La procrastinación como síntoma

Hace unas semanas iniciaban Homominimus y Entusiasmado una aventura podcastera llamada Satori Time. Y lo hacían con un capítulo dedicado a la procrastinación. Ese bonito “palabro” que define el comportamiento de “dejar las cosas para más tarde”. Pero como bien decían durante el podcast, esa dilación no es el resultado de una decisión plenamente consciente (“esto no lo voy a hacer ahora, lo haré en otro momento”). Si fuera ese el caso, no nos generaría ningún estrés; hemos valorado pros y contras y hemos asumido un compromiso con una fecha futura.

No, el problema de la procrastinación es que no es el resultado de una decisión consciente. Hemos asumido un compromiso (con nosotros mismos, o con otros), y lo estamos incumpliendo. “Debería estar haciendo algo que no estoy haciendo”. Y eso nos provoca una sensación de inquietud, de ansiedad, de estrés, de sufrimiento.

La cuestión es… ¿por qué lo hacemos? ¿por qué incumplimos esos compromisos?

Ahí es donde hay que incidir. Igual que la fiebre no suele ser en sí un problema, sino el reflejo de una enfermedad subyacente, la procrastinación no es un problema en sí mismo (aunque nos haga sufrir) sino la expresión de un problema más profundo que es lo que hay que atender.

Procrastinamos porque los compromisos y prioridades que nos marcamos no son reales. Puede ser que nuestra mente racional nos autoimponga hacer algo, o puede ser una imposición externa. En cualquier caso, el problema es que en el fondo de nuestra mente no estamos convencidos de que esa obligación, esa prioridad, lo sea en realidad. Así pues, siempre encontramos la forma de “escaquearnos”. Y además, para evitar quedar en evidencia, nosotros mismos nos encargamos de fabricar nuestras justificaciones (“es que no tengo tiempo”, “es que tenía mucho lío”) que enmascaran la realidad.

¿No habéis tenido nunca esa sensación de que, cuando realmente quieres hacer algo, encuentras tiempo a pesar de todo? Las potenciales distracciones son las mismas de siempre, y sin embargo las apartamos de un plumazo para hacer lo que realmente queremos hacer; mientras que si es una prioridad falsa, encontramos una y mil justificaciones que explican por qué no lo hemos hecho. Hay una cita atribuída a Gandhi que viene a decir que “tus acciones reflejan tus prioridades”. Da igual las que tú digas que son: el movimiento se demuestra andando. Dicho de otro modo: “si no está hecho, es que no es una prioridad real”.

Por lo tanto, si percibimos que estamos atravesando una etapa donde la procrastinación es abundante, debemos analizar con atención y con sinceridad cuáles son nuestros compromisos y prioridades “teóricos”, y hacerles pasar la prueba del nueve: ¿realmente quiero hacer esto? Si no quiero… entonces debería tomar decisiones al respecto. Porque en la inmensa mayoría de los casos, se pueden tomar decisiones, aunque sean duras (y probablemente lo sean… si no, no pasaríamos tanto tiempo engañándonos a nosotros mismos y evitándolas con mil justificaciones). De esta forma, renegociamos los compromisos con nosotros mismos, y nos limitamos a lo que realmente queremos hacer; y los que no queremos hacer dejan de ser un fantasma que nos atormenta.

Y si por alguna circunstancia después de ese análisis consideramos que hay cosas que aunque no nos apetezcan debemos hacer… pues entonces hay que ser consecuente, y afrontar ese compromiso con estoicismo: se hace, y punto. Al menos, sabremos el “por qué” lo hacemos.

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Raúl Hernández González

Soy Raúl, el autor desde 2004 de este blog sobre desarrollo personal y profesional. ¿Te ha resultado interesante el artículo? Explora una selección con lo mejor que he publicado en estos años.

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3 comentarios en “La procrastinación como síntoma

  1. Hay otra procastinación. La de no hacer las cosas por indisciplinado, irresponsable, voluble, difuso…
    Ante un personaje como el descrito, los hábitos son el primer punto a resolver… La gran carencia del GTD

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