La posverdad no es necesariamente mentira

Hace unas semanas reflexionaba sobre lo manipulables que somos los humanos, y la facilidad con la que nos creemos cualquier mierda. Hilando con aquella reflexión, resulta que ahora está muy de moda el término “posverdad”. El otro día El Tabernero decía en twitter: “Estoy harto del término ‘posverdad’. ¿Por qué somos tan tontos de comprarlo? ¿Hemos maquillado tanto a la mentira como para no reconocerla?”.

El problema de la “posverdad” es que no hace falta que sea mentira. A veces lo es, pero hay muchas formas de manipular la verdad sin necesidad de decir una mentira. Una frase sacada de contexto, por ejemplo: “¿Acaso no dijo usted estas palabras textuales?” Bueno, sí, las dije… pero dije muchas cosas que le daban contexto, y lo que usted está haciendo al sacar ese entrecomillado es echarme a los leones. O una foto encuadrada de tal o cual manera, o sacada en un instante u otro: “¿Esta foto no es real?” Sí, es real, pero no refleja ni la situación, ni el tono, ni lo que pretendía decir. O el enfoque de una noticia, centrándose en unas cosas y no en otras. O un caso anecdótico que se eleva a categoría de general: “¿Está negando que ese caso sea cierto? ¿Está negando la experiencia de esta persona?” No, pero lo que define la realidad no es un caso concreto, sino una tendencia, unos datos. O la exacerbación de los aspectos emocionales o simbólicos de una noticia, buscando la empatía y la solidaridad acrítica. O un detalle sin importancia al que se le da rango de noticia de portada día sí y día también. O lo contrario, informar en letra pequeña de lo que no te interesa: “¿Acaso no lo publiqué?”. O dar voz a los que defienden una idea, sin dársela a los que defienden la contraria. O ridiculizar una idea escogiendo a un hombre de paja (“miren lo que ha dicho este señor”). O lanzar insinuaciones vagas, de forma que nunca te puedan acusar de “usted dijo esto” cuando, en realidad, sí lo estás diciendo. O usar estadísticas retorcidas. O esconder el origen de los datos sobre los que se basa una afirmación. O coger un estudio de calidad limitada y hacer aseveraciones “científicas” con ello.

Etcétera. Decenas de formas de manipular sin necesidad de mentir. Tácticas que usan sin ningún rubor los de aquí y los de allá, los de este lado y los del otro. Y en medio nosotros

Posverdad.

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Reválida sí, pero

Hoy tenemos día de protestas contra “la reválida” (examen “general” planteado en alguna de las últimas reformas educativas, no me preguntéis cuál), y me surgen bastantes reflexiones (obviando la utilización partidista/sectaria del tema, que también está… que en la misma protesta te mezclan el franquismo, el capitalismo, los refugiados, la lucha de clases…)

Reválida sí. Me parece de cajón. Se supone que estudias para adquirir una serie de competencias y conocimientos. Y esas competencias y conocimientos debes incorporarlas a largo plazo. Si realmente las tienes interiorizadas, no debería costarte demasiado el demostrarlo. Y si no eres capaz de demostrarlo, entonces es que todo el tiempo, esfuerzo, recursos dedicados a ese aprendizaje no valen para absolutamente nada. “No, pero es que si ya he ido aprobando los cursos…”. Ya me contarás de qué vale que “estudies para aprobar” y al día siguiente no te acuerdes de nada… pues eso, PARA NADA, tiempo y dinero tirados a la basura. Mejor estarían los chavales en el parque, y nos ahorramos colegios, profesores y demás, porque el resultado es el mismo.

Ahora bien, esto debería llevarnos a cuestionar qué se aprende y cómo se aprende (y por extensión, qué es lo que estamos valorando con la reválida). ¿Tiene sentido que me pregunten los nombres técnicos de las partes de una planta, o detalles de la tabla periódica de los elementos, o la lista de los reyes godos? ¿Son ese tipo de conocimientos y competencias los que merece la pena incorporar a largo plazo, y por lo tanto medir con una “reválida”? De mis “años mozos”, y de lo que voy viendo como padre, tengo la sensación de que hay muchísimas cosas que el sistema educativo obliga a aprender a los chavales y que no valen para nada. Tiempo y esfuerzo (e ilusión y motivación) tirados a la basura a lo largo de los años. Claro, si luego la reválida la usamos para medir esos conocimientos, estamos haciendo el gilipollas. Pero el problema no es la reválida, si no todo lo anterior.

Deberíamos plantearnos (como sociedad) cuáles son las habilidades/competencias/conocimientos que merece la pena desarrollar y consolidar a largo plazo a través de una “educación obligatoria”. Y alinear todo el sistema (cómo enseñamos, qué enseñamos, durante cuánto tiempo, deberes sí o deberes no, notas, reválidas) entorno a ellos. A lo mejor nos sale un sistema educativo muy distinto. Y sin embargo, la sensación es que construimos todo al revés: “tenemos que tener a los críos entretenidos hasta los 16 años (o los 18, o los 23), muchas horas al día, así que a ver de qué rellenamos el tiempo”. Y si quieres hacer algo distinto… pues no te dejamos.

Me apena que la gente se eche a la calle a protestar por la reválida, y sin embargo aceptemos sin cuestionar todo lo que hay detrás. Somos el tonto que se queda mirando el dedo.

Hay otra derivada interesante en este tema, y es cierta noción de que “la reválida va en contra de la clase obrera”, porque si sacas mala nota no te dejan acceder a la universidad (mientras que “los ricos” pueden irse a una universidad privada). Lo que subyace es que “todo el mundo tiene derecho a una educación pública, hasta los veintitantos años… independientemente de si la aprovecha o no”. Con lo cual, francamente, no estoy de acuerdo. ¿Por qué tengo yo (si, yo, y tú, con nuestros impuestos) que pagar una educación a alguien que no demuestra un mínimo de interés, esfuerzo, capacidad…? Estoy plenamente a favor de igualar por la vía de las oportunidades, pero oiga, ponga usted algo de su parte. La oportunidad la tiene, pero si no la aprovecha… ¿da igual? ¿seguimos pagando? ¿hasta cuándo? Prefiero destinar dinero a becas para que quien quiere estudiar (y lo demuestra) pueda hacerlo, o invertir en un sistema educativo con más recursos por alumno (pero con menos alumnos; los que lo merezcan) que sufragar una infraestructura “de café para todos” donde el interés, el esfuerzo o la capacidad sean irrelevantes. Lo primero lo entiendo, me parece justo, y además tiene un retorno directo en la sociedad, pero lo segundo… coger el dinero y tirarlo a la basura. Pues para eso prefiero que se quede en mi bolsillo.

Claro, el problema es que hay demasiada gente que ve “lo público” como un pozo sin fondo. Disparar con pólvora del rey, un caldero del que siempre se puede sacar porque siempre hay (y si no, “que paguen los ricos”). Ojalá fuese verdad… pero no lo es. El diseño del sistema educativo no puede obviar esta realidad, y deberíamos pensar (de nuevo, como sociedad) en articularlo de la manera más razonable dentro de las restricciones existentes. Igualdad de oportunidades, claro. Pero también retorno social.

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Los robots crean empleo

Llevo un tiempo dándole vueltas a esto de los robots y el futuro del trabajo, y trato de considerar todos los argumentos que se plantean alrededor de este tema que, para mí, es uno de los grandes retos económicos y sociales de los años por venir.

Hoy me cruzaba en twitter con una reflexión:

“Robótica y empleo van juntos. Cada robot que nosotros instalamos tiene dos ingenieros detrás”

Es un tuit, no conozco el contexto de la frase, y a lo mejor resulto injusto. Pero me parece muy interesante, en la medida en que refleja cierta corriente de opinión “tecnooptimista”, que ante los retos que mencionaba acaban optando por el “no pasa nada, la tecnología proveerá”. ¿Un problema para el empleo? No, hombre, por cada robot tenemos dos ingenieros.

Vale, el robot permite que haya dos ingenieros… ¿y cuántos puestos de trabajo amortiza? ¿Cuál es el saldo neto de creación/destrucción de empleo? “Yo creo empleo” no sirve como respuesta, si el saldo global (como intuyo) es negativo.

Incluso si asumiésemos que son dos ingenieros a cambio de dos puestos de trabajo amortizados por el robot, que no hay destrucción neta de empleo… ¿cuál es el perfil de esos puestos de trabajo que se destruyen? Apuesto por trabajos poco cualificados, desempeñados por personas que están muy lejos de ser ingenieros. Si destruimos empleos de “baja cualificación”, y lo que aparecen oportunidades que requieren una mayor cualificación… ¿Qué hacemos? ¿Transformamos automáticamente a unos en otros? ¿Es creíble que podamos tener una sociedad de “solo ingenieros”? ¿Qué va a pasar con todas las personas que “no den el nivel”?

Como digo, me parece que ahí hay mucha miga. Y nos vamos a enfrentar irremediablemente a ese problema. A ver cómo lo resolvemos.

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¿Podría vivir sin coche?

Hoy se celebra el Día sin Coches, y en medio del revuelo mediático/tuitero, me he puesto a pensar. Ocurre que nuestro coche va ya por los 240.000 km, y llegará el día en el que haya que prescindir de él, y quizás sea el momento de plantearse… ¿podría vivir sin coche?

(Nota: por poner en situación, para quien no lo tenga presente, vivo en Aranda de Duero, un pueblo de 35.000 habitantes en medio de Castilla y León. Y eso influye (con pros y contras) si comparamos la situación con alguien que viva, por ejemplo, en Madrid.)

En el día a día en el pueblo el coche básicamente no lo utilizamos para nada. Puede pasarse la semana completa sin tocarlo, durmiendo el sueño de los justos en el garaje. La excepción sería alguna vez que tenemos alguna actividad extraescolar en las afueras o algo de vida social en algún pueblo cercano; ahí, sin coche, todo sería un poco más complicado. Pero hay un pequeño servicio de autobús urbano (que nunca hemos usado, pero creo que suficiente como para llegar a la mayoría de sitios a los que tenemos que ir), hay taxi (que para cosas ocasionales podría solucionarte la papeleta), e incluso podríamos coger costumbre de movernos en bici (los críos ya van siendo más mayores, aunque lo de ir en bici por las calles me sigue poniendo bastante nervioso).

Luego están mis desplazamientos, más o menos habituales, a Madrid. Aquí tengo una línea de autobuses que es razonablemente cómoda pero que me supone un problema con los horarios: por la mañana te obliga o bien a madrugar un huevo, o bien a llegar a Madrid a media mañana (lo cual, bueno, no es para tanto). Y por la noche tengo hora límite a las 22:00, lo cual te invalida algunos planes nocturnos. Aunque estoy pensando que, en el peor de los casos, podría jugar la baza de pernoctar en Madrid y asunto arreglado.

Para moverse por Madrid, normalmente podría sin demasiado problema hacerlo en transporte público (y más cuando son desplazamientos “intra-día”, es decir, fuera de las horas punta). Alguna vez tengo que ir un poco más a las afueras, y puede que eso fuese más incómodo… pero tampoco es lo habitual.

O sea, que para la vida “cotidiana” podría prescindir del coche casi al 100%, con alternativas razonablemente cómodas (más incómodas que el coche, sí, pero dentro de un orden razonable).

Mi problema lo veo sobre todo con los desplazamientos familiares. Tenemos familia fuera, por lo que cada pocas semanas toca un viaje de fin de semana de cuatro personas más equipajes. Las conexiones interurbanas de transporte público no son nada cómodas/flexibles (ni en horarios, ni en duración del viaje, ni en la conexión “estación-lugar de destino”, ni en precio…), por lo que quedarían básicamente descartadas (para una ocasión especial te lo puedes plantear, pero si eso sucede cada cuatro-cinco semanas… puf). Con las vacaciones pasaría tres cuartas partes de lo mismo, con el factor añadido del uso del coche en destino. “Pues puedes alquilar”… pues sí, es cierto. Lo malo de vivir en un pueblo es que las opciones de alquiler son escasas (si es que existen; en mi caso no hay ninguna de las típicas empresas de alquiler, sólo tengo localizada una empresa local que no tengo ni idea de qué tal funciona).

El tema económico es otra historia; nunca me he puesto a hacer las cuentas en serio, pero vamos, entre lo que cuesta el coche en sí, el seguro, las reparaciones (la semana pasada salí con 1.650 euros menos del taller por “cuatro cositas”), la gasolina, el garaje y los parkings… apuesto a que se podría disponer de un presupuesto amplio para gastarse en taxis, alquileres, transportes públicos y lo que haga falta.

Sospecho que todo esto del coche tiene mucho de cultural, de paradigma con el que naces y se te hace difícil cambiar. Siempre ha habido un coche en mi vida, y me he acostumbrado a usarlo sin cuestionarme demasiado si puede haber una alternativa. Se te hace raro, difícil, incómodo… imaginarte sin coche. Además, una vez que lo compras, ya te desentiendes de la decisión por al menos diez años, “el daño ya está hecho”.

Pero si lo piensas de verdad…

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Mercado sí pero

Los que me lean habitualmente ya sabrán que soy un firme creyente del mercado. Y me refiero a los mecanismos básicos de éste, aquello de que un vendedor y un comprador sólo se pondrán de acuerdo en un intercambio si ambos se sienten satisfechos con él (lo que obtienen a cambio es más de lo que sacrifican; ambas cuestiones puramente subjetivas), que en igualdad de condiciones elegiré comprar al más barato, y procuraré vender al que mejor me pague.

Tampoco creo que sea una fe que tenga ningún mérito, igual que no lo tiene creer en la gravedad. Me parece una realidad evidente por sí misma que todos podemos comprobar en nuestro día a día, y que se adapta a la naturaleza humana.

Y esto es así en esencia. Pero…

El otro día estuvimos viendo “La Gran Apuesta“, película centrada en la “crisis financiera de 2008“, que me dejó un regusto profundamente amargo.

El dinero es un subproducto lógico del mercado, una herramienta que facilita los intercambios y permite “traducir” el valor de los intercambios a un lenguaje común. Igual pasa con los intereses, un precio que permite la existencia de un mercado entre un momento actual y un momento futuro. O con los mercados secundarios, donde lo que se intercambia son títulos de propiedad sobre un subyacente. Todo ello puede ser explicado fácilmente a partir del mercado más simple (pensemos en los intercambios de un mercado medieval, por ejemplo). Y sin embargo, desde su propia concepción estas figuras han derivado en una complejidad creciente, un alejamiento de la economía real a la que se supone que deberían estar vinculados.

Pensemos en el dinero, en cómo una moneda no deja de ser una ficción que solo funciona en la medida en que hay confianza en que representa algo, en que tiene algún tipo de respaldo. Pensemos en esos bancos que guardan tu dinero y lo prestan una, dos, tres veces… En la capacidad de un determinado organismo-banco central para incrementar o reducir la cantidad de dinero a voluntad. En qué pasa cuando una moneda “cae en desgracia”, en los procesos de hiperinflación, en la evolución de los tipos de cambio entre distintas monedas y cómo afecta todo esto al valor de una economía real que en realidad es la misma.

Pensemos en los tipos de interés, en la deuda. Pensemos de nuevo en los balances de bancos (¿serían capaces de devolvernos a todos el dinero que tenemos con ellos?), o en la deuda de los países en eterna refinanciación… ¿alguien espera realmente que los países paguen sus deudas y se queden “a cero” algún día, o sólo estamos dando patadas hacia adelante a ciegas?

O esos mercados financieros donde los subyacentes son casi irrelevantes, donde las compras y ventas se hacen pensando más en la evolución de los precios que con realmente ser propietario de algo de la economía real que da unos determinados resultados. O esos productos complejos que resulta difícil saber a qué responden (solo que yo meto dinero aquí y luego me dan una rentabilidad).

Yo se supone que estudié todo esto, y a pesar de ello no puedo deshacerme de la sensación de que es todo una gran mentira, una economía falsa construida con naipes de papel, un enorme esquema piramidal en el que todos participamos cerrando los ojos, un emperador desnudo al que todos vitoreamos. Un espejismo tan frágil que el día que reviente nos preguntaremos cómo fue posible que nos lo tragásemos.

Claro, se supone que para darle solidez y transparencia a todo hay una serie de instituciones que lo mantienen. Bancos centrales, Ministros de Economía, reguladores, agencias de calificación, grandes bancos llenos de expertos, auditores, prensa independiente, académicos. Un ecosistema de contrapoderes que, en principio, velan porque no se caiga el invento. Así nos lo venden. Luego resulta que es todo apariencia, un conjunto de elementos que se cubren las espaldas unos a otros y que en el proceso de “defender el sistema” se enriquecen, los primeros interesados en alimentar la fantasía porque al fin y al cabo viven de ello.

Y lo peor somos nosotros, que no queremos ver. Suceden episodios como los de Lehman Brothers en 2008, como lo de Enron en 2001, con los rescates bancarios, con las quiebras de entidades financieras, como todo lo que ha sucedido antes y seguirá sucediendo. Episodios que nos permiten verle el cartón al sistema, adivinar su fragilidad y su podredumbre. Situaciones que deberían llevarnos a decir “joder, ¡que es todo una gran mentira!”. ¿Pero qué hacemos si todo es una mentira? No podemos soportarlo. Aceptamos como buena cualquier explicación, nos conformamos con que se sacrifiquen uno o dos chivos expiatorios, hacemos como que nos creemos que se han tomado medidas para que se restablezca el orden, “ya está todo arreglado”, hacemos un par de películas catárticas que sirven más para “digerir” lo sucedido que para generarnos ninguna reacción, echamos tierra sobre el asunto y seguimos adelante como si nada hubiera pasado, como si todo estuviese bien.

“¿Y qué harías tú?”, diréis. No lo sé. Quizás no haya solución, quizás estemos abocados a esto. Quizás sea todo una consecuencia inevitable del mercado, y lo único que podamos hacer sea cerrar los ojos y seguir adelante, y cuando todo reviente pues reventó.

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El timo de los libros de texto

Me pregunto cuánto habrán avanzado las matemáticas en el último año como para justificar un cambio en los libros de texto de primaria. O qué nuevos descubrimientos nos habrán hecho replantearnos la Historia que se enseña a un niño de 10 años. Desde luego, el idioma español ha cambiado mucho en los últimos 365 días, los tiempos verbales ya no son lo que eran, y hay nuevas normas para saber si una palabra se escribe con g o con j. Y bueno, qué decir de las innovaciones pedagógicas, que los niños del 2017 no aprenden igual que los del 2016.

Llega el final del curso, y llega el papelito para informarnos de los libros de texto que hay que comprar el año que viene (disponibles cómodamente bajo petición en el colegio). Oh, sorpresa: los libros que valían el año pasado ya no valen este año. La editorial ha sacado una nueva edición con nuevos dibujitos, o cambiando el problema de sumar manzanas por otro de sumar peras, o el colegio ha decidido que los libros de la editorial B son muchísimo mejores que los de la editorial A. Sumas libros del niño, sumas libros de la niña… casi 500 euros.

En condiciones normales, podríamos guardar los libros del hermano mayor para que la pequeña los usase cuando llegue el turno. O podríamos establecer un mercado de préstamo, o de venta de segunda mano si quieres, para que los libros de un curso sean reaprovechados el año siguiente por otras familias. Pero no, no es posible: lo que hay que hacer es pasar por caja, y pagar este impuesto revolucionario que cobran las editoriales con el beneplácito (¿gratuito?) de las administraciones. A veces me cuestiono incluso hasta qué punto los colegios están pringados en la trama (“si te cambias a mi editorial y obligas a tus alumnos a comprar mis libros te doy un porcentaje”).

El resultado es el mismo: un expolio a las familias, una subvención encubierta a todo un sector. ¿Y qué puedes hacer? Nada. Paga y calla, imbécil.

Firma la petición en Change.

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Tchs, tchs, que viene el robot

robots

Quién sabe por qué extraños vericuetos de la memoria, este tema me hace recordar una canción de hace 30 años. Diría que eran La Trinca los que cantaban “tchs, tchs, que viene el neutrón” (aunque no encuentro referencias en internet… ¿me lo habré inventado?). El caso es que ahora no es el neutrón, si no el robot, el tema de moda. El advenimiento de los robots, no ya como simpáticos y serviciales mayordomos (que es como los imaginábamos hace unas décadas), si no ocupando cada vez más espacios dentro de la economía productiva.

Obviamente esto no es cosa de hoy. La introducción de la tecnología lleva desde su propio nacimiento facilitando incrementos de productividad y, en paralelo, desplazamiento de la mano de obra humana. Cuando sin ruedas hacían falta 30 personas empujando un bloque de piedra, con rueda hacen falta 2 (me lo invento, claro). Y así con cada uno de los avances tecnológicos desde que el mundo es mundo. Tampoco la desconfianza e incluso la resistencia activa ante el fenómeno es algo nuevo: el ludismo es cosa de finales del XVIII. Y no podemos decir que los robots sean una novedad. Llevamos décadas asistiendo a la progresiva introducción de maquinaria robotizada en el ámbito de la industria o los servicios (¿qué es un cajero automático, en realidad? ¿o un call center automatizado? ¿el auto check-in en el aeropuerto? ¿las cajas de autoservicio en los supermercados?). Entonces… ¿por qué ahora parece que se haya convertido en discusión habitual?

Mi sensación es que el rodillo de la robotización sigue a su ritmo, no especialmente más agresivo ahora que antes. El problema es que cada vez nos achica más los espacios; cuando empezó a afectar al sector agrícola, bueno, pues los agricultores que se busquen la vida en las ciudades. Cuando afectó al sector industrial pues mira, los obreros que curren de camareros o de cajeros en el súper o de taxistas. ¿Que eso se automatiza también? Pues haber estudiado. Pero a medida que se incrementa la capacidad de procesamiento de información y de autoaprendizaje de las máquinas y en paralelo su abaratamiento, cada vez son más los trabajos de “haber estudiado” que también se ven afectados. El nivel del agua sigue subiendo, y ya nos estamos quedando sin sitio para respirar. Muchos de los que “toman las decisiones” (y de los que “forman opinión”) empiezan a verle las orejas al lobo.

Hay quien desprecia el problema, argumentando precisamente que “la tecnología siempre ha provocado este efecto” y que “siempre hemos encontrado una salida“, siempre han aparecido nuevos trabajos y no ha pasado nada, y esta vez no será diferente. A mí se me queda un poco pobre el argumento, una especie de “wishful thinking”, de “Dios proveerá”. Que a lo mejor sí, pero yo veo que la situación cada vez se aprieta más por lo que mencionaba antes: cada vez nos quedan menos espacios, y cada vez hay más gente en el mundo. ¿Seremos capaces de habilitar nuevos “océanos azules” para dar trabajo a miles de millones de personas a salvo de los robots? Fiarlo todo a “seguro que sí” se me hace un poco estrategia del avestruz.

Últimamente le doy bastantes vueltas a este tema, sobre todo desde tres ángulos: el profesional, el educativo y el social. Desde el punto de vista profesional… ¿qué futuro nos queda a nosotros? ¿qué futuro les queda a nuestros hijos? ¿cómo prepararnos y prepararles para este entorno? ¿qué habilidades tienen que desarrollar, qué expectativas de vida pueden tener? Las reflexiones que leo al respecto me parecen todavía demasiado “de altos vuelos”, del tipo “hay que desarrollar habilidades que los robots no tienen, como el pensamiento crítico, la creatividad, o la empatía”. Vale, sí, ¿y eso cómo se desarrolla? ¿y en qué tipo de trabajo se traduce? ¿y para cuántos hay sitio?

Asumiendo que ése es el enfoque correcto… ¿en qué medida contribuye nuestro sistema educativo, tal y como está concebido, a esa necesidad? ¿Estamos formando a las nuevas generaciones para que se enfrenten a esta realidad o, como leía hace tiempo, les estamos mandando a la guerra con palos de madera? ¿Qué podemos hacer a nivel colectivo y a nivel individual para adaptar mejor el rumbo? ¿Lo estamos haciendo suficientemente rápido?

Y a nivel social… ¿cómo va a ser un mundo en el que cada vez un porcentaje mayor de la sociedad vaya a tener serias dificultades para ganarse la vida trabajando? Porque cada vez habrá menos trabajo, y en cada vez más lugares tendrás que competir (y perderás) con un robot que lo hace más rápido y más barato. Y los lugares para los trabajos más “cualificados” serán cada vez menores, y habrá cada vez una mayor competencia por acceder a ellos. ¿Qué pasa con los que no puedan, por capacidad o por oportunidad, llegar a ese nivel; o los que, incluso llegando, no puedan acceder porque no hay sitio para todos? Ya no habrá el recurso de “pues me voy a vendimiar”, o “me pongo de camarero”. ¿Cómo se sostiene una sociedad así? ¿Cómo se mantiene el flujo de la economía cuando hay millones de personas excluidas? ¿Qué tensiones se producirán? ¿Qué remedios podemos ponerle? ¿Son esos remedios sostenibles?

El panorama me parece sin duda apasionante, y también un punto agobiante. En mi obsesión de no enredarme demasiado en el mundo de las ideas, estoy buscando la forma de bajarlo al terreno práctico… eso si contando con que no llegue un robot y lo haga por mí.

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Comportamientos absurdos generalmente aceptados

Estoy leyendo “Mañana todavía“, una recopilación de relatos sobre distopías o sociedades alternativas. Uno de los relatos es “Instrucciones para cambiar el mundo”, de Félix J. Palma. En él, se describe un mundo parecido al nuestro, pero en el que la gente en su día a día hace cosas muy raras, absurdas; salen a la calle en pijama y se ponen traje para dormir, cogen el autobús media hora para dar un rodeo en vez de cruzar la calle a pie, se sientan en las mesas en vez de en las sillas, toman caldo caliente en verano, participan en una guerra en la que está prohibido disparar al enemigo… La chicha del relato está en que de repente aparece una transgresora que cuestiona todo este tipo de actuaciones, una revolucionaria en ciernes..

En fin, la historia se resuelve más o menos rápido. La lees con distancia, porque al fin y al cabo se trata de comportamientos ridículos, absurdos a todas luces, “menuda tontería”. Y sin embargo me hizo pensar. ¿Cuántos comportamientos de los que tenemos nosotros, en la vida real, en esta sociedad en la que vivimos… son igualmente absurdos y ridículos? ¿Cuántos serían valorados, si alguien los expusiese al criterio de alguien extraño, como “una chorrada propia de un escritor fantasioso”?

Y entonces miras alrededor, con el ojo un poquito crítico, y un escalofrío te recorre la espalda. Uf. Nada, nada, mejor dejémonos llevar por la corriente; al fin y al cabo, lo absurdo es solo cosa de los libros.

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De cuando aprendí a programar

Tenía 10 años como mucho; posiblemente 9. Me apuntaron a un curso de “Basic” en la asociación donde mi madre iba a clases de pintura/manualidades. Amstrads CPC con pantalla en fósforo verde. Y allí aprendí a poner aquello tan mítico de

10 Print “Hola”
20 Goto 10

Y a familiarizarme con los conceptos de variables, de bucles, de condicionales… en breve llegó a casa mi primer ordenador (un Amstrad CPC 6128… ¡con diskette! ¡y con pantalla de color!). Y en fin, así nació mi relación con la programación, me encantaba hacer mis programitas. Más tarde en el colegio nos enseñaban algo de Basic con unos MSX muy viejunos (algo que yo ya tenía muy superado). Luego tuve algo de formación con bases de datos, y ya a partir de ahí algunos escarceos con el Visual Basic del Excel, o con el PHP… de forma siempre amateur: nunca he trabajado “de programador”, aunque creo que he sacado buen partido de mis conocimientos en el ámbito profesional, tanto haciendo algunas “pequeñas programaciones” que me hacen quedar estupendamente bien (una excel superformulada por aquí, una macro por allá, un apaño en wordpress por acullá) como (más importante, creo) aplicando las habilidades subyacentes (diría que pensamiento estructurado).

Recuerdo que en la Universidad teníamos una asignatura de informática. Se utilizaba un lenguaje propio. Cuando nos planteaban algún problema (del tipo “crear un programa que identifique los números primos” o “crear un programa que ordene una lista”), mi mente era capaz de conceptualizarlos de forma rápida, y de ejecutarlos en un pis pas. Claro, mis compañeros me miraban como a un friki… pero para mí era tan natural como el respirar.

Me vienen estos recuerdos a la mente porque ahora mi hijo mayor está en la misma edad en la que yo empecé. Y entramos en pleno debate sobre si “es bueno enseñar a programar a los niños” o si, como defienden otros, es una moda sin demasiada base (o, citando al amigo Alfonso, tiene mucho de “tontería” )

¿Qué opino yo? Es complejo. Yo aprendí a programar. Y tengo unas habilidades (a la hora de conceptualizar problemas y abordar su solución) que creo que son valiosas. La duda que tengo es… ¿desarrollé estas habilidades gracias a que aprendí a programar? ¿o se me dio bien la programación y tuve una “inercia positiva” para su aprendizaje debido a que mi cerebro estaba “configurado” de una determinada forma? ¿Hay una relación de causalidad entre un hecho y el otro? Y de ser así… ¿cuál es el sentido de esa relación?

Este dilema lo puedo extrapolar a cualquier proceso de aprendizaje. ¿Basta con decidir “aprender algo” para desarrollar las habilidades vinculadas a ese aprendizaje? ¿O estamos condicionados por nuestros sesgos? A estas alturas de la vida, tiendo a creer más en la segunda hipótesis. Cada uno de nosotros venimos con una determinada configuración de serie. Si nos sometemos a un proceso de aprendizaje compatible con esa configuración, entramos en un círculo virtuoso en el que las habilidades florecen y el aprendizaje se hace sencillo, cómodo y natural. Si por el contrario nos sometemos a un proceso menos compatible, nos cuesta un mundo, no lo disfrutamos, y acabamos con un desarrollo raquítico de nuestras habilidades.

Lo cual me lleva a un tema que empieza a ser recurrente en mi visión del mundo: la importancia que tiene explorar la individualidad y los talentos naturales. Lo fundamental que resulta exponer (y exponerse) a distintas situaciones para encontrar aquello con lo que mejor “sintonizamos”, aquello que más se ajusta a nuestra naturaleza, y dejar que cada uno siga por su camino. Porque es ahí donde la fricción para aprender es menor, y el rendimiento (en forma de desarrollo de habilidades y conocimientos, además de en satisfacción intrínseca) es mayor, tanto para el propio individuo como para la sociedad en general. Empeñarnos en hacer pasar a todo el mundo por el mismo embudo nos empobrece.

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El cartón de Podemos

Cuando lo del 15-M, seguí el fenómeno con atención. Joder, llegué a bajar a la calle a sentarme en una plaza aquí en el pueblo, éramos 20 personas. Compartía la sensación de que “algo no estaba bien” con el funcionamiento del país, de la política, de la economía. Y esos momentos extraños de “catarsis compartida” me hicieron sentir que a lo mejor podíamos cambiar algo.

Claro, que esa sensación difusa de que “hay que cambiar algo” está muy bien, pero luego hay que llevarla a lo concreto. Y ese “cambiar algo” evidentemente no significa lo mismo para todo el mundo. Yo soy un defensor de la economía de libre mercado y de la responsabilidad individual, y lo que creo que tenía (y tiene) que cambiar está más relacionado con la falta de transparencia en las instituciones, el sobredimensionamiento de las Administraciones, el conchabeo entre la política y la economía (aquello del “capitalismo de amiguetes”, que ni es capitalismo ni es nada) y una mayor presencia de la sociedad civil (o sea, tú, yo, el vecino de al lado) en las decisiones del día a día.

Cuando surgió lo de “Podemos”, los observé con curiosidad. Sonaba bien aquello de “ni de derechas ni de izquierdas”, lo de “los de abajo vs los de arriba”, lo de “la gente normal”, lo de la “decencia”, lo de “los círculos”… quizás, a lo mejor, podíamos estar frente a un catalizador de un movimiento social que efectivamente sirviese para cambiar las cosas, para coger la ilusión de una ciudadanía más bien harta y transformarlo en energía renovadora.

No tardó, claro, en caérseme la venda. Lo de “ni de izquierdas ni de derechas” no se sostuvo, aquello era un partido de izquierdas puro y duro, con ramalazos de izquierda antigua y demodé. Lo de los “círculos” no tardó tampoco en caer, democracia interna para qué, lo importante es el “núcleo irradiador” y el culto al líder que ha ido laminando con mano de hierro cualquier disidencia. Han seguido insistiendo en gestos que cada vez me resultan más vacíos, más fachada. Han ido desdiciéndose de todas sus proclamas. Aplican con soltura la ley del embudo, aquello de señalar lo que los demás tienen en el ojo haciendo como que ellos no tienen nada en el suyo. Me resulta ya ridículo y risible (tanto como “los del otro lado”) la forma en que siguen vendiéndose a sí mismos como la última cocacola del desierto, el referente moral “del pueblo”, los representantes legítimos de “la gente”.Si en algún momento me los creí, fue muy al principio: hace ya muchos meses que no solo no me los creo, si no que los considero un peligro, como a cualquiera que hable en nombre de “el pueblo”.

Y sin embargo, me alegro de que estén en las instituciones. Me alegro de que hayan “pillado cacho” en algunos Ayuntamientos, que tengan un grupo parlamentario, que se vean en la situación de tener que “pactar acuerdos”. Me alegro porque es muy fácil torear desde la barrera. Es muy fácil criticar desde la calle, desde “el activismo”, desde la manifestación. Ahí se puede decir lo que uno quiera, se puede echar toda la mierda que haga falta, criticar cualquier decisión que tome cualquier partido o persona que esté en condiciones de tomarlas. Y todo manteniendo el aura de superioridad moral, algo fácil cuando no tienes que decidir nada, ni gestionar nada.

Pero ay, amigos. En el momento en el que eres tú el que decide, el que eres tú el que gestiona… se te empiezan a abrir las costuras, se te empieza a ver el cartón. Dar cargos a alguien del partido con una experiencia discutible es algo no solo tolerable, sino casi evidente. Contratar a parejas y a ex-parejas ya no es nepotismo, es cosa de curriculum. Cargar la gomina del alcalde al presupuesto es lo mínimo que se puede hacer. Las huelgas de los servicios públicos ya no molan, son ataques. Lo que antes eran privilegios a los que “la gente normal” no accedería, ahora ya sí. Hay que disculparles que se salten los procedimientos, porque claro, ellos vienen del activismo. Y suma y sigue.

Cada día que pasan en las instituciones es un día en el que su antaño “superioridad moral” queda retratada con hechos. Cada día es más insostenible esa visión carismática e inmaculada de “los decentes” y “los defensores de la gente”, de las grandes palabras que son fáciles de decir porque no hay que acompañarlas de hechos. Quedan como lo que son: un partido mortal, de carne y hueso. Con gente válida y con sinvergüenzas. Con unas ideas y unas propuestas concretas, que te pueden gustar más o te pueden gustar menos… pero que pasan a ser discutidas en igualdad de condiciones con otros partidos que defienden otras ideas.

Siempre habrá, claro, un colectivo de “fanboys” que seguirán negando la mayor (¿no los tienen también todos los partidos?). Que seguirán pensando que no tienen mácula, que si cometen algún error será un pecadillo sin importancia, posiblemente producto de un error bienintencionado. O porque habrá algún individuo que lo hace mal, pero que es eso, una manzana podrida. O que, en el peor de los casos, los otros son peores y roban más. A esos no habrá quien les convenza, claro. Pero una vez rota la burbuja de la superioridad moral, cada vez habrá menos “gente normal” (de la de verdad, como tú y como yo) que se deje deslumbrar con espejitos de cristal.

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