Niños y riesgos

Tus hijos son lo más preciado que tienes. El mero hecho de pensar que les puede pasar cualquier cosa te genera un vacío en el estómago. La reacción natural es protegerlos; al fin y al cabo son tu responsabilidad. No perderles de vista. No dejarles hacer nada por su cuenta. No cojas el cuchillo, a ver si te vas a cortar. ¿Ir solo al cole? Cuando seas mayor. No te acerques al fuego que te quemas. No te metas en lo hondo, que te ahogas. Ni se te ocurra cruzar sin ir de la mano. No te subas ahí, que te caes. El mundo está lleno de peligros y de gente siniestra, ahí están las noticias a diario. ¿Cómo voy a dejar a mis hijos por ahí sueltos? Por dios, si les pasa algo no podré perdonármelo nunca.

Ver a los niños asumir riesgos y quedarse al margen es muy jodido. Nos vemos obligados a controlar nuestra ansiedad y nuestra paranoia. Y sin embargo, es algo esencial en nuestra tarea de padres. Ojalá el desarrollo de los niños fuese algo perfectamente pautado: “hasta los 18 años los padres les cuidan y les protegen de todo mal, y a partir de los 18 automáticamente ellos son adultos independientes, autónomos y plenamente capaces de cuidarse por sí mismos y enfrentarse al mundo”. Pero no es así. La independencia, la autonomía, la capacidad para enfrentarse a los problemas, las habilidades necesarias para hacerlo… son elementos que se desarrollan poco a poco a lo largo de toda una vida. A base precisamente de asumir riesgos, de dejar que se enfrenten a sus miedos y a que los superen, de arreglárselas por sí mismos, de afrontar problemas y de resolverlos. Incluso aunque eso suponga que les pasen cosas malas.

Porque además nos engañamos a nosotros mismos si creemos que con nuestra supervisión nada malo les va a pasar. ¿Acaso no vivimos malas experiencias como adultos, no nos enfrentamos a situaciones incómodas y desagradables, no tenemos accidentes? ¿Qué nos hace pensar que somos capaces de dar un 100% de seguridad a nuestros hijos, si no somos capaces de proporcionárnosla a nosotros mismos? La sensación de que con nosotros al mando todo está controlado es eso, una ilusión.

Si queremos criar adultos autosuficientes, tenemos que dejarles cada vez más campo de acción, y probablemente cuanto antes mejor. Y tenemos que dejar de engañarnos: no va a haber un momento en el que eso nos vaya a resultar fácil, no va a haber un “cuando sea mayor” que nos libre de pasar el mal trago. El primer día que vayan solos al colegio, aunque esté a cinco minutos, vamos a estar con el estómago encogido; y da igual que sea con 6 años que con 12 que con 20. El primer día que les dejemos el cuchillo afilado para cortar algo en la cocina. La primera vez que se metan en el mar donde no hacen pie. El primer fin de semana que se vayan por ahí con amigos. La primera noche que salgan de farra, o el primer día que no vuelvan a dormir. El primer día que conduzcan un coche, o que hagan un viaje. La primera vez siempre va a ser un suplicio, y las siguientes en el mejor de los casos acabaremos sobrellevándolo; cada día entiendo mejor por qué mi madre se queda más tranquila cuando la llamo para avisar de que he llegado tras un viaje, aunque voy para cuarenta años. No va a haber un día en el que tengamos la completa seguridad de que estarán bien, de que no les va a pasar nada; y el día que les pase cualquier cosa (que les pasará, como nos ha pasado a todos… otra cosa es que no nos enteremos) nos dará un vuelco el corazón. Y si un día pasa algo terrible nos encogeremos de dolor, y nos castigaremos pensando si no deberíamos haber hecho algo más, si no deberíamos haberles protegido más, enseñado mejor.

Pero no podemos vivir constantemente pensando en todo lo malo que puede suceder, incluso aunque sepamos que nos destrozaría. No podemos volvernos locos intentando proporcionar una seguridad que es, en realidad, ilusoria. Porque los riesgos siempre van a existir a pesar de nuestros esfuerzos. Sobreprotegiéndolos mermamos su capacidad de enfrentarse por sí mismos a la vida (algo que inevitablemente tiene que suceder), y ni siquiera así vamos a eliminar la posibilidad de que algo malo suceda.

Tenemos que asumir que tener hijos es vivir para siempre con el temor de que algo les pase, y que ese sufrimiento es inevitable porque es inherente a la paternidad. Va en el mismo lote que las inmensas satisfacciones y el orgullo de verles crecer, no hay lo uno sin lo otro. Quizás reconocer que es imposible que lleguemos a controlar todo y aprender a convivir con nuestra ansiedad y con nuestra paranoia sin volcarla sobre nuestros hijos sea uno de los mejores regalos que podamos hacerles.

Algunas lecturas relacionadas: The overprotected kid, Five dangerous things every school should do, How children lost the right to roam in four generations, How helicopter parents are ruining college students

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2 comentarios

  1. Gracias Raúl; creo que es lo mejor que se puede decir en esos casos, cuando uno se ve reflejado como en un espejo.
    saludos
    Pedro

  2. cierto, qué difícil es dejarlos tomar riesgos! Pero también qué hermoso es ver cómo dan un paso casi gigante en su desarrollo cada vez que salen triunfantes en esa situación a la que ellos se expusieron! Mi niño tiene 20 meses y hay tantas cosas que me dan vuelta del susto!… Y muchas veces lo retiro del peligro, pero a veces me acerco a cuidarlo y lo dejo hacer y …oh! Lo hizo! Y creció!
    Gracias x tu artículo!

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