Cambia de avatar, que también caduca

avatares

Desde que ando por estos mundos internéticos de dios (o más exactamente, desde que empecé a dar la cara en ellos) tengo por costumbre cambiar de avatar (esa foto que te identifica) más o menos cada año. No es que me aburra de verme siempre igual, aunque algo de eso también hay. No, la cuestión es que siempre he pensado que la gracia de esa foto es que la gente te identifique, que “te vean la cara”… y tu cara va cambiando con el tiempo. Claro, a ti no te lo parece porque te ves todos los días. Pero… ¿no os ha pasado alguna vez que te encuentras a alguien, ves su careto y lo comparas con el que pone en internet, y piensas “eh, que esa foto lleva unos añitos de retraso, majo”? Los avatares caducan, y si bien tampoco me gusta esa gente que cambia de avatar cada dos por tres (que te despistan, coño), lo que no puede uno es aferrarse a una imagen de un pasado tan lejano que “canta”.

No sé si será pereza para escoger una nueva foto, una coquetería mal entendida o simple negación de la realidad… pero venga, que de vez en cuando toca actualizarse.

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De vacaciones con un dumbphone (after)

Este año decidí salir de vacaciones dejando en casa el smarthpone. Pasaron esos días, sobreviví (sí, claro… ¡pero había quien lo dudaba!), y éstas son algunas de mis reflexiones.

  • Es sorprendente (y en cierto sentido humillante) la sensación física de que “te falta algo”. Recién llegado al destino, nada más subir las maletas, me descubrí echando mano al bolsillo, y notando un punto de ansiedad al notar que el móvil “ni estaba ni se le esperaba”. Nunca he fumado (y por lo tanto no lo he tenido que dejar), pero me recordé a un fumador con el mono. ¿Y todo por qué? Porque no podía cumplir con la rutina de “a ver qué ha pasado en estas tres horas”. Absurdo, sí. Pero real.
  • Lo bueno es que esa sensación desapareció pronto. Estás en otras circunstancias, cambias las rutinas, cambia el entorno. Más momentos de “atención no diluida” (por ejemplo, tiradas de lectura mucho más largas de lo habitual), más momentos de “sentarse sin más” (sin esa autoexigencia de “tengo que ocupar mi tiempo en algo”, aunque ese “algo” fuese tan vacuo como revisar el móvil arriba y abajo). Más serenidad, menos inputs accediendo a tu cerebro.
  • Aun así confieso que tuve momentos de debilidad. Llegué a configurar la cutre-conexión de mi dumbphone (“solo para ver el correo”; no esperaba nada relevante, y nada relevante vino… pero era por recuperar la sensación de estar “conectado al mundo”). Joder, ¡llegué a usar el teletexto de la televisión! (“solo para ver qué ha pasado en el mundo”). Las propias limitaciones de estos sistemas (aunque eh, el teletexto moló siempre) impidieron que me enganchase. Pero la cabra tiraba al monte…
  • Hubo momentos en los que reflexioné sobre las cosas útiles del smartphone que me estaba perdiendo. Poder haber usado un mapa, o una información sobre algún sitio que queríamos visitar, o apuntar alguna idea que se te ocurría al vuelo… No son cosas que “necesites”, pero sí que te pueden “facilitar la vida”. Al final, el smartphone tiene un potencial para el bien. Y también para el “mal” (la distracción indiscriminada). ¿Es posible tener lo bueno sin exponerse a lo malo?
  • También estuve pensando en esa parte “inútil”. ¿Por qué siento el impulso de “estar al día” de lo que pasa en el mundo? ¿Por qué dedico tanto tiempo y atención a leer cosas irrelevantes que publica gente a la que apenas conozco? ¿Por qué siento la necesidad de hacer una foto y publicarla, de que se me venga algo a la cabeza y ponerlo en twitter, de dar mi opinión sobre cualquier cosa (sí, me descubrí varias veces pensando “¡esto merece un tuit!”). Mi yo “racional” sabe que no tiene ningún sentido. Que a (casi) nadie le importa lo que yo pueda opinar de casi nada. Que poco o nada de lo que yo lea por ahí va a tener ningún impacto en mi vida. Pero mis actos no son coherentes con mi razonamiento y he estado rascando en el “por qué”, que supongo que no es muy distinto al de cualquier conducta de evasión. Porque es lo que haces: evadirte, huir a una realidad alternativa en la que tienes la falsa sensación de “estar haciendo algo” (aunque sea algo tan inane), la falsa sensación de “estar conectado” (con unas conexiones tan débiles que no soportarían un soplido), la falsa sensación de que lo que haces/piensas le importa a “la gente” (cuando en el mejor de los casos te otorgan la misma “lectura diagonal” que tú les otorgas a ellos). Y te evades ahí porque hacer cosas “de verdad” es mucho más difícil (para empezar, te obliga a pensar en qué es lo que quieres hacer, a buscar sentido a tus actos y a tomar las riendas de tu vida… con lo fácil que es dejarse llevar por la inercia…), porque tener conexiones “de verdad” es más exigente, porque asumir tu insignificancia es un golpe duro para el ego. Buf. Aquí hay tomate.

Y claro, después del experimento, toca el regreso. Y compruebas lo fácil que recaes en los viejos hábitos; porque somos animalitos de costumbres, y si quieres modificar un hábito tienes que hacer un esfuerzo consciente. Y tienes rondando en la cabeza las conclusiones que has sacado y lo que significan, pero es tan fácil sumergirse en la cómoda e inocua rutina, y tan incómodo enfrentarse a lo que estás tratando de esconder bajo la alfombra

Me gustaría decir que he vuelto transformado. No. Va a ser más difícil que una caída del caballo a lo San Pablo. Aquí hay mucha tela que cortar.

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De vacaciones con un dumbphone (before)

Este año, para las vacaciones, he decidido que el smartphone se queda en casa.

Es curioso. Hace años, leía a gente decir que “me voy de vacaciones, tiempo de desconexión” y no lo entendía. Me parecía que esa visión de separar “vida conectada” de “vida desconectada” no tenía ningún sentido, que no pasaba nada por llevar un aparatito en el bolsillo que te permitía mantener el hilo con el mundo aunque tu entorno físico cambie. Que eres tú quien controla al aparato, y no al revés. Que tu “yo digital” es inseparable de tu “yo físico”, y que está bien que así sea.

Pero en los últimos tiempos estoy teniendo una sensación extraña, de “pérdida de control”. Lo comentaba hace días cuando hablaba de mi colección de pantallas. El móvil se ha convertido en un apéndice que creo que está empezando a interferir en mi día a día. He adquirido rutinas demasiado absorbentes con él. Me levanto y me pongo a ver el twitter, del twitter pasas al facebook, al instagram, echas un vistazo a los periódicos online, pasas al correo, el whatsapp, un repasito al Clash of Clans… y vuelta a empezar. Me he descubierto rellenando prácticamente cualquier momento de “inactividad” con el móvil (y lo que es peor, dejando que esos momentos se expandan más allá de la teórica “inactividad”); y en demasiadas ocasiones, prestando más atención a lo que pasa en la pantallita que a lo que pasa a mi alrededor. Lo cual es lamentable cuando “lo que pasa en la pantallita” es básicamente irrelevante y no aporta prácticamente nada a tu vida. Pero es bonito, siempre hay nueva actividad, tiene mecanismos de refuerzo psicológico… y es fácil dejarse llevar.

Así que aprovechando que voy a estar unos días fuera, he decidido separarme unos días de este apéndice. He recuperado un móvil antiguo, un “dumbphone”, y voy a dejar el “smartphone” en casa. El teléfono elegido es menos “dumb” de lo que me gustaría, porque en realidad permite una conexión básica a la red de datos que en un momento dado podría servirme para “quitarme el mono”… pero creo que su carácter primitivo (ni táctil, ni apps, ni gaitas en vinagre) será suficiente como para romper las rutinas de las que antes hablaba. En realidad iba a escoger un modelo más antiguo (¡de 2003, nada menos!) pero los “amigos” de Vodafone pretendían cobrarme 9€ por liberarlo… y no me ha dado la gana.

¿Cómo van a ser estos días? Nada de twitter (¿qué hará el mundo sin mis agudas reflexiones?), nada de facebook, nada de “hago una foto y la subo a instagram”, nada de “a ver qué ha cambiado en las portadas de los periódicos”. A ver cuántos momentos al día me descubro echando mano al bolsillo con intención de usar un aparato que no está allí. A ver qué efectos tiene “el mono” sobre mí. A ver a qué se enfrenta mi cabeza sin ese confortable mecanismo de evasión.

PD.- Es curioso. Hace casi 7 años hice un repaso a “los móviles de mi vida”… lo llamativo es que ese aparato al que ahora llamo “dumbphone” y que califico de “primitivo”, en aquel entonces era para mí “el móvil casi perfecto” que “cubría muy bien mis necesidades en movilidad”. Lo que cambian los tiempos, Venancio, qué te parece…

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Herramientas: no hay segunda oportunidad para una buena primera impresión

El otro día me dio por curiosear las opiniones de los usuarios de una app lanzada recientemente por gente que conozco. “Buena idea, regular ejecución, mal soporte”, “Necesita mejorar. La idea es buena y funciona casi bien”, “Necesita mejorar muchísimo”, “Buena idea, pero malísima app”, “Esta demasiado verde como para haberla lanzado a nivel nacional”… son algunas de las opiniones que se leen de los primeros usuarios. Sí, también hay alguna valoración positiva, pero el tono general es de decepción.

Inviertes un montón de dinero y tiempo en desarrollar una aplicación, haces un lanzamiento multitudinario, consigues que miles de personas se la descarguen… solo para encontrarse con un producto que funciona de aquella manera. ¿Cuántas de estas personas van a dejar de usarla, y no te van a dar una segunda oportunidad? Da igual que, como dicen los desarrolladores, “gracias a vuestros comentarios vamos ajustando la App para mejorar la experiencia como usuarios”. Muchos de ellos no van a perder más el tiempo contigo.

Desde luego, no soy ajeno a estos problemas. Yo también he caído en ese mismo error. Te pones a diseñar algo que crees que es fantástico. Haces el esfuerzo de desarrollarlo. Lo lanzas… y resulta que la acogida es muy floja. Porque no funciona bien del todo. Porque es complejo. Porque no responde a las necesidades reales del público objetivo. Porque te has venido arriba con tus ideas sin tener en cuenta a quienes en definitiva son quienes tienen que hacer uso de la herramienta. Porque has querido correr, porque no has hecho las suficientes pruebas. Luego sí, intentas recopilar el feedback, intentas reconducir la situación… pero ya es tarde, eres prisionero de lo que ya has hecho, y encima has perdido la confianza de tus potenciales usuarios.

¿Cómo deberían abordarse estos procesos para minimizar el riesgo de una mala acogida? Estoy seguro de que existe un montón de literatura y metodologías que ya dan respuesta a esta pregunta (y sin embargo se ve que no se aplican lo suficiente). Yo, de mi experiencia, extraigo estos puntos:

  • Entiende bien la problemática: y con esto me refiero no a “lo que tú crees que es la problemática”, sino “lo que el usuario cree que es la problemática”. Es a ellos a los que hay que ofrecer soluciones. El despotismo ilustrado (“yo sé lo que tú necesitas”) no funciona. Hay que investigar, hablar con ellos, pasar tiempo a su lado, conocerles. Entender cuál es la china que les aprieta en el zapato. Primero porque así sabremos mejor qué es lo que tenemos que resolver. Y segundo porque en el propio proceso estaremos ganando aliados para el futuro, nos verán como alguien que “se ha molestado en entendernos” y no como alguien que “nos impone su solución”.
  • Resuelve un problema cada vez: es mejor resolver un problema de forma incuestionable, que intentar resolver a la vez quince problemas dejándolos a medias. Escoge un problema, y diseña una solución sencilla, robusta, fiable, que el usuario compre. Si consigues resolverle un problema de forma consistente, ya está de tu lado. A partir de ahí sigue identificando problemas, y resolviéndolos con el mismo nivel de exigencia. Pero uno detrás de otro.
  • Busca el 20%: o “Keep It Simple, Stupid”. Una solución simple va a tener mucha mejor aceptación que una compleja. Incluso si en el camino pierdes potencia. Ya sabemos que “si añadiésemos esto y aquello, los resultados serían aún mejores”. Ya. Pero hay que centrarse en ese 20% de funcionalidades que resuelven el 80% del problema. Ya habrá tiempo de rizar el rizo, si realmente es necesario. Porque si de un problema resuelves el 80%, posiblemente deje de ser un problema y te puedas centrar en otra cosa.
  • Prueba las soluciones exhaustivamente: probar, probar, y probar. Necesitas un colectivo pequeño con quienes trabajar en el “piloto”. No vale cualquiera. Tiene que ser gente implicada, que te ayude a testear la herramienta en todas las circunstancias posibles, y que te dé feedback. Hasta que los usuarios de ese piloto no estén extremadamente satisfechos (y se hayan convertido en unos usuarios intensivos), no se puede dar el siguiente paso. Si los que han estado involucrados en el desarrollo no están satisfechos… ¿qué crees que va a pasar con aquellos a los que tu herramienta “les cae del cielo”?

En este sentido, me gustó mucho esta visión de “minimum viable product” que vi en una presentación de Spotify.

spotify_mvp

Tienes que resolver problemas desde el minuto 1. Ya irás refinando la forma de hacerlo, ya le añadirás complejidad si es necesario. Pero tu producto, por sencillo que sea, tiene que mejorar la vida del usuario, y tiene que funcionar de forma impecable desde el principio. Si no, es muy probable que el potencial usuario te cierre las puertas.

En mi experiencia, hay un enemigo importante en todo este planteamiento: el tiempo. O mejor dicho, la presión por parte de “los que mandan” para que las soluciones se implanten “antesdeayer”. Todos los pasos que definía antes requieren tiempo. ¿Cuánto? Indefinido. No se puede calendarizar una fase de exploración, no se puede calendarizar una fase de desarrollo, no se puede calendarizar una fase de pruebas. Porque no conoces el problema hasta que te pones a analizarlo. Porque no puedes resolver incidencias hasta que no empiezas las pruebas, no sabes qué va a pasar, no sabes cuánto te va a costar resolverlo. Pero esto es algo que nadie quiere oír, como tampoco quieren oír que “la primera versión sólo va a centrarse en un problema muy concreto”. Quieren la solución “tope de gama”, y la quieren ya.

Y eso hace que nos saltemos pasos. No preguntamos a los usuarios, porque “el problema está claro”. Diseñamos de espaldas a ellos. Nos metemos en caros y complejos desarrollos sin haber validado nuestras asunciones (o aceptamos como “validación” que alguien en un comité simplemente no se negase). Hacemos un par de pruebas en una semana, ignoramos el feedback que nos den, y nos ponemos con la expansión. Y sacamos pecho en una reunión de seguimiento. ¡Hemos cumplido! Ahí está nuestra herramienta, que mira qué bien funciona (en la demo… y de hecho a veces la demo la hacemos con pantallazos en powerpoint “por si acaso los problemas del directo”), ¡y en el plazo que prometimos!. Luego empiezan los problemas, el “runrun” de que aquello no va bien, que es complejo, que en determinadas circunstancias no funciona, que tampoco me resuelve nada, que yo lo que necesito no es esto. El impacto que se supone que debería de tener no aparece por ningún lado. Y entonces nos ponemos a pensar “qué podemos hacer para enderezar el rumbo”, y empezamos a pensar en “la inversión que hemos hecho para nada”. Ya. A buenas horas.

Las cosas, para que salgan bien, hay que hacerlas de determinada manera. No sirven los atajos. Y quienes toman las decisiones (y quienes les asesoran, que muchas veces son parte del problema porque son los primeros que no dicen las cosas como son) deben asumirlo.

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Los hijos y el pensamiento crítico

Considero que una de las habilidades fundamentales de un adulto es el pensamiento crítico. Es decir, la capacidad de no dar por válido nada sin darle una vuelta por uno mismo. Y como tal, una de las misiones fundamentales como padres consiste en ayudar a nuestros hijos a que desarrollen esa capacidad.

No te fíes de los anuncios de la tele. No te fíes de lo que digan los periódicos y demás medios de comunicación. No te fíes de lo que te cuenten los políticos, ni de los gobiernos. No te fíes del empleado del banco. No aceptes como válidas las opiniones de tu grupo de amigos, piensa por ti mismo (“si tus amigos se tiran por un puente…”). Siéntete libre de cuestionar a tus profesores si se equivocan…

Y entonces, en un puro ejercicio de coherencia, llegas al punto conflictivo: “cuestiona lo que te digan tus padres, o sea, yo”.

Más allá de la aparente paradoja (“si me dices que no me fíe de lo que me dices… ¿tampoco me fío cuando me dices que no me fíe?”), este punto supone un verdadero reto para los padres. Por un lado, tienes claro que quieres que tus hijos desarrollen el pensamiento crítico. Pero por otro lado, puede llegar a ser agotador cuando te lo aplican a ti. Desde que nacen sus hijos, los padres se convierten unos “déspotas ilustrados” para con ellos. Todo lo hacemos por su bien, claro, pero a nuestra manera. Cuando son bebés, obviamente, no tienen derecho a réplica; pero a medida que van creciendo, desarrollando su independencia… empiezan a cuestionar nuestros planteamientos. “Tienes que irte a la cama” vs “¿Por qué me tengo que ir a la cama tan pronto”. “Vamos al colegio” vs “pues yo no quiero ir al colegio, no sé por qué tengo que ir”. “No puedes jugar a este juego, todavía eres pequeño” vs “a ver por qué no puedo jugar”.

Cuando los críos nos ponen en cuestión, podemos sacar nuestros argumentos. Pero no siempre nuestros argumentos convencen. A veces los críos no los entienden porque, obviamente, tienen un menor conocimiento (“ya crecerás y lo entenderás”). Pero a veces no convencen porque simplemente son muy endebles… responden a nuestra comodidad, a nuestras costumbres, a nuestra forma de ver el mundo, o simplemente a “verdades comúnmente aceptadas”. Y en el momento en el que esa endeblez queda de manifiesto, no es difícil que terminemos recurriendo al “pues porque lo digo yo, que soy tu padre, y aquí se hace lo que yo diga y punto pelota”. O sea, queremos que desarrollen el pensamiento crítico, pero eh, chaval, conmigo no te crezcas que soy tu padre. Al final acabamos actuando con la misma condescendencia y/o intransigencia frente a la que les queremos alertar cuando viene de otras fuentes.

En el ámbito racional, tengo claro que si quiero criar a adultos sólidos y solventes, me toca aguantarme. Tendré que alentar su pensamiento crítico, y lidiar con la incomodidad de su cuestionamiento permanente. Tendré que esforzarme en argumentar mejor para convencer, y tendré que aceptar sus decisiones autónomas cuando no consiga convencerles, incluso aunque no esté de acuerdo con ellas y piense que están manifiestamente equivocados. No puedo sacar la tarjeta del “porque soy tu padre”, porque eso implica validar la tesis de que “algunas cosas se hacen porque un tercero te las dice y no se cuestionan”.

Pero el día a día es largo, y sé que en lo emocional es difícil mantenerse siempre tan inmaculado en estos planteamientos…

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Esta no es mi concepción del trabajo

El otro día (nota: este post ha pasado meses en borrador… así que ese “otro día” es de hace mucho tiempo) iba escuchando la radio en el coche. Tertulia mañanera, sacaron el tema de la globalización. Y oí una argumentación que me dejó “picueto“.

En concreto, hablaban de los chinos. Que si los chinos vienen a España. Que con esa “filosofía del trabajo” que tienen, que trabajan desde por la mañana hasta por la noche, que empiezan a trabajar muy jóvenes y sólo dejan de trabajar cuando están muy mayores y han conseguido dinero para retirarse… y que encima, con esa “historia que nos hemos inventado” de que hay que competir… que a ver qué iba a pasar, que esa no era nuestra concepción del trabajo, y que no podía ser; que tenían que respetar nuestra cultura (????).

De verdad, alucinante. De sus palabras, se venía a deducir que a los chinos una de dos, o se comprometían a trabajar “a nuestro ritmo”, o que no vinieran a “competir” con nosotros.

Otro, ayer. Ganadero de ovejas. “Yo, si me dan un puesto en la Administración o algo, dejo las ovejas ahora mismo”. Otra, en un programa tipo Callejeros: “a mí que me den un piso o algo, que yo así no puedo vivir”.

¿Cuándo, como país, se nos ha ido tanto la pinza? ¿En qué momento surgió la idea generalizada, y se incrustó en nuestro ADN, de que teníamos derecho a tener la vida solucionada?

Comentando el tema en un grupo el otro día, decían “yo no sé, la verdad, hacia dónde va todo esto”. Pues yo tengo una ligera idea: a que se acabó lo que se daba. A que la ficción en la que hemos estado viviendo tanto tiempo, la ficción del “yo tengo derecho a…”, ha llegado a su fin. A que cada vez va a ser más evidente que cualquier cosa que queramos, como individuos y como sociedad, la vamos a tener que pelear por nuestros propios medios, porque no hay nadie capaz de garantizar que vayamos a conseguirlas “porque nos corresponde”.

En fin, yo a estas alturas ya voy estando cansado de pelear estos asuntos. El que quiera entender, que entienda. Y el que no, que siga pensando que “esta no es su concepción del trabajo” y pidiéndole a “alguien” que haga “algo”.

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De nada sirve atesorar tus ideas

Leía el otro día una advertencia sobre publicación de contenidos en internet: “si es una idea no trivial, publícala en tu web“. La tesis es que publicar en servicios de terceros (lease twitter, medium o cualquier otra plataforma) supone arriesgarse a que esas ideas desaparezcan en algún momento, bien por una descontinuación del servicio, o bien enterradas por la propia dinámica de publicación.

Bah. Creer que por publicar en tu propia web tus ideas van a tener más visibilidad en el futuro es una ilusión. Es verdad que puedes estar más protegido (si tomas las precauciones adecuadas; copias de seguridad y esas cosas) frente a una hipotética caída del servicio. Pero en condiciones normales, tus publicaciones van a caer en el olvido igualmente.

De entrada, debemos asumir que a (casi) nadie le importa lo que publicas. Si les pasa a los sesudos estudiosos universitarios, imagina lo que puede pasar con tus posts y tus tuits.

Así que, en el mejor de los casos, cuando publicas algo lo ve un puñado de personas. Ese día, y quizás alguna más al día siguiente. Si por lo que sea tu publicación tiene un cierto efecto viral, tu “minuto de gloria” se extiende un poquito más. Y luego… la nada. Si tienes “suerte” (y lo pongo entre comillas, porque su relevancia es nula) un contenido posiciona en buscadores y atrae más visitas a lo largo del tiempo, la mayoría de las cuales ni se van a molestar en leer lo que pones. Analizar (con un poquito de rigor y sentido crítico) las estadísticas de tus contenidos no dejan lugar a muchas dudas: todas tus ideas, todos tus brillantes artículos… acaban siendo pasto del olvido, por muy “en tu web” que las hayas publicado. Nadie usa el buscador en tu web, nadie va a los archivos a repasar qué publicaste en agosto de 2009, nadie navega por las tags a ver “qué otras ideas brillantes tuvo este señor”.

Desengañate. Nadie va a a hacer una recopilación de tus mejores pensamientos, una antología de tus ideas; igual que tú no lo haces de los demás. . Así que tampoco te obsesiones con guardar tus contenidos como un tesorito, porque nadie va a venir a abrirlo.

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El coleccionista de pantallas

Hace un tiempo (creo recordar que preparando un viaje, en plena vorágine de cables y cargadores), me dio por hacer inventario de pantallas que uso habitualmente: el móvil, la tablet, el ebook, el ordenador grande, el ordenador portátil, la tele… No contento con eso, en casa hay otra tablet, otro ordenador (en uso; aparte algún portátil más antiguo por ahí almacenado), otro móvil (de momento… los enanos todavía son pequeños para tener el suyo; por supuesto, los móviles viejos estarán por ahí metidos en alguna caja…), otro ebook (en uso; más otro que está metido en un cajón). Hay alguna consola portátil que hace mucho que no se usa. Televisores no, no hay más.

Joder con las pantallitas.

Lo curioso es que, en el día a día, no tienes la sensación de que sean tantas. Cada una de ellas ha ido adquiriendo su espacio y su momento de uso. El móvil se ha convertido en una extensión de mi cuerpo (posiblemente a niveles patológicos). En él sigo redes sociales, leo noticias, miro el correo, pongo música o podcasts… lo mismo en casa que en la calle, fuente casi infinita de distracción y evasión. La tablet la uso básicamente para leer los artículos que he ido guardando en Pocket sentado cómodamente en el sofá o tirado en la cama. El ordenador grande para trabajar, escribir, edición de fotos, etc… El ordenador pequeño es el “ordenador de viaje” (el que he uso cuando estoy por ahí trabajando, o el que me llevo de viaje si hace falta). El Kindle para lecturas más reposadas. La tele para repanchingarme en el sofá a última hora de la noche, y ver series o cosas de Youtube (a veces incluso para hacer zapping… pero cada vez menos).

Como decía, así contado, parece que no sean tantas… y sin embargo, cuando uno se pone a contar (las pantallas y sus respectivos cables, cargadores y demás accesorios), es evidente que mucho sentido no tiene, y menos aún si lo vemos desde una perspectiva minimalista. Me pregunto qué pensaría de mí alguien de hace 100 años… fliparía, supongo.

Tengo una sensación ambivalente al respecto. Normalmente no lo pienso mucho, me siento cómodo en esta situación y ya está. Otras veces me da el complejo de “malcriado niño consumista” y pienso que es un exceso al que debería poner freno. Luego se me pasa, “la sociedad es la culpable” y sigo con lo mío. ¿Soy raro, doctor?

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En una economía de robots, ¿qué pintas tú?

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Hace unas semanas leí un artículo que me tuvo pensando un buen rato. Habla del típico asunto incómodo pero que, como no parece muy inminente, nos permitimos ignorar. Afirma Marc Vidal que el futuro, gracias a la robotización de cada vez más sectores laborales, no creará empleo.

La tentación es decir “buah, qué exagerado es este señor”. Y sin embargo…

La creciente “maquinización” de la economía es un hecho. En realidad, lo lleva siendo muchos años. Cada vez que alguien ha desarrollado un método para sustituir la “fuerza bruta” se ha producido un impacto en las personas. El trabajo que hacían 100 personas ahora lo hacen 10 y mañana lo hará 1, y probablemente a tiempo parcial. Y todo ello de forma más rápida, más fiable, más productiva y sin todos los problemas derivados de la gestión de personas. Pasa en el sector primario, pasa en el sector industrial y pasa en el sector servicios. Cada vez afecta a más ámbitos.

Desde mi punto de vista, se trata de un proceso inevitable. Hay un incentivo económico claro. Somos los compradores los que decidimos. Cada euro que gastamos es un voto por el mundo que queremos. Si un empresario puede utilizar robots, y de esta forma mejorar su producto (más barato, más fiable) podrá ponerlo en el mercado de forma más fácil y encima con un mayor margen. Y a la mayoría de los consumidores nos da igual… si es más barato, se compra más barato. Nos ha dado igual cuando eso significaba que los productos se hagan en China en vez de en el pueblo de al lado. Nos dará igual cuando los productos y servicios los provean las máquinas y no los humanos (¿acaso te preocupan los despidos en el sector bancario mientras operas cómodamente en tu banca online?).

Lo que asusta es pensar en las consecuencias. Un porcentaje cada vez mayor de la población excluido del proceso productivo. No haces falta en el campo, no haces falta en las fábricas. Ni siquiera podrás estar de camarero. En el mejor de los casos, si cobras un sueldo miserable, el empresario puede retrasar la decisión de robotizar. Pero cada día la balanza se irá inclinando más hacia el lado de las máquinas, y llegará un día en el que simplemente no resulte económicamente razonable tener personas trabajando. Ya no hablamos, como a finales del XIX y principios del XX, de una discusión sobre el reparto de las plusvalías entre “el capital” y “el obrero”. Es que ahora estará claro que todas las plusvalías son del capital y de sus robots.

¿Y entonces qué? ¿Cómo se estructura una sociedad en la que cada vez hay más personas que ni tienen trabajo ni posibilidad de tenerlo? ¿Cómo van a evolucionar los distintos grupos sociales, los pocos que tienen robots vs los muchos que no tienen trabajo? ¿Dónde están los límites del Estado como redistribuidor de rentas o garante del “bienestar”? ¿Qué mundo, en definitiva, es el que nos espera?

Mi anterior pregunta iba en genérico. Qué mundo “nos espera”…. pero… ¿qué mundo te espera a ti, o a tus hijos? ¿Cuál va a ser su papel en ese reparto? ¿Tu trabajo, el sector en el que desarrollas tu actividad… puede verse afectado? ¿Cómo educamos a nuestros hijos para que estén preparados para lo que se avecina?

Demasiadas preguntas. Y como decía al principio, una visión demasiado incómoda.

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Repensando a los mentores

Mentor, el amigo al que Ulises pidió que cuidara a su hijo Telémaco en su ausencia, es un personaje de La Odisea que terminó dando nombre genérico a esa figura de “consejero o guía”. Creo mucho en este tipo de relaciones tutor-tutelado, en su importancia para el desarrollo personal y profesional. Las he experimentado en los dos lados (sin duda como tutelado, me gustaría pensar que también como tutor). Y sin embargo me chirría la forma en la que muchas veces se enfoca la cuestión.

Para mí, el concepto de mentor es enormemente dinámico, líquido, informal. No creo que funcionen las relaciones del tipo “aquí está tu tutor, aquí está tu tutelado”. Es algo que no se puede imponer / formalizar, sino que surge (¡o no!) de forma natural. Exige cierta afinidad personal y la existencia de un clima de confianza mutua que se va construyendo poco a poco. Solo entonces empiezan a establecerse los “puentes de comunicación” que permiten a uno compartir inquietudes de forma abierta y a otro ofrecer ayuda sincera y desinteresada, sin que ese intercambio resulte forzado.

No creo tampoco en la idea del “mentor-total”. De hecho, creo que todos tenemos / necesitamos referencias múltiples, personas que nos den visiones diferentes que nos permitan hacernos una composición de lugar propia. Habrá unas personas en las que confiemos más para unos temas, otras que nos ofrezcan una visión más acertada en otros aspectos. No creo que exista (ni que deba existir) ese “yoda-que-todo-lo-sabe”.

Y dentro de esa multiplicidad de referencias, lo deseable es que tengan origen en lugares lo más diversos posibles. Mentores que nos abran los ojos a realidades diferentes, que nos permitan contrarrestar el sesgo natural que se produce cuando una persona (con la mejor de sus voluntades) nos habla desde su experiencia y su realidad; que puede ser fantástica, pero solo será una de las muchas posibles.

Tampoco creo en la permanencia o la “evolución infinita” del vínculo. Idealmente, la relación de mentor y pupilo alcanzará un punto de máxima fluidez y aprovechamiento. Pero lo normal será que pasado un tiempo ese vínculo se debilite, que tanto el uno como el otro busquen nuevas relaciones que incluso puedan compatibilizarse en el tiempo. Y esto no tiene por qué indicar un “fracaso” del proceso, simplemente es la evolución natural.

Otro aspecto que considero importante es la bidireccionalidad del vínculo. No hay un maestro que enseña y un alumno que aprende, sino que hay una relación en la que las dos partes son susceptibles de enriquecerse. Esto implica que quien ejerce el rol del mentor debe abordar la relación con humildad, interés y curiosidad, y estar también abierto a nuevos aprendizajes. Y no por eso se debilita su posición.

Al final, lo que se trata es de re-configurar la figura del mentor a una dinámica de red, con relaciones de intensidad variable entre nexos que se crean y se destruyen sin parar, con cada vez menos limitaciones. Quizás, de hecho, pierda sentido el “mentor” como figura. Los consejos, la inspiración, la guía… son cosas que fluyen libremente, en todas direcciones, dentro de esa red conectada.

¿Y qué puede hacerse desde el mundo de la empresa para facilitar este intercambio? Básicamente, eliminar barreras. Facilitar la interacción entre individuos, con el máximo nivel de informalidad posible, para que empiecen a generarse relaciones de confianza por encima de brechas jerárquicas, generacionales, departamentales… de hecho por encima de los ámbitos de “la propia empresa”. Van a ser los propios individuos los que, de forma orgánica, establezcan esos nexos de unión. Será suficiente con que la empresa allane el camino.

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