Primero crear, después editar

Cuando hace unas semanas estuve leyendo un poco sobre “narrar historias”, me encontré con que una de las recomendaciones fundamentales que se les da a los escritores es dividir su trabajo en dos fases claramente diferenciadas. Una primera de pura creación, dejando que las ideas fluyan a borbotones, desactivando en la medida de lo posible cualquier tipo de filtro que nuestra mente quiera imponer. Y después, una segunda fase de edición, mucho más analítica en la que se trata de ir refinando lo que has escrito. Son dos fases en las que entran en juego habilidades y focos radicalmente distintos. Y si no se les da a cada una su espacio, la mentalidad “editora” (analítica, detallista, práctica, consciente, censora) puede ahogar facilmente a la mentalidad “creadora”.

En realidad, es el mismo esquema que se suele plantear en ejercicios de creatividad como el brainstorming: la primera fase es de “lanzar ideas sin espacio para el análisis o la crítica”, y solo después de haber agotado ese primer impulso creativo se pasa a agrupar ideas, a analizarlas, a valorar su viabilidad, etc.

Hace poco leía un artículo que hablaba sobre “life design” y cómo, para tener un año extraordinario (o una vida, en realidad) había que aplicar un proceso similar al que mencionábamos antes. Es decir, que en un primer momento hay que plantearse “objetivos sin filtro”, sin pensar en si es más o menos factible o realista. Hay que soñar. Luego ya vendrá “el hombre del mazo” aplicando la realidad, ya afinaremos los detalles.

Las metas imposibles te exigen ser creativo, mirar más allá de tus nociones preconcebidas y de tus miedos. Te ponen en el terreno de “lo que de verdad me gustaría conseguir” y “lo que de verdad me gustaría ser”. Conectan con lo más íntimo de tus deseos, y ponen en tus ojos el brillo de la ilusión.

Si empiezas considerando tus restricciones (o, para ser más exactos, “lo que tú crees que son tus restricciones”; del tipo “para eso soy demasiado mayor”, “para eso yo no tengo talento”, “para eso hace falta dinero que no tengo”, “eso está bien para alguien sin familia, pero yo…”, “mucha gente lo ha intentado y no lo ha conseguido” y otro montón de pensamientos autolimitantes) lo único que vas a hacer es plantearte objetivos rutinarios, fruto de la inercia y carentes de todo poder motivador. Tus restricciones apriorísticas se convierten en muros que delimitan lo que te planteas hacer.

Pero si empiezas considerando lo deseable te estás marcando un camino. Las restricciones aparecen después pero no ya como “muro infranqueable”, sino como “obstáculos a superar”. Ya no son el límite de lo que puedes o no puedes hacer, sino lo que te separa de lo que quieres hacer. Ahora tienes una motivación, un deseo de alcanzar algo que está al otro lado. Puede que lo consigas o puede que no, pero al menos te planteas pelear por ello.

You see, when you set possible goals you get focused on logistics. You ask yourself what do I need to do to achieve this? But impossible goals ask you to do more than that. They require you to see beyond your normal methods and get creative. They ask you to consider the kind of person you’re going to have to become in order to create extraordinary results […] The goals they came up with were scary big, but the goals they set actually didn’t matter. What mattered was the look I saw in their eyes when they talked about these impossible goals. They each had a look of wonder and excitement, the kind of look you normally only see with little kids on Christmas morning.

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