O delegas, o no delegas

“Delegar” es una de las habilidades más difíciles de desarrollar para un directivo. Supone “perder el control”, y en muchas ocasiones asumir que las cosas no se harán exactamente como uno las habría hecho. Y eso es algo que a muchos les (nos?) supera. Ya lo dice el refrán, “si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo”. El problema es que “tú mismo” puedes hacer un número limitado de cosas con tu tiempo, con tu atención. Para un directivo-tipo, con múltiples proyectos a los que atender, es imposible supervisar todos los detalles, estar en todas las reuniones, leerse todos los correos…

Y sin embargo son muchos los que se empeñan en moverse en esa zona intermedia del “delego, pero quiero mantener el control” o bien “controlo, pero no puedo entrar en los detalles”. Una zona nefasta para el éxito de los proyectos (que se ven abocados en muchas ocasiones al “cuello de botella” que supone el directivo sin tiempo), y también para el espíritu de los colaboradores. No hay nada más desmotivante (al menos para mí) que el hecho de que te encarguen un proyecto sin demasiadas instrucciones específicas, lo desarrolles según tu criterio y que luego te digan “no, así no era; hazlo otra vez… como yo lo haría”. O que te digan “tira millas”, y luego te digan “por qué tiraste millas sin mi autorización”.

Me temo que no se puede “delegar a medias”. O se delega (y entonces asumes tu rol; das instrucciones claras pero luego asumes la propia capacidad de tu equipo para tomar decisiones dentro de los criterios marcados y aceptas el resultado como propio aunque no sea exactamente lo que tú esperabas), o no se delega (y entonces se dedica el tiempo necesario a la supervisión, la gestión de los detalles, el control…). Las medias tintas, en este caso, no traen nada bueno.

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