Las 4 etapas en tu camino al nirvana del aprendizaje

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Photo by Holly Mandarich on Unsplash

El nirvana del aprendizaje

“Tienes claro lo que quieres aprender, el por qué y el para qué. Eres capaz de concentrar tus esfuerzos, y de aplicar técnicas y herramientas que te permiten sacarles el máximo partido. Desarrollas tus habilidades a voluntad, y así construyes tu perfil ideal; ése que te coloca en la mejor posición posible para aprovechar las oportunidades y a enfrentarte a los retos.”

Suena bien, ¿verdad? Yo leo esa descripción y pienso “sí, yo quiero ser así”. Quiero ser esa “máquina de aprender”. Máxima concentración, máximo rendimiento. Pero quiero ser capaz no sólo de aprender de forma eficaz, si no de hacerlo con un sentido, un propósito. Saber dónde quiero ir, y recorrer el camino que me lleva hasta allí. Es el nirvana del aprendizaje.

Pero como sucede en el budismo, el nirvana no se alcanza con un chasquear de los dedos. El nirvana es el resultado de recorrer un camino, un camino que puede ser largo y exigente, y que requiere atravesar distintos niveles de conciencia.

La bendita ignorancia


Quizás seas una persona todavía joven, metida en un sistema educativo que funciona como un tren en el que tú solo tienes que ir subido. Vas pasando curso a curso. Son otros los que te dicen lo que tienes que hacer, y tú lo haces. En realidad no importa mucho aprender, sólo “aprobar” e ir avanzando por el camino que te han marcado. Cuando termines de estudiar crees que encontrarás una “colocación”, que te dará dinero para que puedas hacer tu vida. En todo caso, eso ya llegará. Hoy no te preocupa.

O quizás seas un adulto con un puesto de trabajo fijo, que te da seguridad. Tienes tu contrato indefinido, y cuanto más tiempo pasas más te protege la indemnización. Y esta empresa es una roca, va fenomenal. Tu objetivo es llegar sin sobresaltos a la jubilación, y crees que si no haces nada raro lo tienes hecho.

En este estadio no hay inquietud por el futuro, ni necesidad de tomar las riendas del mismo. No quiere decir que no te esfuerces, o que no trabajes. Pero puedes dejarte llevar, confías en que las cosas irán bien mientras tú hagas lo que otros te dicen, y que por lo demás puedes vivir la vida tranquilamente. Aprender es una opción, si te apetece lo haces y si no tampoco pasa nada.

La inquietud


Algo te ha sacado de tu bendita inconsciencia, y empiezas a verle las orejas al lobo.

Quizás estés acabando tu ciclo de estudios, y empieces a pensar en “cómo me voy a ganar la vida”. Oyes noticias sobre la tasa de paro juvenil, o sobre los contratos basura, o sobre la dificultad de tener una cierta estabilidad. Las vías del tren en el que venías montado llegan a su fin. Intentas retrasar lo inevitable, prolongar la vía un poquito más (¿un máster, quizás?), pero inevitablemente despiertas de repente a una realidad en la que ya no hay camino señalizado que seguir.

O quizás empieces a oír rumores en tu empresa, sobre reducciones de personal, EREs, o una fusión que amenaza puestos de trabajo. Quizás te des cuenta de que los jóvenes que se incorporan están mejor preparados que tú, y que cobran menos. O que hay una nueva tecnología que permite hacer lo que haces tú de forma más eficaz y por menos dinero. Y echas cuentas, y te das cuenta de que igual al empresario le sale rentable pagarte tu indemnización. O simplemente caigas en la cuenta de que tu empresa, sometida a la dura competencia del mercado, es incapaz de dar beneficios y se verá abocada al cierre más pronto o más tarde. Tus sueños de llegar tranquilamente a la jubilación saltan en pedazos.

O simplemente ya eres uno de tantos profesionales y empresarios plenamente conscientes de que la vida es difícil, que salir adelante en un panorama de competencia, de globalización, de aceleración tecnológica… pone un montón de presión sobre tu día a día y sobre tu futuro. Llevas tiempo en el paro, o encadenando contratos temporales y de prácticas, o luchando mes tras mes por sacar adelante tu pequeño negocio.

Sea cual sea tu caso, sientes la inquietud. Sufres pensando en “cómo voy a salir adelante”. Intentas no pensarlo demasiado, pero está ahí. Te frustra esa sensación, te parece injusta, no es lo que te prometieron. Quizás busques un culpable: la globalización que hace que la competencia sea más dura, los robots que hacen lo mismo que nosotros más barato, los inmigrantes que vienen a quitarnos nuestros trabajos, los políticos que no nos dan soluciones, los empresarios que no nos dan trabajo. El sistema, que no funciona.

Es posible que estés esperando una solución: un Estado que dé trabajo público para todos, o mejor aún, una renta básica que nos permita olvidarnos de los problemas. O un sistema proteccionista que al menos nos guarde nuestros trabajos para nosotros: unos aranceles, unos límites a la inmigración. O leyes que obliguen a los empresarios a montar empresas y a contratarnos. Que alguien haga algo, por favor.

La responsabilidad individual


Has llegado a una conclusión. Las cosas son como son, y no como te gustaría que fueran. Es un entorno difícil, pero hay que pelear. Y el primero que tiene que coger el toro por los cuernos eres tú. Lo que no hagas tú por ti mismo no lo va a hacer nadie.

Has llegado a aceptar que nadie te debe nada. Que no puedes esperar que nadie te asegure un trabajo, o una forma de vida. Que eres tú el que tiene que conseguirlo, y que la forma de hacerlo es proporcionar valor a otros. Que hay una correlación positiva (no perfecta, porque en la vida no hay nada perfecto) entre lo que tú puedes ofrecer a los demás y lo que los demás te dan a cambio. Y que por mucho que tú valores lo que haces, son los demás los que deben hacerlo.

Te das cuenta de que en esa lucha no estás indefenso. Tienes una serie de armas, que son tus habilidades. No tus títulos, no los cursos a los que has ido, si no lo que eres capaz de hacer de verdad, de forma consistente. Esa combinación de habilidades es la que te permite dar valor a los demás, y mejorar tus posibilidades de futuro. La suerte sigue existiendo, claro, pero cuantas más habilidades tienes, y más desarrolladas están, más probabilidades tienes de que la suerte te favorezca.

Así que decides formarte. Te apuntas a cursos, lees libros, dedicas tiempo, esfuerzos, y recursos. Pero sientes que no avanzas lo rápido que te gustaría. Tienes tendencia a dispersarte, te interesan muchas cosas, y el tiempo y la energía son limitados. Te cuesta mantener la tensión el tiempo suficiente como para ver una mejora real en tus habilidades y tienes la sensación de que tanto esfuerzo no está siendo útil.

La máquina de aprender


Te ha costado, porque cuesta. Pero has sido capaz de analizar lo que eres, y lo que quieres ser. Tienes muy claro en tu mente cuáles son las habilidades que necesitas desarrollar para alcanzar ese futuro deseado. Tienes claro lo que quieres aprender, el por qué y el para qué. Ya no hay sitio para la dispersión, porque has definido un camino muy bien señalado que te dice cuáles deben ser tus siguientes pasos. Ni tampoco para la falta de motivación, porque ese camino te lleva a un sitio al que quieres ir, al que necesitas ir.

Y además has aprendido e incorporado un conjunto de técnicas y herramientas que te permiten sacar el máximo partido a tu esfuerzo. No importa si tienes mucho tiempo o poco, el que tienes lo aprovechas. Conoces las claves del aprendizaje eficaz, y las aplicas para que tus habilidades mejoren de verdad. No siempre es rápido, ni fácil, ni divertido. Pero funciona, y eso te permite tener las habilidades que necesitas.

Así, día a día, aprendizaje tras aprendizaje, construyes tu perfil ideal; ése que te coloca en la mejor posición posible para aprovechar las oportunidades y a enfrentarte a los retos. Ése que aumenta tus posibilidades de tener suerte.

¿Dónde estás tú?

El camino para convertirse en una máquina de aprendizaje implica ir atravesando cada una de estas etapas. Una detrás de la otra. Y en realidad nunca termina, porque siempre puedes refinar tu sistema para aprender cada vez mejor, con mayor claridad respecto a tus objetivos y tus técnicas.

La cuestión es… ¿en qué punto de ese viaje estás? ¿qué necesitas para ir al siguiente nivel?

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Raúl Hernández González

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