de “los de abajo vs los de arriba”, lo de “la gente normal”, lo de la “decencia”, lo de “los círculos”… quizás, a lo mejor, podíamos estar frente a un catalizador de un movimiento social que efectivamente sirviese para cambiar las cosas, para coger la ilusión de una ciudadanía más bien harta y transformarlo en energía renovadora.

No tardó, claro, en caérseme la venda. Lo de “ni de izquierdas ni de derechas” no se sostuvo, aquello era un partido de izquierdas puro y duro, con ramalazos de izquierda antigua y demodé. Lo de los “círculos” no tardó tampoco en caer, democracia interna para qué, lo importante es el “núcleo irradiador” y el culto al líder que ha ido laminando con mano de hierro cualquier disidencia. Han seguido insistiendo en gestos que cada vez me resultan más vacíos, más fachada. Han ido desdiciéndose de todas sus proclamas. Aplican con soltura la ley del embudo, aquello de señalar lo que los demás tienen en el ojo haciendo como que ellos no tienen nada en el suyo. Me resulta ya ridículo y risible (tanto como “los del otro lado”) la forma en que siguen vendiéndose a sí mismos como la última cocacola del desierto, el referente moral “del pueblo”, los representantes legítimos de “la gente”.Si en algún momento me los creí, fue muy al principio: hace ya muchos meses que no solo no me los creo, si no que los considero un peligro, como a cualquiera que hable en nombre de “el pueblo”.

Y sin embargo, me alegro de que estén en las instituciones. Me alegro de que hayan “pillado cacho” en algunos Ayuntamientos, que tengan un grupo parlamentario, que se vean en la situación de tener que “pactar acuerdos”. Me alegro porque es muy fácil torear desde la barrera. Es muy fácil criticar desde la calle, desde “el activismo”, desde la manifestación. Ahí se puede decir lo que uno quiera, se puede echar toda la mierda que haga falta, criticar cualquier decisión que tome cualquier partido o persona que esté en condiciones de tomarlas. Y todo manteniendo el aura de superioridad moral, algo fácil cuando no tienes que decidir nada, ni gestionar nada.

Pero ay, amigos. En el momento en el que eres tú el que decide, el que eres tú el que gestiona… se te empiezan a abrir las costuras, se te empieza a ver el cartón. Dar cargos a alguien del partido con una experiencia discutible es algo no solo tolerable, sino casi evidente. Contratar a parejas y a ex-parejas ya no es nepotismo, es cosa de curriculum. Cargar la gomina del alcalde al presupuesto es lo mínimo que se puede hacer. Las huelgas de los servicios públicos ya no molan, son ataques. Lo que antes eran privilegios a los que “la gente normal” no accedería, ahora ya sí. Hay que disculparles que se salten los procedimientos, porque claro, ellos vienen del activismo. Y suma y sigue.

Cada día que pasan en las instituciones es un día en el que su antaño “superioridad moral” queda retratada con hechos. Cada día es más insostenible esa visión carismática e inmaculada de “los decentes” y “los defensores de la gente”, de las grandes palabras que son fáciles de decir porque no hay que acompañarlas de hechos. Quedan como lo que son: un partido mortal, de carne y hueso. Con gente válida y con sinvergüenzas. Con unas ideas y unas propuestas concretas, que te pueden gustar más o te pueden gustar menos… pero que pasan a ser discutidas en igualdad de condiciones con otros partidos que defienden otras ideas.

Siempre habrá, claro, un colectivo de “fanboys” que seguirán negando la mayor (¿no los tienen también todos los partidos?). Que seguirán pensando que no tienen mácula, que si cometen algún error será un pecadillo sin importancia, posiblemente producto de un error bienintencionado. O porque habrá algún individuo que lo hace mal, pero que es eso, una manzana podrida. O que, en el peor de los casos, los otros son peores y roban más. A esos no habrá quien les convenza, claro. Pero una vez rota la burbuja de la superioridad moral, cada vez habrá menos “gente normal” (de la de verdad, como tú y como yo) que se deje deslumbrar con espejitos de cristal.



Ojalá todos fueran como yo

empatia

A veces lo pienso. Es una pesadez, y en muchas ocasiones una fuente de estrés, lidiar con el resto del mundo. Si todos fueran como yo estaríamos siempre de acuerdo, pensaríamos igual, no habría conflicto y nos llevaríamos de maravilla.

Lamentablemente, el mundo no es así:

  • Cada uno somos como somos: somos el producto de nuestro carácter, de nuestra educación, de nuestras experiencias, de nuestro entorno, incluso de nuestro momento vital. Por eso pensamos como pensamos, actuamos como actuamos, nos gusta lo que nos gusta y nos repele lo que no, consideramos aceptables unas cosas y otras no.
  • Hay otros que son distintos de nosotros: consecuencia lógica de lo anterior. Como no todos tenemos ni el mismo carácter, ni la misma educación, ni las mismas experiencias, ni nos rodea el mismo entorno… pensamos diferente, actuamos diferente, nos gustan cosas diferentes, toleramos cosas diferentes.
  • Nuestra forma de ver el mundo no es la única válida, ni la mejor: es difícil (desde luego lo es para mí) aceptarlo. De hecho iniciaba mi argumento deseando que “todo el mundo fuese como yo”. Como individuos, y como sociedad, tendemos a ver el mundo desde nuestra propia perspectiva y nos resulta muy difícil renunciar a ella y aceptar la de los demás.
  • Es normal sentir afinidad por los que se nos parecen, y rechazo por los que no: tendemos a rodearnos de aquellos con quienes compartimos nuestros valores clave, porque es con ellos con quienes nos sentimos cómodos, con quienes nos entendemos, con quienes menos conflictos surgen. En paralelo tendemos a alejarnos de los que no, porque hay incomodidad y hay conflicto.
  • Nunca vamos a poder eliminar al 100% la interacción con los diferentes: están ahí, compartimos el mismo espacio. Puedes intentar minimizar el roce, pero salvo que decidas convertirte en un ermitaño (y creo que ni aun así) vas a tener que socializar, y en consecuencia, a tener que soportar gente que tiene otros valores, otra forma de ser, pensar y comportarse.
  • No existe la afinidad perfecta: incluso aunque te rodees de gente afin, siempre habrá diferencias. Algunas más sutiles, otras más importantes. Unas más previsibles, y otras que solo afloran con el paso del tiempo. Nunca encontrarás a alguien que sea “exactamente igual que yo” en todos los aspectos y todo el tiempo.

Pensar de otra manera son ganas de darse cabezazos contra la pared. “Es más fácil ponerse unas sandalias que cubrir el mundo de alfombras”. El mundo es como es, y tenemos que vivir en él de la mejor manera posible. Hay gente que piensa y actúa de forma molesta para nosotros… igual que nosotros pensamos y actuamos de forma molesta para otros. Esto es algo que en muchas ocasiones no podremos cambiar, y de hecho en muchas ocasiones ni siquiera tendremos la legitimidad para hacerlo (¿por qué vas a imponer tu visión a la de otros?). Vivir en sociedad es precisamente lograr unos acuerdos de mínimos, y a partir de ahí lidiar lo mejor que se pueda con el resto.

¿Significa esto una especie de relatividad moral, que “todo vale” y que “lo que nos queda es resignarnos”? No necesariamente. Las sociedades evolucionan, y lo hacen cuando una masa crítica suficiente de sus componentes lo hacen. Cada uno somos responsables primeramente de vivir la vida como consideremos que debe de hacerse y predicar con el ejemplo (“sé el cambio que quieras ver en el mundo”), y también de elegir cuándo, por qué, para qué y con qué grado de compromiso e intensidad queremos pelearnos con otros. Eso sí, teniendo en cuenta que en cada pelea vamos a desgastarnos (el conflicto, la incomprensión, el riesgo, el sacrificio…), que podemos no ganar… y que en última instancia el número de batallas posibles es infinito mientras que nuestra capacidad es limitada.

No es la mía, creo, una visión conformista; pero sí realista. El mundo es como es (“¿cómo no va a poder ser, si está siendo?“) y nuestra capacidad para cambiarlo es limitada. Así que, como dice la plegaria de la Serenidad, “Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia.”



En defensa de la homeopatía

Vale, vale, son ganas de provocar. Pero dadme un par de párrafos, a ver si me explico.

Soy perfectamente consciente de que la homeopatía no tiene efectos científicamente demostrados. Y cuando digo “científicamente” me refiero a experimentos controlados, etc… Y en fin, por mucha mente abierta que uno tenga, la idea de que algo diluido hasta la extenuación en agua pueda tener algún efecto real en el cuerpo pues no parece que tenga ningún sentido. Hablo de homeopatía, pero podríamos hablar de tantas otras “disciplinas”.

El caso es que, leyendo hace poco un artículo al respecto, decía una frase interesante: “Esta pseudoterapia no ha mostrado efectividad más allá del placebo”. Y remitía a un más interesante aún artículo sobre el efecto placebo, esa sorprendente capacidad que tiene nuestro cerebro de, si cree que algo es cierto (aunque no lo sea), provocar reacciones químicas y físicas coherentes. Con sus limitaciones, sí, pero reales.

Entonces. Tenemos a alguien que toma homeopatía porque cree que le ayudará. La homeopatía en sí misma no hace nada, pero como esa persona cree que sí, se activa el efecto placebo y tiene un impacto. Impacto que no se produciría si no creyese en la homeopatía (si el cerebro piensa “estoy tomando un agua con azúcar, qué coño va a hacer esto” no hay placebo ninguno). Es decir, que por el hecho de tomar un producto homeopático Y CREER en ello se produce una mejora: no directa, sino indirecta. Limitada, pero real.

Así pues… ¿cumple la homeopatía una función? ¿Seríamos capaces de activar el efecto placebo sin ella (u otros elementos igualmente cuestionables)? ¿Merece la pena el efecto placebo como para permitir el “timo”?



La alubia en el yogur y los absurdos del sistema educativo

Clásico ejercicio del colegio: coger una alubia, ponerla entre algodones dentro de un envase de yogur, humedecer los algodones durante varios días y observar cómo germina. Y ahí están las madres (no hay machismo en esta frase; mera descripción) en el patio, intercambiando impresiones. “¿Habéis conseguido que germine?” “Yo no sé si es que la estoy regando poco” “Pues yo la riego todos los días y no sale”. Sí, sí, frases en primera persona del singular. No es que el niño riegue o deje de regar; son los padres quienes lo hacen. ¿Qué sentido tiene esto? Una madre llega a afirmar que “es normal, su hijo no es agricultor”.

El primer impulso al escuchar estas historias de “padres que hacen los deberes” (hay una gran diferencia entre “ayudar con los deberes” y “hacer los deberes”) es pensar en su irresponsabilidad. Pero… ¿somos los padres los principales culpables?

Nos enfrentamos a un sistema educativo que te planta una serie de deberes y tareas que hay que hacer “sí o sí”. Da igual si te resulta provechoso o no, da igual si te interesa o no. Da igual si tienes muchos o pocos. Hay que hacerlos, hay que cumplir. Y si no los haces, incidencia al canto, “punto negativo”, bronca, tutoría. Tres cuartos de lo mismo sucede con los exámenes y las notas: apruebas o suspendes.

Leía estos días Drive, el libro de Dan Pink sobre la motivación, en el que se plantea que el método del palo y la zanahoria (la motivación extrínseca) acaba matando la motivación intrínseca. En el mejor de los casos consigues que la gente cumpla (“compliance”, conformidad), es decir, que se haga lo que haya que hacer para conseguir el premio o evitar el castigo (eso suponiendo que premio y castigo llegan a ser suficientemente relevantes), pero ni un ápice más. Si puedo encontrar atajos, mejor que mejor. Si puedo copiar el resumen de internet, antes termino. Si llevo una chuleta al examen, arreglado. Si copio me libro de los problemas. Si el padre hace los deberes, menos problemas para todos. Al fin y al cabo lo que importa es el resultado. ¿Disfrutar del proceso? ¿Alimentar la motivación intrínseca (esa que funciona en ausencia de estímulos externos)? Bah, para qué.

Llegados a este punto, nos encontramos con los críos que llegan cansados a casa, obligados a dedicar todavía una o dos horas a ponerse con unos deberes que no les apetece ni huevo hacer. Si les dejas a su aire, no los hacen. Estar encima de ellos es cansado, conflictivo, exige tiempo y dosis enormes de paciencia que no siempre tienes. Y al final si lo que importa es el resultado… pues veo hasta entendible que llegues a coger el atajo del “acabamos antes si lo hago yo”. Obviamente no lo defiendo, creo que se le hace un flaco favor a los chavales (acostumbrarles a que ante cualquier dificultad “ya llegan papá y mamá y te lo resuelven”; luego pasa lo que pasa). Pero también pienso que el origen del problema está antes. Que la propia concepción del sistema educativo tampoco hace un gran favor a los críos, a su aprendizaje, a su felicidad o a su capacidad de desempeño futuro.

¿Cuál sería la alternativa? Una educación basada no en el “cumplir”, sino en incentivar la curiosidad y las aptitudes naturales de cada niño individual. Si a fulanito le gusta leer, recomiéndale libros, escúchale cuando te los resuma… siempre en positivo (no con el método de “hay que leerse un libro cada quince días y traer una ficha rellena, y el que no lo haga…”). Si a menganito le gusta la naturaleza, enséñale cómo germina una planta (¡es un proceso fascinante!), anímale a que cuide de sus propias plantas, que traiga semillas de distintos tipos, que haga fotos de los distintos estadios de crecimiento… Si le gusta pintar dale a probar distintos materiales, anímale a usar distintas técnicas… El que quiere bailar, anímale a hacer coreografías, ponle ejemplos de bailes para que vayan incorporando… En definitiva, se trata de iluminar el camino por el que los niños andan, no obligarles a ir por el camino que tú crees que debe llevar.

Claro, esto es un esfuerzo de la leche. Para individualizar a cada niño, para reaccionar de forma tremendamente flexible a las inquietudes y los ritmos de cada uno, encontrar la forma de seducirles y de proporcionarles la guía que necesitan para ir creciendo. Y no solo un esfuerzo para los profesores, también para los padres. Y si ni los padres a veces estamos dispuestos a poner la atención, el tiempo, la paciencia necesarios… como para pedírselo a la comunidad educativa.

¿Y si a un niño no le interesa nada? No me creo que haya nadie que esté con niños y piense esto de verdad. A todo el mundo le interesa algo. Unos cazan lagartijas, otros juegan al fútbol, a otros les encanta leer. O los videojuegos, sí, qué pasa. O los desastres naturales. Si les dejas solos, te das cuenta que cada uno tira para lo suyo.

“Ya, pero entonces no aprenderán lo que es importante”… Lo que es importante… ¿Qué es importante, en realidad? Sí, vale, saber sumar, saber leer… ¿hacer raíces cuadradas? ¿los afluentes del Duero? ¿senos y cosenos? ¿las partes de una célula? ¿qué es el esternocleidomastoideo?. Soy de la opinión de que “lo importante” es en realidad muy poco. Que lo que es relevante para nuestro día a día es algo que aprendemos de forma muy orgánica, mirando a nuestro alrededor, observando a los que nos rodean. Que si tenemos cerca a alguien (en este caso los padres y los maestros) que aprovechan las circunstancias de nuestra vida para ir dándonos información crecemos sin darnos cuenta, sin presión, sin obligación… y de una forma infinitamente más alineada con nuestro propio ser, más autónoma, más motivada, más provechosa… más feliz, y más productiva.



No soy español

No soy español. Bueno, sí, pero no demasiado. A ver si me explico.

Nací en Salamanca. Dado que Salamanca pertenecía entonces y sigue perteneciendo ahora a una unidad administrativa denominada España, yo soy español. Es la nacionalidad que me corresponde, como me correspondería la castellanoleonesa (si Castilla y León fuese la unidad administrativa que determina la nacionalidad; ¿o sería el País Lliunés?), la salmantina (si fuese ese el caso), o la europea (si fuese ése el contexto determinante), o una hipotética nacionalidad ibérica si se fusionasen las unidades administrativas que ahora son España y Portugal. Es también la que me corresponde siendo los límites territoriales de España los que son, igual que lo sería si esos límites fuesen distintos, si hubiese una frontera en el Ebro, o en Despeñaperros.

Quiero decir con esto que para mí “ser español” es un hecho casi administrativo, más que una “identidad”. Quién soy yo, cómo me relaciono con los demás… no está definido por esa circunstancia. No le tengo más aprecio a fulano por ser español, ni le resta puntos a mengano el no serlo. Tampoco me siento agredido ni minusvalorado si alguien dice que no se siente español, o que quiere irse de España… no me hace ningún daño. Y si alguien me desprecia a mí por ser español, lo que opino de él es que es gilipollas por el hecho de despreciarme por un hecho como ése (sin conocer nada más sobre mí).

No creo que la historia de España sea más “grandiosa” que la de otros países; habrá habido momentos destacables, otros lamentables… Los “héroes españoles” no me parecen más héroes que los de otros países, y creo que tenemos nuestra ración de villanos y vilezas como todos los demás. Los escritores españoles no son mejores por el hecho de ser españoles; los que son buenos lo son, igual que los buenos de otra nacionalidad.

Veo de continuo muchos españoles que me dan absoluto repelús y vergüenza ajena, del mismo modo que veo personas ejemplares de cualquier otra nacionalidad con quienes me gusta colaborar, de quienes me gusta aprender. Incluso a nivel de cultura, costumbres… veo tal diversidad que me cuesta creer que se pueda concretar qué es “ser español”, no digamos identificarme con ello. Al final hay gente con la que siento afinidad y gente con la que no, y la variable “nacionalidad” pesa entre poco y nada.

Veo “ser español” como una circunstancia que te ha caído encima, como ser diestro, como medir 1.68, como tener los ojos marrones… pues sí, es un hecho, pero ya está, no da para más.

Claro, socialmente nos han inoculado desde pequeñitos vínculos de unión “ficticios” entre los españoles. Nos dan una educación más o menos homogénea, nos enseñan a dibujar “nuestra bandera”, a reconocer “nuestro himno”, nos enseñan “nuestra historia”, nos centramos en “nuestra literatura”, nos aprendemos “nuestros mapas”… Nos enseñan a animar a “nuestros equipos”, a ver desfilar a “nuestros ejércitos”… Las noticias se contextualizan en lo “nacional”… Poco a poco, como una gota malaya, se va forjando esa “identidad nacional” (exactamente igual que han hecho algunas regiones, oh sorpresa), procurando inflamar ese sentimiento “patriótico”, esencialmente tribal, de que el mundo se divide en “nosotros” y “ellos”. Porque un colectivo tribal es mucho más manejable que un conjunto de individuos. Llegado el momento se puede apelar a esos sentimientos para distraer (¡gol de España!), para movilizar… en definitiva manipular al rebaño y llevarlo por donde interese.

Leo lo que he escrito y pienso que ojalá fuese más aséptico todavía de lo que realmente soy. Porque sí, pese a todo lo que he dicho, en realidad todavía hay momentos y situaciones en los que la “españolidad” me sale, y por ejemplo veo los partidos del Eurobasket y no me da igual quién gane. Inconsistencias humanas de las que no me enorgullezco especialmente, pero que ahí están.

Soy español porque es lo que me ha tocado ser, y eso no me hace ni mejor ni peor que nadie. Pienso en España porque es aquí donde vivo, porque son sus leyes las que delimitan mi capacidad de actuación. Y quizás me quede ese poso “sentimental”, diría que residual pero inevitable, derivado de la educación y la exposición mediática durante casi 40 años.

Por lo demás, hay muchísimas cosas que definen mejor mi identidad.



De los problemas del mundo

La pasada semana se produjo una gran conmoción social a cuenta de la foto del cuerpo sin vida del niño sirio tendido en la playa turca a donde su familia ansiaba llegar en su huída de su país de origen. La foto es sin duda desgarradora, pero las reacciones que se desataron me generaron un desasosiego que he estado rumiando durante días.

La foto provocó reacciones en cadena. La foto. Como sociedad, y como individuos, parece que nos da igual el drama existente en el mundo… hasta que queda reflejado en una imagen. Y entonces sí, nos lanzamos a un festival de indignación, de golpes en el pecho, de “qué horror, qué desastre, qué vergüenza”. No, joder, no. El horror, el desastre… existía antes. Sigue existiendo ahora. El drama, la miseria, la violencia, la muerte… están ahí afectando a millones de personas en todo el mundo, algunas aquí a nuestro lado. ¿Dónde está nuestra indignación entonces? ¿Por qué es una foto (un hecho concreto, una muestra ínfima de todo lo que sucede) la que nos remueve, y no el hecho subyacente?

“Nos remueve”. ¿O solo nos incomoda? ¿Qué acciones concretas, más allá del lamento y de la queja, ponemos en marcha para aportar siquiera un granito de arena que intente cambiar en alguna medida la situación? ¿Cuántas de nuestras comodidades, cuánto de nuestro bienestar, hemos transformado en una aportación mensual para organizaciones que trabajan en mejorar las condiciones de las personas en todo el mundo? Obviamente esto es algo que cada uno sabe de sí mismo; pero la sensación es que nos quedamos con facilidad en la conmoción, en el “alguien debería hacer algo”… sin contribuir con ninguna acción mínimamente relevante.

Sorprende también la facilidad que tenemos para “pedir soluciones”. Como si los problemas fuesen resolubles. Como si hubiese un botón de “arreglar las cosas” y el problema fuese que alguien no quiere darle. Joder, el mundo es complejo. Y jodido. No hay soluciones fáciles, que no tengan un “lado negativo” a considerar. Es fácil pedir “que lo arreglen”, es más difícil asumir que hay cosas que no tienen arreglo. En el mejor de los casos tenemos que elegir entre opciones malas. ¿Dejamos entrar a todos los migrantes que lo necesiten? ¿Cuántos miles de millones de personas están en una situación de necesidad? ¿Cuántos recursos podemos (queremos) destinar a esta situación? ¿Qué sacrificios estamos dispuestos a hacer para sostenerlos, en términos de impacto económico y social? ¿En qué momento vamos a trazar una raya? En última instancia… ¿a quién vamos a ayudar y a quién vamos a dejar morir? ¿Hay que ir a una guerra (y financiarla, y asumir las víctimas propias y ajenas incluyendo las colaterales) para resolver esto? ¿Contra quién hay que hacer la guerra? Parece que lanzar este tipo de preguntas incomoda (y probablemente te acaben señalando como una especie de cabrón insensible); es más fácil apelar a los absolutos, a la “humanidad”, a “hacer el bien”, a hablar en términos de blanco y negro… aunque la tozuda realidad se empeñe en su interminable gama de grises.

Desasosiego. He usado esa palabra al inicio del post. Miro a un lado, y veo un mundo de miseria inasible, de dramas y tragedias, de violencia, hambre, enfermedad y muerte… con la certeza de que, si bien podemos hacer cosas, nunca vamos a poder salvar a todos. Siempre habrá un niño ahogado tendido en una playa, y con esa realidad tenemos que convivir. Y miro al otro lado (al de nuestra sociedad) y veo actitudes y comportamientos seguramente bienintencionados pero en los que echo mucho en falta sustancia, capacidad crítica, realismo, coherencia… Nos dejamos llevar por la conmoción del momento a ritmo de portadas y tuits, nos inflamamos durante breves segundos, lanzamos uno o dos lemas muy sentidos… y mañana ya será otro día, otro día en el que no haremos nada. ¿Acaso no nos hemos conmovido ya, puede que incluso lágrima incluida? ¿No hemos ya comentado lo triste que es todo durante la sobremesa? ¿No hemos puesto ya un tuit, incluso puede que más, con su correspondiente hashtag? Joder, ¿qué más quieres?

Con el curso de los días he ido deglutiendo estas sensaciones. Al principio era puro cinismo, del que todavía hay restos. Pero el cinismo tampoco es constructivo. Hay que vivir en este mundo tal y como es, con todas sus miserias, pero eso no quiere decir que no podamos hacer nada. Hay que asumir que no habrá nunca soluciones perfectas, pero eso no quiere decir que no podamos hacer que las cosas mejoren. Hay que saber que la contribución individual puede ser ínfima, pero es más que nada. El análisis, el pensamiento crítico, el rascar por debajo de la superficie, la persistencia, la voluntad. Seguirá habiendo problemas que no podemos resolver y seguirá habiendo gente que no quiera meterse en el barro. Que eso no nos detenga.

Algunos enlaces a opiniones que, de una u otra forma, sintonizan con esta sensación mía:



Crisis migratorias y vasos comunicantes

Todavía recuerdo el dibujo hecho en la pizarra. El profe de física nos explicaba el principio de los vasos comunicantes, cómo si en dos recipientes comunicados se vertía un líquido, éste se distribuía en los recipientes hasta alcanzar la misma altura en ambos independientemente de su forma y también (y esto me maravillaba) de su volumen. Si los recipientes están convenientemente separados cada uno se comporta de forma autónoma, pero en el momento en el que se unen la presión del líquido se distribuye de forma homogénea hasta el punto en que (y aquí recurro a la wikipedia), “la presión hidrostática a una profundidad dada es siempre la misma”.

El concepto de los vasos comunicantes viene con frecuencia a mi cabeza cuando leo noticias y veo imágenes relacionadas con los movimientos migratorios. Estos días nos asaltan de forma explosivamente dramática (los naufragios en el Mediterráneo, las multitudes a las puertas de Macedonia, los cadáveres en un camión en Austria…), pero no dejan de ser parte de un fenómeno mucho más amplio que se desarrolla de forma continua y habitualmente lejos de las portadas de los medios de comunicación (y por lo tanto de nuestros ojos).

Vivimos en un mundo compartimentado. Recipientes poco y mal conectados. De los 7.000 millones de habitantes del mundo (*), unos 1.000 viven con unas condiciones de “ricos” (medido en términos de PIB per cápita están aproximadamente en $45.000), mientras que los 6.000 millones restantes viven en condiciones de “pobres” (la décima parte del PIB per cápita que los ricos, del orden de $4.500). Eso haciendo una separación muy gruesa (que tiene no poca dispersión dentro de cada grupo). En mi metáfora, esto son dos recipientes separados. Uno estrecho (el de los 1.000 millones de ricos) donde el líquido (la riqueza per cápita) llega muy arriba, y otro muy ancho (el de los 6.000 millones de pobres) donde el líquido cubre el fondo y poco más.

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Pero no, es ilusorio pensar que esos recipientes están efectivamente separados. A pesar de los controles fronterizos, las personas se mueven (tanto de forma legal como ilegal) entre países. Y no solo huyendo de guerras y persecuciones, sino simplemente buscando unas mejores condiciones de vida. Y así nos encontramos con miles de personas dispuestas a trabajar por una fracción de lo que pedimos nosotros (pero aun así, varias veces lo que conseguían en su país de origen a donde incluso son capaces de enviar fondos), “quitándonos nuestros trabajos” (odio esa expresión), “aprovechándose de nuestros servicios” (otra que tal), etc.

Y en realidad ni siquiera hace falta que se muevan: basta con que en sus países de origen empiecen a prosperar para que los flujos económicos empiecen a cambiar de signo. Si un país pobre empieza a montar fábricas y a producir más barato que los países ricos, gracias al mercado mundial (recordemos que la Tierra es plana) se incrementa su producción y disminuye la del país rico. Más trabajo y mejores condiciones de vida para el pobre (todavía a años luz de los ricos, pero más cerca que antes), empeoramiento en el país rico.

Claro, el segmento que comunica los dos recipientes no es muy ancho. Hay fronteras, hay “inmigrantes irregulares” a los que se expulsa, hay restricciones al comercio internacional, etc. Pero no hay una separación total (creo que es imposible que la haya… ni cuando se construyen muros físicos se consigue), así que lo lógico es que los acontecimientos sigan (despacito, pero de forma inexorable) su curso.Y que acabemos en una situación parecida a esta otra en la que los dos recipientes se han unido. El volumen total de líquido (la riqueza mundial) se reparte de forma homogénea entre los 7.000 millones de habitantes del mundo. Eso implica que los pobres mejoren su situación (pasando de 4.500$ hasta los 10.000$ de media mundial… parece poco, pero supone que 6.000 millones de personas dupliquen su riqueza), a costa los ricos, que verán como esa transferencia de riqueza a “los pobres” tiene un impacto brutal en su riqueza per cápita (de los 45.000$ a los 10.000$)

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Desde luego, las personas no son “líquidos”. La demografía no es “física”. Podemos esperar que el progreso haga que la riqueza mundial se expanda, que la tarta se haga más grande. Lo que queráis. Pero sea como sea, a mí me parece de cajón que en un mundo como en el que vivimos las cosas vayan tendiendo al equilibrio. No vivimos “crisis migratorias” (como quien tiene un resfriado que se cura) sino un proceso crónico, que a veces cursará de forma más silenciosa y que a veces tendrá estallidos de notoriedad. Y podemos esperar que ese equilibrio supondrá un impacto brutal para nosotros “los ricos” (… sí, porque si estás leyendo esto es muy probable que estés en este grupo). Ellos (“los pobres”) son muchos más, y quieren prosperar. Y nosotros somos menos, y tenemos lo que ellos quieren.

(*) Las cifras son aproximadas; no buscaba “exactitud” sino órdenes de magnitud



Atados por una casa

El otro día veía, en una de mis cada vez menos habituales sesiones de zapping, uno de esos “reportajes de actualidad” que reflejaban la realidad económica de éste nuestro país. Uno de los protagonistas era un pueblo del sur, antaño con una economía bastante dinámica basada en la industria del hormigón… y ahora, tras el derrumbe de la construcción, completamente parado. Las imágenes eran reveladoras (las cámaras se daban una vuelta a media mañana, y allí estaban por doquier grupos de personas “en edad de trabajar” echando la mañana en los parques, en los rincones, a las puertas de las casas… “sin oficio ni beneficio”), igual que los testimonios; personas que en su día habían ganado un buen sueldo que ahora se veían abocados a vivir de las pensiones de sus padres jubilados, propietarios de negocios constatando la debacle y expresando su angustia al ver que a la cosa no se le veía el fondo…

Pero una de las cosas que más me hizo pensar fue la actitud. Como de “a ver si se arreglan las cosas para el pueblo; antes cuando al pueblo le iba bien a mí me iba bien, y ahora que al pueblo le va mal, pues a mí me va mal”. Y yo me preguntaba… ¿y no habéis pensado en iros del pueblo en busca de otros aires? ¿Por qué vincular tu suerte a la de esa tierra? Por supuesto que habrá quien lo haya hecho, pero la sensación era que esas personas que echaban la mañana en las calles no tenían esa mentalidad…

O a lo mejor, teniéndola, no podían. Porque aparte de las ataduras emocionales (que creo que forman gran parte de la resistencia a la movilidad geográfica, algo curioso en un país tan emigrante como lo ha sido éste tanto al exterior como entre distintas zonas), también hay ataduras económicas. Y me refiero a todas esas personas que, en su afán de “yo mi vivienda la compro”, invirtieron la mayor parte de su patrimonio (si no todo; o incluso más que todo, hipoteca incluida) en una casita en el pueblo, habiéndose unas cuentas de la lechera (“aquí me quedo para toda la vida” o “en el peor de los casos, la vendo y todavía le gano dinero”) que como en el cuento se fueron por los suelos. Y en el momento en que necesitan flexibilidad, algo de liquidez para “empezar de nuevo” en otro lugar, se encuentran con que no tienen ni una cosa ni la otra.

Cuando hace unos años mi familia y yo abandonamos Madrid y nos instalamos en Aranda, optamos por el alquiler. Con el paso del tiempo, valoro más la enorme suerte que tuvimos al vender el piso de Madrid en el momento en el que lo hicimos. Y cada día estoy más convencido de lo correcto del paso a vivir alquilado. Curiosamente, si hoy tuviera que reescribir ese post, matizaría aún más las razones por las que es bueno vivir de alquiler. Porque en aquel entonces, lo veía como una decisión más táctica (“como no sabemos si lo de Aranda nos va a ir bien, no vamos a pillarnos los dedos”), y ahora elevaría el rango de la cuestión a estratégico.

Porque el hecho es que 6 años después seguimos en Aranda, y muy bien. La fase de adaptación/conocimiento concluyó, estamos encantados, y podríamos decir que “acertamos con el movimiento”. Por lo tanto, superada esa fase, podríamos plantearnos (ahora sí) comprar. Y sin embargo, cada vez que oteo un poco el horizonte, pienso… “¿y quién te dice a ti que dentro de 5, o 10, o 15 años no tienes la necesidad, o la apetencia, de irte a otro sitio? ¿En España, o al otro lado del mundo?”. Por supuesto, es un pensamiento que a casi nadie le gusta, porque la mayoría de nosotros tenemos una tendencia a la estabilidad (sí, vale, hay aventureros por el mundo, pero…), y nos gusta creer que vamos a poder desarrollar nuestra vida tranquilamente en un entorno conocido/controlado. Pero si lo pensamos racionalmente, hay no pocas probabilidades de que eso no pase. Así que, siendo así, tengo claro que es mejor estar en una situación de flexibilidad y agilidad, algo que te permita de un día para otro “levantar el campamento” con unos mínimos costes de arrastre, y con el grueso de tu patrimonio (mucho o poco) a tu disposición para acompañarte y no atado a unos bienes “inmobiliarios” (que el nombre no le viene de casualidad) que puedes tener dificultades para “movilizar”.

Como toda decisión que uno toma respecto a “lo que puede pasar en el futuro”, asumes riesgo. A lo mejor la vida me depara grandes dosis de estabilidad, y toda esa flexibilidad no me vale para nada, y renuncio al placer de “tener mi propia casa” por nada. A lo mejor, los precios de la vivienda tienen una evolución que la convierten en la mejor inversión imaginable, y mi decisión de “vivir de alquiler” me priva de una revalorización patrimonial propia del Tío Gilito.

O a lo mejor acierto.

PD.- Curiosamente, esta misma semana veía uno de esos programas que enseñan casas de la gente. Y pensaba “cómo mola tener tu propia casa y poderla ir poniendo a tu gusto con el paso de los años; y yo, de alquiler, siempre con la sensación de estar de paso…”. Dos caras de una misma moneda.



Demasiados F-6, o ¿qué podrías hacer tú en caso de crisis global?

Hace poco leía una novela, “Guerra Mundial Z”. En ella se narra la evolución de una hipotética guerra total contra un enemigo, digamos, “peculiar” (tampoco es que la trama sea un secreto, pero por si acaso lo dejo ahí). El caso es que el mundo, tal y como lo conocemos, se cae en pedazos. Y los restos de la civilización que conocemos tienen que reagruparse, reorganizarse y buscar la forma de luchar.

Y diréis, ¿a cuento de qué viene esto ahora? Bueno, pues en uno de los pasajes de la historia hubo un párrafo que me hizo pensar. Están hablando de los esfuerzos de reconstrucción (el que habla es el encargado de esa tarea), y de cómo en ese momento se necesitan “herramientas y talentos”.

“Por talento nos referíamos al potencial de mano de obra, su especialización en distintas áreas de trabajo, y cómo ese trabajo podría ser utilizado de forma efectiva. Siendo generosos, nuestro censo de talento estaba bajo mínimos. Antes de la guerra, la nuestra era una economía post-industrial, basada en servicios, tan compleja y altamente especializada que cada individuo solo podía funcionar dentro de los estrechos márgenes de su pequeño nicho de actividad. Tendrías que ver los títulos que figuraban en nuestro primer censo: todo el mundo era algún tipo de “ejecutivo”, “representante”, “analista” o “consultor”, todos perfectamente adaptados al mundo de antes de la guerra, pero totalmente inadecuados para la crisis actual. Lo que necesitábamos eran carpinteros, albañiles, mecánicos, herreros… claro, también teníamos de esos, pero ni de lejos todos los necesarios. El primer censo dejó claro que más del 65% de la población civil debía considerarse como F-6, sin habilidades valiosas. Era necesario un programa masivo de readaptación laboral. Dicho en pocas palabras, muchos oficinistas tenían que aprender a mancharse las manos”

La hipótesis de la que parte esta novela es poco probable. Pero hay otras hipótesis que a lo mejor no lo son tanto. De vez en cuando me da por pensar que vivimos en una sociedad un tanto de “cartón-piedra”, con cimientos mucho más débiles de lo que creemos. Que damos muchas cosas por sentadas, cosas que a lo mejor no son tan sólidas. Y que el día menos pensado viene un viento (en forma de desastre natural, de colapso económico, de conflicto armado, de cambio social), todo se nos derrumba como un castillo de naipes, y nos vemos enfrentados a un mundo para el que no estamos preparados, donde nuestras presuntas habilidades (las que hacen que nos vaya bien aquí y ahora) no valen para nada.

“Qué exagerado, eso nunca va a pasar”. A veces se nos olvida que nuestro “aquí y ahora” son una excepción. La mayor parte del mundo no vive como nosotros; la mayor parte de la Historia nosotros mismos no hemos vivido como vivimos ahora.

Pero bueno, ójala no pase nunca; y si pasa, ya se verá.



Ciudadanos y Administración, concurso de irresponsables

El tema “de moda” en España son los desahucios. Sí, digo “moda”, porque desahucios los hay a miles desde hace muchos años y nunca ha sido objeto de la atención mediática-política como en estas últimas semanas, lo cual me lleva a sospechar que alguna razón habrá para que ahora pase a primer plano.

Desahucios. Bancos que echan a la gente de su casa… en cumplimiento de un contrato que esa misma gente firmó en su día para conseguir que ese malvado banco les diese un crédito (recordemos: banco te presta dinero, para que se lo devuelvas a lo largo del tiempo con unos intereses; si no lo devuelves…) con el que adquirir una vivienda. Y ahí tenemos a muchos enarbolando las banderas de que “los bancos son terribles” y que la “pobre gente” está “indefensa”. Que debería intervenir la Administración para frenar el “abuso” y la “estafa”.

En el fondo, lo que están diciendo es “como la gente es incapaz de tomar decisiones razonables por sí misma, como somos medio imbéciles, que venga alguien a tutelarnos”. Un pensamiento demasiado extendido, y que a mí me resulta insultante. “No confío en que usted sepa ahorrar para cuando sea viejito, así que ya le quitamos parte de sus ingresos ahora para darle una pensión”. “No confío en que usted sepa ahorrar en tiempos de bonanza para cuando vengan mal dadas, así que le quito sus ingresos para dárselos en forma de prestación después”. “No confío en su buena fe, así que le quito el dinero de sus ingresos para redistribuirselo a otros”. Añadamos ahora el “no confío en que usted sepa lo que firma cuando pide un préstamo hipotecario a 30 años, ni en que haya tenido en cuenta todas las visicitudes que pueden producirse en ese periodo, así que que alguien intervenga”.

Lo peor es que cada día nos encontramos con comportamientos que demuestran que, efectivamente, “la gente” es bastante incapaz de tomar decisiones sensatas. Así pues, parece que la idea de la Administración intervencionista se justifica… si no fuera porque también se demuestra cada día que la Administración es ineficiente (¿cuántos euros se pierden para alimentar su mera existencia?), y bastante torpe en la toma de decisiones. Y eso sin mencionar, claro, corrupciones, mangoneos y arbitriariedades al servicio de otros poderes. Que en conjunto transforman una idea “buena” (aunque a mí me sigue resultando insultante que me consideren incapaz) en una idea lamentable.

Así pues, nos enfrentamos a un dilema. ¿Dejamos que los ciudadanos, en el libre ejercicio de su voluntad, tomen sus decisiones y apechuguen con sus consecuencias? ¿O en la medida en que creemos que son incapaces, hacemos que los tutele una Administración que se demuestra igualmente incapaz?

¿Es peor la sartén, o el fuego? ¿Hay alguna alternativa?

PD.- Imagino que habrá decenas de tratados políticos al respecto, con unos que dicen una cosa y otros la contraria… o sea, que estamos en las mismas.