Decidir en base a un pálpito

Nos pasamos la vida tomando decisiones. Algunas son de poco impacto, otras son trascendentales. Algunas son sencillas, otras complicadas. Pero siempre estamos decidiendo.

Ójala todo fuera tan fácil como resolver un problema matemático; cuestión de recopilar datos, someterlos a un análisis desapasionado, y hallar la respuesta correcta. Lamentablemente, la vida no es así. Nunca tenemos todos los datos. Jugamos con la incertidumbre del futuro, con el impacto de las pasiones humanas. Podemos tratar de recopilar datos, pero siempre tendremos un ámbito de indefinición, al que los datos no llegan. Y hay que decidir.

Entonces entra en juego eso que llamamos “un pálpito”. Una intuición, una sensación interna de que, a veces incluso yendo en contra de los datos que tienes encima de la mesa, una determinada opción es la correcta. Si te piden que lo justifiques, no puedes.

Yo estoy convencido de que esos pálpitos son la forma que tiene nuestro cerebro de plasmar una serie de observaciones, detalles e ideas que ha ido acumulando de forma inconsciente a lo largo del tiempo. No puedes verbalizarlas a nivel consciente, pero están ahí.

Luego puede que te equivoques, por supuesto. Pero es muy incómodo decidir en contra de tu intuición.

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