Cuestión de prioridad (¿es?)

La primera vez que entré en aquellas instalaciones me llamaron la atención sus paredes, cubiertas con enormes carteles en los que, con letras bien grandes, estaban escritos los “valores” de la compañía. Uno mencionaba “la máxima satisfacción del cliente”. Otro “la importancia de la rentabilidad”. Un poquito más allá se hablaba de “la contribución a la sociedad”.

Vaya, una gran declaración de principios. ¿Quién, en su sano juicio, no se adheriría a ellos? ¡Por supuesto, yo también los suscribo!

Y sin embargo, pasado el tiempo, te dabas cuenta del problema. Porque se daban situaciones en las que esos principios entraban en conflicto. A veces, para conseguir la máxima satisfacción del cliente ponías en riesgo la rentabilidad. Y si defendías la rentabilidad, a lo mejor perjudicabas al cliente. En caso de duda, ¿cuál de los principios “oficialmente establecidos” mandaba?

Estoy leyendo el libro “Esencialismo”, de Greg McKeown. En él cuenta la historia de la palabra “prioridad”, y cómo en su origen, y durante muchos siglos, significaba “lo que va primero”. En singular, porque solo una cosa puede ir primero. Fue después, cuando haciendo un ejercicio de voluntarismo, se empezó a usar “prioridades” en plural, como si fuera posible tener varias de un mismo rango. Y así es como hemos acabado en el mundo de las múltiples prioridades y de la consecuente confusión. Porque la razón de ser de una prioridad es ayudarnos a actuar en caso de duda. Y si hay varias prioridades que entran en conflicto no hay una guía clara de actuación.

Me gusta la formulación de las tres leyes de la robótica ideadas por Isaac Asimov. Precisamente porque deja claro cuál es su orden de preponderancia. Hay una primera ley, una primera prioridad (redundante, ¿verdad?). Luego hay una segunda que será aplicable salvo que entre en conflicto con la primera, porque entonces la elección está clara. Y una tercera, que sólo es aplicable si no entra en conflicto con las anteriores. No son tres leyes a las que se les da el mismo rango, y si hay conflicto allá tú con cómo lo resuelves.

Así debería suceder con las “prioridades” tanto a nivel corporativo como a nivel individual. En el caso con el que abría el post, debería estar expuesto que “lo importante es la rentabilidad”, y luego que “procuraremos la máxima satisfacción del cliente a no ser que ponga en peligro la rentabilidad”, y luego que “contribuiremos a la sociedad siempre que estemos dando la máxima satisfacción al cliente y tengamos rentabilidad”. Y así, en caso de duda, todo el mundo sabría a qué atenerse.

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A veces es cuestión de empezar por los principios

Me crucé con este vídeo hace unas semanas, y no pude por menos que reír.

Ahí tenemos al colega, dándole hostias con un martillo neumático al suelo. Sin enchufar ni nada (de hecho el enchufe lo tiene cómodamente colgado en la cintura), a puro dolor. Y el capataz lo ve y flipa, “no, hombre, no, esto tienes que enchufar”. Y el tío enchufa, pero sigue dándole hostias. “No, hombre, con el gatillo ese, con el gatillo ese”. Y cuando por fin le da al gatillo y aquello empieza a funcionar, se lleva un susto de tres pares de narices y sale corriendo. Al menos no se abrió un pie.

En fin, ves el vídeo, y te ríes. “Alma de dios, ¿cómo es posible que no sepa hacer eso?”

Pues muy fácil: porque nadie le ha enseñado. Porque ninguno nacemos enseñados, porque cualquier cosa que hoy sabemos es porque lo hemos aprendido de alguien.

Justo comentaba ayer con un amigo consultor cómo muchas veces, cuando llegamos a un cliente, acabamos haciendo cosas muy básicas. Cosas que para nosotros son “el ABC”, que desde fuera puedes pensar “es imposible que no lo apliquen ya, si es de cajón”, que incluso te llevan a ver el proyecto como “un aburrimiento”; y que sin embargo para ese cliente en concreto les abre las puertas a un mundo desconocido y les aporta mucho valor. Y no es porque sean tontos: son muy buenos en lo suyo, pero no han tenido el aprendizaje y la experiencia que nosotros les podemos aportar. Su camino ha sido diferente del nuestro, y sus aprendizajes han ido por otros derroteros.

Tendemos a dar por hecho que lo que nosotros sabemos lo sabe todo el mundo. Y no es así.

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El valor del minimalismo

Llevo un tiempo revoloteando con curiosidad por el mundo del “minimalismo”. Ya conté en su día mis peripecias intentando quitarme de encima chismes (en ello sigo, a impulsos), pero poco a poco he ido ampliando mi interés.

La sensación que tengo es que cada uno asocia minimalismo a diferentes cosas. Hay quien piensa en una determinada forma de decoración, o un estilo arquitectónico. Hay quien lo relaciona con vestir de blanco y negro. Hay quien lo vincula a vivir en una mini casa, o a tener tan pocas pertenencias que puedes llevarlas en una mochila, o a deshacerse de cosas, o a vivir barato. De hecho, con estos ejemplos, hay mucha gente que acaba por pensar que es “demasiado radical”.

¿Y para mí, qué es el minimalismo? Pues me gusta mucho el enfoque que hacen en The Minimalists. El minimalismo no es un estilo de vida concreto; cada persona lo aplica a su propia vida, con un resultado diferente. Lo que importa del minimalismo no es la respuesta, si no la pregunta.

Se trata de cuestionarse permanentemente: ¿esto aporta valor a mi vida?. Si la respuesta es no, pues te deshaces de ello sin contemplaciones. Pero no hablamos solo de cosas, claro; también de con quién te relacionas, de a qué dedicas el tiempo, de en qué te gastas el dinero, de qué lees, etc. De esta forma, vas eliminando “lo que te sobra”, y en consecuencia te vas quedando con lo que te resulta esencial (como titulan ellos en uno de sus libros: “todo lo que queda”).

Esa pregunta es la clave de bóveda de todo, y a partir de ahí empiezas a actuar. Como lo que me aporta valor a mí puede ser distinto de lo que te aporta valor a ti, las decisiones que tomemos y el estilo de vida resultante serán diferentes.

Y aquí llegamos a la madre del cordero. “Lo que me aporta valor”. Una de esas preguntas que nos obligan a enfrentarnos a nosotros mismos, a pensar en “qué es lo que quiero en la vida”, a romper la inercia, a enfrentarnos con la responsabilidad que tenemos para con nosotros mismos. Esa responsabilidad incómoda, que normalmente preferimos eludir porque, seamos francos, es más fácil dejarse llevar.

Por lo tanto, el valor del minimalismo está no en gastar menos dinero, o en vivir con más orden, o en tener una casa más pequeña. Está en hacernos cuestionar lo que nos sobra, lo que no nos aporta. Sea eso lo que sea.

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Comportamientos absurdos generalmente aceptados

Estoy leyendo “Mañana todavía“, una recopilación de relatos sobre distopías o sociedades alternativas. Uno de los relatos es “Instrucciones para cambiar el mundo”, de Félix J. Palma. En él, se describe un mundo parecido al nuestro, pero en el que la gente en su día a día hace cosas muy raras, absurdas; salen a la calle en pijama y se ponen traje para dormir, cogen el autobús media hora para dar un rodeo en vez de cruzar la calle a pie, se sientan en las mesas en vez de en las sillas, toman caldo caliente en verano, participan en una guerra en la que está prohibido disparar al enemigo… La chicha del relato está en que de repente aparece una transgresora que cuestiona todo este tipo de actuaciones, una revolucionaria en ciernes..

En fin, la historia se resuelve más o menos rápido. La lees con distancia, porque al fin y al cabo se trata de comportamientos ridículos, absurdos a todas luces, “menuda tontería”. Y sin embargo me hizo pensar. ¿Cuántos comportamientos de los que tenemos nosotros, en la vida real, en esta sociedad en la que vivimos… son igualmente absurdos y ridículos? ¿Cuántos serían valorados, si alguien los expusiese al criterio de alguien extraño, como “una chorrada propia de un escritor fantasioso”?

Y entonces miras alrededor, con el ojo un poquito crítico, y un escalofrío te recorre la espalda. Uf. Nada, nada, mejor dejémonos llevar por la corriente; al fin y al cabo, lo absurdo es solo cosa de los libros.

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El mapa del aprendizaje

El aprendizaje es un tesoro. Algo que, si conseguimos descubrir, nos enriquecerá. Pero tenemos que llegar a él. Afortunadamente, tenemos en nuestro poder un mapa que nos señala tres rutas.

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La primera nos obliga a cruzar un caudaloso río, y a atravesar un macizo montañoso. Es un camino difícil y duro, que nos va a exigir mucha concentración y mucho esfuerzo consciente. Es el camino de la práctica deliberada. Nos llevará tiempo y esfuerzo pero es el camino más corto para llegar al aprendizaje.

Tenemos una segunda ruta, la ruta de la costa. Es un camino mucho más agradable que transcurre entre frescos bosques y respirando la brisa del mar. Se transita por él con mucha facilidad, y hay vistas fantásticas que nos invitan a descansar con frecuencia. Es el camino de la práctica desestructurada, esa que realizamos básicamente cuando nos apetece, sin ningún objetivo concreto. Nos parece que debemos estar avanzando, porque damos pasos. Pero no nos damos cuenta de que este camino nos lleva dando un gran rodeo, con muchas idas y venidas, con muchos momentos en los que tenemos la sensación de “¿no he pasado ya por aquí? ¿estoy avanzando en círculos?”. Es un camino en el que, durante mucho tiempo caminamos (esfuerzo baldío) sin acercarnos a nuestro objetivo. Al que quizás lleguemos, después de mucho, mucho tiempo.

Y no hay que olvidar la tercera ruta, quizás la más peligrosa a pesar de su aparencia amable, la ruta de la práctica pasiva (o de la “no práctica”). Un camino muy cómodo, pero en el que damos pasos en una dirección equivocada, un camino que acaba por devolvernos al mismo punto de partida. Es el camino del que lee muchos libros, sigue muchos tutoriales, ve muchos videos… y nunca hace nada con ello. Un falso aprendizaje que en realidad nunca nos permitirá llegar al tesoro.

Tienes en tus manos el mapa. Quieres el tesoro. ¿Qué ruta vas a escoger?

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Click! Whirr! El poder de la respuesta automática

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Estuve leyendo el libro “Influence”, de Robert B. Cialdini, sobre persuasión e influencia. Muy interesante, describe de forma muy concisa varios mecanismos de influencia a los que estamos sometidos diariamente (y que, también, podemos aprender a usar en nuestro beneficio).

Lo que más me impacta, de todo este tema de la persuasión, es hasta qué punto a nosotros, los ufanos “seres racionales”, nos la pueden colar de forma tan sencilla. Y todo gracias a una serie de “vulnerabilidades del sistema”, respuestas instintivas que la evolución ha hecho que se queden grabadas a fuego en lo más profundo de nuestro cerebro, y que provocan que actuemos de forma automática. Como un torito al que le agitan un trapo delante. Es ese “click! whirr!”, ese mecanismo de estímulo-respuesta, que compartimos con tantos animales. Es “divertido” ver cómo podemos manipular a los bichos, pero se te queda cara de haba cuando te das cuenta de que tú puedes ser igualmente manipulado. Y es que al final (y es algo que cada día tengo más claro) es mucho más lo que nos une a los animales que lo que nos separa de ellos.

Y lo peor, como dice Cialdini, es que poco podemos hacer. Ser conscientes de que estos mecanismos de manipulación existen no nos permite desconectarlos del todo. Primero porque, en términos generales, nos benefician; nos permiten tomar decisiones rápidas en situaciones complejas que el 99% de las veces serán acertadas, como así lo ha sido a lo largo de la historia evolutiva. Y segundo porque, si nuestro cerebro tuviese que procesar todo lo que nos rodea “en modo racional” en vez de apoyarse en determinados automatismos nos explotaría (casi literalmente) la cabeza.

En todo caso, está bien tomar consciencia de que estos mecanismos existen, y cuestionarse de vez en cuando hasta qué punto estamos nosotros al timón de nuestras decisiones o simplemente nos están llevando por donde quieren.

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Estoy moreno porque me pongo al sol

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Me ha pasado varias veces en las últimas semanas. “Coño, qué moreno estás”, “Qué buen color”, “¿Y tú por qué estás tan moreno?”. La respuesta, evidente: “Porque me pongo al sol”.

Pero detrás de esta aparente obviedad se esconde algo más. Estoy moreno porque procuro salir todos los días a la calle. Me pongo calzado cómodo y salgo a caminar, a veces por el campo, a veces por la ciudad. A mover las piernas, a despejar la cabeza, a alejarme de la silla y de la pantalla, a que me dé el aire, a reflexionar, a respirar. Sí, de paso me da el sol, y como efecto colateral se me pone la piel más tostada.

“Qué suerte, tú que puedes”. Supongo. Soy afortunado por tener piernas para caminar, ropa para abrigarme si hace falta y calles y caminos por los que transitar; un privilegiado. “No, me refiero a disponer de tiempo para eso”. Ah, es verdad, el tiempo. Perdonad, a veces se me olvida que la vida me ha sonreído, dotándome de más horas al día que a los demás… No, bromeo, obviamente mis días tienen las mismas 24 horas, los mismos 1440 minutos que los tuyos. La diferencia es que yo he elegido dedicar 40-50 de ellos a estar en la calle, en vez de a otra cosa, porque considero que así mi vida es mejor.

“Ya, pero es que tú tienes suerte, vives en un pueblo, tienes un trabajo que te da mucha flexibilidad… “. Sí, es cierto. Pero no te olvides que todo ello es producto de decisiones, de elecciones. También de renuncias, como sucede cada vez que tomas un camino en vez de otro. Eliges, pagas el precio, y entonces estás más cerca de conseguir lo que querías.

Los problemas empiezan en esas últimas palabras. “Lo que querías”. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué es importante para ti? ¿A qué quieres dedicar tu tiempo? Son preguntas con carga de profundidad. Con demasiada. Porque es fácil quejarse, pero es mucho más difícil sentarse con uno mismo y plantearse todas estas cosas. Así acabamos dejándonos llevar por la inercia del día a día, viviendo donde toca, trabajando de lo que nos ha caído, seres reactivos que “no tienen tiempo” pero que se pasan horas en atascos, haciendo zapping delante de la tele o mamoneando con el móvil.

Y si consigues saber lo que quieres… ¡enhorabuena! Ya tienes por donde empezar. Pero ahora toca hacer algo al respecto. El mundo de las ideas está muy bien, pero la realidad no cambia con ideas, si no con acciones. ¿Qué puedes cambiar hoy para conseguir llegar a donde quieres? La locura es esperar resultados distintos si sigues haciendo lo mismo. Así que manos a la obra, echa la piedra a rodar.

Por supuesto, esto no es cosa de un día. A veces una acción puntual puede cambiar muchas cosas, pero el impacto de verdad se consigue con acciones sostenidas, con persistencia, con hábito; somos lo que hacemos repetidamente.

Así que sí, estoy moreno. Porque decidí que “salir a la calle y mover las piernas” iba a ser algo importante para mí. Porque le dedico tiempo. Porque me pongo al sol.

PD.- Ya sé. El mundo no es perfecto. A veces “haces lo que se supone que hay que hacer” y los resultados no llegan. Siempre encontraremos el ejemplo del que nunca fumó y se murió de un cáncer de pulmón, y el que llega a los noventa fumando como un carretero. Vale. Pero la estadística sirve para lo que sirve, y hay más probabilidades de tener cáncer de pulmón si fumas que si no. Es más probable que tengas la vida que quieres si das pasos orientados a conseguirla que si no.

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Entornos de roce para que un desconocido acabe siendo tu amigo

El pasado miércoles estuve viendo el fútbol con unos amigos, pasando un buen rato. Lo cual tiene mérito a estas alturas, teniendo en cuenta que nos conocemos desde hace más de media vida; en concreto desde el inicio del curso del 94, cuando llegamos a Bilbao para iniciar la etapa universitaria. Por aquel entonces éramos auténticos desconocidos, a los que el azar había asignado a un mismo piso del Colegio Mayor. Todavía recuerdo nuestro primer encuentro, cuando ellos (que sí se conocían entre sí; venían del mismo colegio en Logroño) aparecieron en el piso por la noche, después de haber estado “escaqueándose” todo el día de la presión de los veteranos.

Obviamente no nos hicimos amigos en ese mismo momento. Fue algo gradual, poco a poco, a base de “mareos” compartidos, cenas, pochas, pelis, farras, partiditas al Civil… primero en grupos grandes, luego en grupos más pequeños… Un largo camino en el que otros fueron cayendo, un proceso a lo largo del cual se van identificando y fortaleciendo afinidades, y donde se produce una especie de “selección natural” que hace que acabes siendo amigo de unos y no de otros.

¿Y por qué cuento esto? Resulta que a raíz de mi “historia de dos tuiteros” del otro día surgió una conversación interesante sobre “el ámbito privado” y “el ámbito público”, y la transición que hacen las relaciones desde el uno hasta el otro. De acuerdo a este enfoque, tendríamos el “ámbito público” en el que todos aparecemos como desconocidos, y nos comportamos con pulcritud exquisita, ciñéndonos a nuestro “personaje”. No decimos nada que pueda parecer ni remotamente inapropiado, ni dejamos apenas que nuestra personalidad aflore. Aplicado a internet, sería el uso de twitter que yo veía el otro día con malos ojos; cero riesgos, que las redes las carga el diablo. Y por otro lado tendríamos el “ámbito privado”, donde ya somos colegas y podemos comportarnos tal y como somos sin peligro, sabiendo que eso no va a salir de allí. Chistes, chorradas, comentarios inapropiados, charlas a “calzón quitao”… todo tiene cabida, al fin y al cabo ya somos amigos; alguien mencionaba “los grupos de Whatsapp” como representación.

Por supuesto que estoy de acuerdo en esta categorización. Hay un espacio para la interacción con desconocidos, y hay un espacio para la interacción con amigos. La cuestión es que para mí no es algo binario (o estás en un entorno o estás en otro), si no que son más bien los dos extremos de un continuo; todos iniciamos las relaciones como desconocidos, y lo interesante es ver cómo esas relaciones van progresando hacia la amistad.

Esto es algo que cada uno puede validar con su propia experiencia. Las amistades del colegio… ¿cómo se forjan? A base de horas y horas de pupitre compartido, de juegos en el patio, de paseos de ida y de vuelta. Las amistades del trabajo, lo mismo; proyectos compartidos, horas de pradera y de máquina de café, viajes… En definitiva, se trata de entornos “de roce”, donde todo el mundo empieza “tieso como un palo” y poco a poco va relajándose, dejando traslucir su personalidad, juntándose con los afines y alejándose de los que no lo son, tomando iniciativas y viendo si hay reciprocidad… un proceso largo, no exento de idas y vueltas, en el que mucha gente se va quedando por el camino. Defiendo, además, que en el ámbito de las relaciones personales pesa mucho lo “banal”, lo cotidiano, las “chorradillas del día a día”, y que es ahí donde calibras lo “a gusto” que estás con alguien. Uno no se hace amigo de otro por lo bien que hace los powerpoints, o lo bien que escribe artículos, o lo listo que sea. Necesitas detectar algo de “chispa” en su forma de comportarse, de afinidad en la forma de ver el mundo y transitar por él, que es difícil de detectar cuando nos ceñimos a nuestro personaje intachable, que solo habla “de cosas serias” y siempre en un tono “apropiado”.

Para mí es importante que en el ámbito de las redes sociales exista también ese “entorno de roce”, ese espacio donde poder hacer una transición entre “desconocido” y “amigo”. Creo que “el twitter de los primeros años” era un poco así, y creo también que se está perdiendo. Lo cual es una pena, porque de esta forma resulta muy difícil hacer esa transición. Puedo identificar a un perfil interesante por lo que cuenta, pero si no me abre la puerta a interactuar, si no me deja ver “cómo es”, si no puedo hacer una cata de su forma de ver el mundo, de sus ideas, de su comportamiento… difícilmente voy a dar pasos (y hacen falta muchos) para acercar posiciones. Si se limita a hablar de “su tema” se restringen también las oportunidades de interacción.

Me recomendaban que, si creo que alguien es interesante, debería explorar esa relación sin esperar a “testarla” antes. “Hola, mira, te sigo en twitter y me parece interesante lo que publicas sobre #insertetema, puede que seas una persona agradable aunque igual no, pero… ¿quedamos a tomar unas cañas a ver qué tal?”. Yo sé que peco de introvertido, pero ¿soy el único al que un salto de este tipo le resultaría violento, tanto si soy yo quien lo promueve como si alguien me viene con esto?

En conclusión: creo en las redes sociales como “medio de conexión entre personas”. No aspiro a tener, como decía Roberto Carlos, “un millón de amigos”; pero sí a rodearme de una buena nube de esas conexiones que llaman “difusas” o “débiles”, que no llegan a ser amigos del alma (y si es así, ¡bienvenido sea!) pero que sí son más que un avatar y un personaje “siempre pulcro”, gente con la que puedas compartir en un momento dado algo más que un intercambio formal de ideas sobre una temática restringida. Y creo que para que esas relaciones fructifiquen y se mantengan hacen falta esos “entornos de roce” donde poder interactuar (poco a poco, de forma natural) como las personas completas e imperfectas que somos.

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Historia de dos tuiteros

R y M coincidieron hace algunos años por esos “mundos de internet”, y se cayeron bien. Tenían un perfil personal parecido, por edad, por formación, por intereses… aunque claro, cada uno tenía su vida y no era fácil el poder mantener el contacto, y tampoco es que tuviesen una relación tan cercana como para andarse llamando cada dos por tres.

Pero ocurrió que por aquella época aparecía una herramienta llamada “twitter”, una especie de sitio donde podías responder a la pregunta “qué estás haciendo” para que la gente que decidiese seguirte (tus “followers”) pudieran saber de ti, y tú a su vez podías seguir a otras personas para enterarte de lo que ellos hacían. La gente lo usaba de forma muy ingenua (“me voy a tomar un café”, “pues hoy estoy cansado” y cosas por el estilo), pero cogió fuerza primero en el mundillo de internet, y luego poco a poco pasó a ser más de uso generalizado.

La cuestión es que R y M se dieron de alta, y entre muchos otros se hicieron seguidores el uno del otro. Allí iban contando sus cosillas para el que quisiera leerlas. A veces comentaban alguna noticia, o se mojaban con algún asunto polémico, o se empanaban con el fúbtol… otras veces compartían un enlace que les había parecido interesante o recomendaban un libro o una película… pero en realidad la mayor parte del tiempo compartían banalidades cotidianas respecto a su vida profesional, o a sus aficiones, a su ocio, a sus viajes o a su familia. Muchas cosas “sin chicha”, pero que les permitían al uno saber del otro, interactuar de vez en cuando con un reply o un retuit… y así mantener un cierto contacto cotidiano. Claro, poder quedar a tomar cañas hubiese sido un mejor plan (de hecho alguna vez cuando se alineaban los astros pudieron hacerlo), pero ya sabemos todos cómo son las cosas en la vida real; el trabajo, la familia, los amigos, las obligaciones… y ellos tampoco es que fuesen “amigos del alma”, simplemente conocidos que se caían bien.

Así estuvieron durante un tiempo. Pero al cabo de los meses, M empezó a cambiar su forma de usar la herramienta. Cada vez eran menos frecuentes las chorradillas cotidianas, parecía como si se hubiese autoimpuesto algún tipo de censura. Seguía tuiteando, sí, pero se limitaba casi al 100% a temas profesionales, además en un tono neutro, aséptico… Un día R le preguntó, “oye, hace tiempo que no cuentas nada”. “Bueno, es que estoy intentando darle un poco de valor a lo que publico por aquí… ¿no has pensado nunca que esto es nuestra imagen digital, y que tenemos que cuidarla, ponerle un poco de foco? ¿Construir nuestra marca? ¿A quién le interesa lo que yo haga o deje de hacer en mi día a día?” R asintió, aunque por dentro pensó “pues a mí me interesaba”…

R siguió leyendo la cuenta de M. Lo que publicaba seguía siendo interesante, sí, aunque muy limitado a una faceta de su vida. Echaba de menos los chascarrillos, la oportunidad de intercambiar algún comentario sobre el fútbol, o sobre la política, o saber cómo andaban las cosas por casa…

Con el paso de los meses, R empezó a notar un incremento en la frecuencia de publicación de M. Pero no fue una buena noticia. Aquello estaba lleno de retuits que, al pinchar en ellos, llevaba a noticias que no tenían demasiada chicha. Los enlaces que retuiteaba eran repetitivos, volvían una y otra vez sobre los mismos temas, eso sí siempre acompañados con su correspondiente hashtag. Cuatro o cinco veces al día, como un martillo pilón, la cuenta de M escupía nuevos contenidos. Bueno, nuevos… cuando no eran tuits antiguos repescados (a veces avisando, y a veces sin avisar). R dejó de hacer click en ellos, porque la mayor parte del tiempo eran completamente intrascendentes. Muy focalizados, eso sí, pero no le aportaban nada. Para colmo, M empezó con la costumbre de retuitear las menciones que le hacían. Cuando alguien enlazaba uno de sus contenidos, él lo tuiteaba (a pesar de que él mismo ya lo había publicado antes). Cuando alguien le hacía una alabanza, él lo tuiteaba. Si había un evento en el que fuese a participar, tuiteaba cada una de las menciones que se hiciesen al evento (como si una vez no fuese suficiente).

Llegó un punto en el que a R le irritaba la cuenta de M. Durante semanas estuvo luchando contra el impulso de dejar de seguirle, pero se arrepentía en el último momento. Porque le parecía un buen tío, y le daba pena cortar ese vínculo. Pero cada día se le hacía más insoportable; le caía bien la persona, pero como tuitero era un coñazo. Hasta que un día se hartó, y lo hizo. Unfollow.

PD.- De vez en cuando, R se acuerda de M, y se pregunta qué habrá sido de él. Entra en su cuenta de twitter, y ve que sigue con la misma dinámica. No encuentra allí nada que le permita saber de su vida, ni una excusa para interactuar. Cierra el navegador, y sigue con su vida.

PD2.- R sí soy yo. M no es nadie en concreto, y a la vez es una mezcla de unos cuantos. M es el arquetipo de esas personas interesantes que, en aras de un supuesto beneficio mayor, decidieron limitar su actividad en internet a “lo útil”, “lo focalizado”, “lo que refuerza mi presencia online”. Aquellos que en la búsqueda de followers, de retuits y de “impacto”… se olvidaron de que el verdadero impacto se consigue a través de relaciones de confianza, y que esas conexiones reales entre personas se crean y se refuerzan en lo cotidiano, en lo banal.

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Más formación, ¡es la guerra!

Me contaban hace unos días que un curso de 4 horas (que yo diseñé e impartí durante un tiempo) había sido transformado en tres jornadas de formación. Expansión del 600%. Los ojos se me pusieron en blanco…

Recuerdo la sensación al impartir aquel curso: “uf, se les está haciendo largo… no hemos dado con la tecla”. De hecho, después de pasar decenas y decenas de personas por allí, tampoco es que se detectasen grandes cambios (aquello del “ROI de la formación”). Por eso, me cuesta creer que “hacerlo más largo” vaya a ser la solución.

Sin embargo, desde determinada visión mecanicista, tiene su lógica. “Si aplicando 4 horas de formación se consigue un efecto pequeño… ¡aumentemos la dosis! ¡así el efecto será mejor!”. Nadie se plantea que, a lo mejor, es que la formación (entendida como “les doy un curso” que encima no han pedido) no sirve para demasiado.

Cada vez estoy más convencido de que las dinámicas de aprendizaje son altamente complejas y personalizadas. Para empezar, digo “aprendizaje” y no “enseñanza” porque es el individuo el que debe sentir el interés y la motivación para aprender; si no, solo es un “trozo de carne” sentado en una silla durante X horas. Y digo compleja y personalizada porque a uno le surge la inquietud y la oportunidad por aprender en un momento determinado, y normalmente muy vinculado a su “día a día”. La persona es (debe ser) la protagonista del proceso, es la persona quien debe sentir en sus carnes la necesidad. Aprendes algo para resolver un problema que sientes como propio; no aprendes porque alguien te diga que “tienes una necesidad”, si tú no la percibes como tal. Y normalmente aprendes en el mismo contexto donde surge la necesidad, buscando una aplicación práctica casi inmediata, con un refuerzo sostenido en el tiempo.

¿Cuántos de estos problemas resuelven los “cursos de formación” tal y como se suelen plantear? Creo que pocos. Y sin embargo, el enfoque sigue siendo el mismo. ¿Por qué? Pues porque la “formación” genera una ilusión de control y de gestión adecuada. Adecuada para los managers, no para las personas ni para los resultados… pero aquí no estamos para eso, ¿no?.

Si yo tengo 1000 personas a las que formar, eso de la “dinámica de aprendizaje compleja y personalizada” da miedo. A ver cómo le meto mano. Y cuánto tiempo me va a llevar. Y dónde tengo que actuar. Y cuánto me va a costar. Y qué es eso de que dependo de que la persona sienta la necesidad y “aprenda”… si yo sé que esto es lo que tiene que aprender, y tiene que hacerlo ya porque el negocio así lo exige (lo sé yo, directivo omnipotente, que me lo ha dicho un consultor). Así que monto unos cursos de formación. A 15 personas por grupo… en unas 70 sesiones de formación me lo ventilo. Si soy capaz de meter dos sesiones por día, son 35 días, que son 7 semanas… total, en dos meses me lo he pulido. Puedo presumir de que hemos invertido X horas en formación, puedo presumir de que en 2 meses hemos abordado un proceso de transformación, puedo presumir de que ahora tengo 1000 personas formadas, puedo presumir de que la transformación me ha costado X euros. Indicadores medibles, gestionables, de los que se puede presumir, que se pueden calendarizar, que se pueden presupuestar, que se pueden poner en un powerpoint para sacar pecho.

Oiga, ¿y esa transformación de la que habla… es real? ¿Esa formación de la que usted presume, y que tan medida tiene… ha derivado en un aprendizaje y en una acción sostenida? Bueno, yo he hecho lo que estaba en mi mano. Les he dado la formación. Ya es cosa de ellos. A mí me pagan por formar, no porque la gente aprenda.

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