Niño de campamento

Hace 30 años, un niño de 10 años subía en un autobús rumbo a Ribadeo, donde iba a pasar dos semanas de campamento organizado por los Escolapios. Allí se uniría a otras decenas de niños (y niñas. ¡Niñas!) procedentes de otros colegios de la orden. En el autobús desde Salamanca iban algunos compañeros de clase, pero no especialmente amigos; tampoco es que ese niño tuviese demasiados. Era la primera vez que se alejaba tanto, en distancia y en tiempo, de su casa, de su familia, del entorno que (mejor o peor) tenía “controlado”. Conociéndole, supongo que lo afrontaba con una mezcla de expectación y de nervios, tratando de autoconvencerse de que “seguro que va a ser guay” y de espantar la sensación de “quién me manda a mí, con lo a gusto que estaría en casa”.

A estas horas, otro niño de 10 años está subiendo en un autobús rumbo al campamento de verano donde pasará los próximos 10 días. Será la primera vez que se aleje tanto del entorno que conoce, la primera vez que pase tantas noches sin dormir en una cama conocida, sin familia alrededor. Tendrá que adaptarse a un escenario distinto, a la convivencia con un montón de gente, a un ritmo de actividades diferente al cotidiano. Habrá momentos de diversión, y otros momentos de agobio. Tratará de encajar, y a ratos lo conseguirá y a ratos no. Algún rato deseará no haber ido, y otros ratos deseará no tener que volver a casa. Afrontará situaciones nuevas a las que tendrá que enfrentarse lo mejor que sepa; algunas las resolverá bien y otras, inevitablemente, le saldrán mal. Y tendrá que llevarlo lo mejor que pueda.

Mientras tanto sus padres se quedan en casa, deseando que todo le vaya bien, aunque sabiendo que es imposible. Han intentado darle consejos, pero nunca se pueden cubrir todas las eventualidades (y, para ser sinceros, tampoco tienen todas las respuestas) y, en todo caso, no van a estar allí para tomar las decisiones; va a ser el niño quien lo haga. Quien acierte y quien se equivoque. Quien disfrute o sufra las consecuencias, y quien tenga que digerirlo, incorporarlo a su experiencia y seguir adelante. Saben los padres que cada vez va a ser así con más frecuencia, que cada vez les toca asumir un rol más secundario. Que esto no es más que un aperitivo, y que cada vez más la vida de su hijo va a convertirse en un campamento continuo en el que, incluso aunque durante algunos años sigan compartiendo techo, sus experiencias y sus decisiones serán cada vez más independientes. Saben también que está bien que así sea, que de eso se trata: de que su vida sea realmente SU vida, y no un apéndice de la de otros.

Y al final resulta que aquel niño de Ribadeo, en el fondo, sigue de campamento; enfrentándose a cosas nuevas, adaptándose a lo que viene, tomando decisiones lo mejor que sabe y aprendiendo a digerir las consecuencias.

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