Ójala tuviera superpoderes

¿Quién no lo ha pensado alguna vez, leyendo un cómic o viendo una peli de superhéroes? “Ójala pudiera volar”. “Ójala pudiera teletransportarme”. “Ójala…”

Yo alguna vez lo he pensado. Despertarse una mañana, y descubrir que, oh maravilla, puedes hacer algo que ayer no hacías. El primer rato debe ser espectacular; seguro que pasas un buen rato divertido, descubriendo los límites de tu poder. Probablemente no puedas evitar, durante un tiempo, la tentación de presumir ante terceros. “Eh, mira lo que puedo hacer”. Vale. Pero… ¿y qué pasa después? ¿qué pasa cuando, tras unos días, el superpoder deja de ser una novedad? Algunas cosas pueden haber cambiado en tus rutinas diarias. A lo mejor vas volando a comprar el pan, en vez de andando. A lo mejor te teletransportas a la oficina en vez de pasarte un rato metido en el atasco. Pero lo cierto es que, al final, sigues comprando el pan, o yendo a trabajar.

En realidad, si lo pensamos bien, todos tenemos ya superpoderes. Podemos caminar. Podemos comunicarnos. Podemos imaginar. Podemos crear. Y no hablemos ya de las posibilidades que nos brinda la tecnología. Simplemente, nos hemos acostumbrado a todo ello. Para nosotros es “lo normal”. Y aquí estamos, con nuestros superpoderes cotidianos a nuestra disposición. ¿Y qué hacemos con ellos? ¿Alguna vez nos lo hemos planteado? ¿Cómo estamos haciendo uso de nuestros superpoderes? ¿Qué nos hace pensar que, si mañana nos despertásemos con un nuevo poder, las cosas serían diferentes? ¿Qué nos hace pensar que nos dedicaríamos a cosas a las que ahora no nos dedicamos, que encontraríamos motivaciones distintas a las que ahora tenemos?

Al final, toda esta paranoia es para decir que, más que añorar los superpoderes que no tenemos, creo que deberíamos centrarnos en dotar de un sentido a los que sí tenemos. Que son muchos y, vistos desde la perspectiva adecuada, extraordinarios.

Contenido relacionado: