Educar para la globalidad

El otro día, durante una agradable comida con gente muy interesante, surgió un tema de debate al que llevo dando vueltas desde entonces. Tiene que ver con la educación de los hijos. Se pusieron sobre la mesa dos modelos contrapuestos: por un lado, una persona (no te cito porque es un tema personal, si quieres manifiéstate en los comentarios :) ) comentaba su experiencia como directivo internacional, habiendo vivido durante dos años en Estados Unidos con toda la familia incluyendo sus tres hijas pequeñas. Por otro lado, yo planteaba mi caso, trasladándome a un pueblo como Aranda.

Él defendía lo bueno que consideraba para sus hijas el exponerlas a esas experiencias vitales, a conocer otros mundos y otras culturas desde pequeñas, y lo bien que eso les iba a preparar de cara a un futuro en un entorno global. Yo por mi parte, reconociendo ese impacto positivo, ponía el foco en lo que yo considero un elemento muy importante para el desarrollo de un niño: la estabilidad, el crecer en un entorno tranquilo, sin estar sometido al contínuo ir y venir, al cambio de colegios, y de amigos y de… en definitiva, lo importante que sería para él tener unas “raíces”, un lugar al que llamar “mi casa”.

La cuestión es… ¿me estaré equivocando? ¿O no? Tengo la sensación de que hay un equilibrio difícil de conseguir. Que las dos cosas (exponerse a experiencias nuevas, y un cierto grado de estabilidad) son importantes, y que en cierto modo llegan a ser incompatibles. Que, en última instancia, tienes que apostar por una cosa o por otra. Y como siempre que eso ocurre, te queda la duda de saber si has apostado por la correcta.

PD.- Sí, ya sé, no todo es blanco o negro. Se puede vivir en Aranda y “conocer mundo”, y se puede ser en cierta medida “nómada” sin por ello perder un foco de referencia (y más ahora que los transportes y las tecnologías de la comunicación han acortado las distancias). Pero creo que, aun con zonas grises, siguen siendo dos modelos claramente distintos.