Yata

Yata (ya está, en versión corta). Ya hemos vuelto. Después de una buena pechada de kilómetros (dios bendiga los monovolúmenes, por cierto) que nos ha llevado de Madrid a Noja, de Noja a Salamanca, de Salamanca a Matalascañas y de Matalascañas a Madrid en dos semanas, ya estamos en casa con la lavadora a todo trapo y la depresión post-vacacional.

En mi caso, además, vuelvo a un mundo desconocido. Ya no tengo una oficina a la que volver. No me esperan mis viejos compañeros, ni mis viejos proyectos, ni mi realidad que, por conocida, me ha facilitado los regresos de los últimos septiembres. Supongo que es como cuando dejé el “cole” (para mí “el cole” es toda la etapa desde los 5 a los 18 años, ya que hice todo en el mismo sitio) y me fuí a la Universidad: otro sitio, otra gente, otras responsabilidades… otro mundo. O como cuando se acabó la universidad, con sus clases y sus rutinas, y comenzó la etapa laboral. Otro mundo.

Pues ahora otro nuevo. ¡A por él!

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