Comer con un exjefe

(Qué barbaridad, ¡casi una semana sin escribir! Con lo que soy yo… en fin, rachas, supongo.)

El lunes pasado comí con un ex-jefe. Considero que he tenido tres jefes, tres personas de referencia a lo largo de mi trayectoria profesional (bueno, ahora cuatro… o cinco si contamos el de las prácticas en la universidad). Luego he tenido gerentes, seniors… pero a esos los he visto más como “compañeros de rango superior con los que colaboro de forma circunstancial” más que como jefes “absolutos”. Bueno, pues en orden cronológico, éste es el segundo (o tercero, según se mire).

En mi mailing de despedida le incluí, y desde entonces habíamos estado buscando la ocasión de quedar un día. Supongo que él tenía cierta curiosidad por ver en qué fregado me había metido. Así que tuvimos una agradable comida, nos contamos la vida y ya está.

La verdad es que para mí es un orgullo y una satisfacción poder decir que me llevo bien con mis jefes. Hay gente para la que parece que eso es un anatema, que llevarse bien con el jefe es de pelota o de “pringao”. Yo no me considero ni una cosa ni la otra. Creo que llevarse bien con un jefe (y me refiero a hablar con franqueza de temas laborales, no a ser “amiguete” de pádel y de copas, ni a presentarse a las familias y quedar los fines de semana, que es muy diferente) es síntoma de que las cosas se están haciendo bien, tanto el uno como el otro. Si no… malo, algo no funciona.

Y que esa buena relación perdure después de acabada la relación profesional estricta, también me encanta. Porque te deja la sensación de haber dejado un buen poso, personal y profesional. De que una etapa profesional ha sido provechosa para uno mismo y para los demás. Y de que, por qué no, en el futuro puede reeditarse.

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