Aprender mecanografía

Aprendí mecanografía un verano de hace bastantes años. Siempre fui buen estudiante, y como consecuencia mis veranos eran largos y con tiempo de sobra para hacer casi cualquier cosa. Y ese año me dió por aprender a escribir a máquina. Para ello, usé una máquina que tenía mi madre y un método de mecanografía que había por allí.

La máquina era de aquellas “de antes”, con su cinta de tinta y sus botón para poner mayúsculas, el ruido de los tipos al golpear el papel, y el “clin” al terminar el párrafo que avisaba de que había que darle al “retorno de carro” para pasar línea.

qwert, qwert, qwert…ASDFG, ASDFG, ASDFG, ASDFG… y así durante líneas sin término. Y luego ñlkjh, ñlkjh, ñlkjh, ñlkjh…. y luego añsldkfjgh, añsldkfjgh, añsldkfjgh… secuencias rutinarias para acostumbrar a cada dedo a ir a su tecla e interiorizar qué letra correspondía a cada movimiento.

Pero lo que quizás más recuerdo es ese hueco mortal entre la A y la S, y también el estiramiento necesario para alcanzar el acento. Nunca fui demasiado bueno con los meñiques, me costaba hacer la fuerza necesaria para impulsar la tecla, y de vez en cuando se me doblaba el dedo introduciéndose entre dos teclas y rozándos entero. ¡Qué dentera! Dios bendiga a los teclados electrónicos y castigue para siempre aquellos artilugios mecánicos.

El hecho es que a partir de ese verano supe teclear con los 10 dedos. Hoy por hoy tampoco es que sea una ventaja competitiva, y nunca he necesitado batir ningún record de velocidad tecleando. Pero cuando veo a alguien teclear con los dos índices, sierto cierta clase de malsano orgullo…

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