Delegar es…

Delegar es…

  • dar autonomía al colaborador para que tome sus propias decisiones
  • aceptar las decisiones que tome el colaborador, aunque no sean las que uno mismo hubiera tomado
  • no desautorizar al colaborador en público; como mucho, en privado
  • no intervenir, ni dar tu opinión, salvo petición expresa del colaborador o riesgo de catástrofe (que es casi nunca)
  • no participar en reuniones relevantes acerca del proyecto sin la presencia del colaborador; de hecho, el que sobra eres tú
  • dar acceso al colaborador a toda la información, recursos y contactos necesarios para que efectúe su labor
  • dar una orientación al colaborador al principio de todo, y luego dejar que actúe según su propio criterio
  • realizar un seguimiento periódico del encargo; no se trata de “aprobar” ni de “enmendar” la marcha del proyecto, sino simplemente de estar informado
  • dar feedback al finalizar, siempre de forma constructiva
  • atribuir los resultados del proyecto al colaborador

Y si no, lo siento mucho, no estás delegando, aunque digas que sí. Estarás microgestionando (sin llegar a todo, porque no hay tiempo suficiente como para atender a todo con el nivel de detalle necesario), castrando la iniciativa de los colaboradores y construyendo un equipo que no dará un paso sin que se lo ordenen/autoricen. Luego no te quejes de que “lo tengo que hacer yo todo”.

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Con la red de fondo

Esta imagen que acompaña al post es la que tengo puesta como fondo de escritorio en el ordenador de casa. Y en el portátil. Y también en el móvil. Una representación de una neurona…

Aparte de que estéticamente me gusta, y de que le da cierta continuidad a mi actividad en distintos dispositivos, el motivo por el que he hecho de esta imagen una especie de “fetiche” es porque me recuerda dos cosas que son para mí importantes y de las que dependo.

La primera es el cerebro. Somos lo que somos por esa intrincada cadena de neuronas enlazadas. En mi caso, mi cerebro es mi herramienta de trabajo, y mi herramienta de ocio; y qué demonios, incluso en las personas con más actividad física, el cerebro juega un papel esencial. Cuidarlo, alimentarlo, ejercitarlo… son actividades clave que no se nos deben olvidar.

Y la segunda es la red. La metáfora de la neurona, como elemento individual pero a la vez conectado con otros, me parece muy descriptiva de nuestra realidad social y profesional. Somos individuos, sí, pero nos conectamos con otros. Esas conexiones se crean, a veces se fortalecen, a veces se debilitan, e incluso llegan a romperse. Ser consciente de esa red de relaciones, desarrollarla, mantenerla saludable… es otro elemento fundamental en el día a día. Te guste o no, tu red te define tanto como tu individualidad.

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Haciendo un mapa mental

Hace un tiempo que tomé contacto con el concepto de “mapa mental” (mind mapping), desarrollado por Tony Buzan. Lo vengo usando a nivel “conceptual” para gestionar proyectos, para elaborar contenidos (artículos, charlas)… y la verdad es me gusta como herramienta. Pero hasta hoy no había hecho un mapa mental “completo” (el que he usado para el post sobre networking).

Efectivamente, hasta hoy lo único que hacía era utilizar la idea básica del “mapa mental” (conceptos conectados de forma radial a partir de una idea principal). Pero lo hacía con boli y papel, únicamente con palabras y líneas. No había dado “el siguiente paso”, que para Buzan es parte intrínseca de la herramienta, consistente en añadir un componente gráfico (colores, dibujos, formas…). Para Buzan, gran parte de la gracia de los mapas mentales está en el aspecto visual, que por un lado nos permite elaborar/relacionar/caracterizar más los conceptos (ya que mientras dibujamos entra en juego nuestro “lado derecho del cerebro”) y por otro nos permite recordar mejor el conjunto del mapa (ya que lo vinculamos a imágenes, mucho más recordables para el cerebro).

Francamente, es un reto dar ese paso. Requiere tiempo, imaginación, unas habilidades que normalmente no tenemos desarrolladas, varias idas y venidas hasta conseguir cierta coherencia… pero a la vez tiene un punto divertido, para qué nos vamos a engañar. Y el truco es que, mientras estás pinta que te pinta (Buzan recomienda papel y pinturas… yo me he ido directamente al ordenador) sigues en realidad dándole vueltas a los conceptos y relaciones que estás intentando plasmar.

¿Son eficaces los mapas mentales? Yo creo que sí. Pero no porque en sí mismo sean una “herramienta superior” (me desmarco aquí de Buzan, que viene a decir que los mapas mentales son la octava maravilla, que sirven para todo, que “reflejan la forma de pensar del cerebro”; aunque sin duda cosas interesantes tiene). Al final, elaborar un mapa mental exige para empezar una labor de filtrado, priorización y relación de ideas. Es decir, que en ese proceso vas haciendo tuyo el tema que estés tratando, interiorizándolo, dándole sentido y forma. Un proceso de lectura, análisis y síntesis que, en sí mismo, ya tiene un valor notable. Y la fase de “embellecimiento” lo que hace es consolidar todo eso; sobre una estructura conceptual ya fijada, te dedicas a repasar y a complementar el sentido de las palabras y las relaciones con elementos gráficos que ayudan a fijarlo.

Como ocurría con los resúmenes en la época de estudiante, creo que la mayor parte del valor del mapa mental no está en el resultado, sino en el proceso. Es ahí, mientras lo estás elaborando, cuando haces el trabajo. Observar un mapa mental ajeno, por lo tanto, tiene un valor limitado. Puede ser más o menos bonito/curioso, más o menos coherente… pero todo el conocimiento que se esconde detrás sólo está al alcance de quien lo elaboró.

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El networking según Ferrazzi

He estado leyendo últimamente el libro “Never eat alone” de Keith Ferrazzi, del que podríamos decir que es un “gurú del networking“.

Soy un absoluto convencido de que el “networking”, tu red de relaciones, es fundamental en el desarrollo de tu vida personal y profesional. Prácticamente para todo lo que quieras hacer necesitas la ayuda de otras personas, es infinitamente más probable que esa ayuda surga surja (qué cruz tengo con las g’s y las j’s) de relaciones de confianza previamente establecidas. De ahí que “cultivar las relaciones” sea, desde mi punto de vista, una de las habilidades clave a desarrollar por cualquiera.

Me ha gustado ver reflejado en el libro una filosofía del networking que encaja con lo que ya alguna vez he expresado yo por aquí; que no se trata de tener una visión “utilitarista” de los demás (“a ver para qué me pueden servir, y sólo en base a eso me acerco a ellos; y cuando no me sirvan, paso de ellos”), sino que las relaciones deben enfocarse desde un interés genuino por el otro. Sólo así se crean relaciones sólidas que, paradójicamente, son las que después pueden sernos de provecho.

A partir de la lectura del libro, y de cara a resumirlo y aprehenderlo, he elaborado un mapa mental con las principales ideas. Ha sido un ejercicio interesante (que detallaré en otro post), ya que me ha ayudado a ordenar y filtrar el contenido del libro (que peca, en mi opinión, de ciertos desequilibrios; cierto desorden en las ideas, y cierta sensación de “relleno” en algunos pasajes).

Algunas ideas, conectadas al mapa mental, que he destacado del libro (traducción libre):

  • Hay mucha más probabilidad de que alguien esté dispuesto a ayudarte si ya te conoce y le gustas
  • La gente hace negocios con gente a la que conocen y que les cae bien
  • Cuanta más gente nueva conoces, más oportunidades se abren ante ti
  • La lealtad y la seguridad que antaño ofrecían las empresas ahora sólo nos la puede dar nuestra red de contactos
  • Son los éxitos de tu equipo, lo que consiguen gracias a ti, los que hacen de ti un líder
  • Debes tratar con igual respeto a la gente que está por encima de ti como a la que está debajo
  • Toda persona es superior a mí en algo; y en ese algo, procuro aprender.
  • La única forma de conseguir que alguien haga algo es reconociendo su valía y dándoles la importancia que merecen
  • Construir una red de amigos y colegas va de construir relaciones y amistades. Debería ser divertido.
  • Sólo te puedes ganar la confianza y el compromiso de alguien poco a poco, a lo largo del tiempo
  • El verdadero networking consiste en encontrar formas para ayudar a los demás a tener más éxito
  • Puedes conseguir más éxito en 2 meses interesándote por el éxito ajeno, que en 2 años intentando que otros se interesen por el tuyo.
  • Sé interesante; alguien con quien resulte interesante hablar, alguien de quien resulte interesante hablar

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Leer y aprehender

Leía hace unas semanas una entrevista a Iñaki Gabilondo en la, por otra parte muy recomendable, revista JotDown. Gabilondo es un tipo que en términos generales me cae muy bien; incluso con las diferencias que pudiese tener respecto a su línea de pensamiento (especialmente la política), me parece un tío normalmente sensato, ponderado… y una entrevista como ésta, donde se tratan muchos temas, pues fue muy agradable de leer.

El caso es que, de todo lo que dice, hubo algo que se me clavó. Hablan de su afición a la lectura, sobre cuánto lee, cuánto relee… y cuánto olvida. Y dice…

“Sí, se me olvida todo, pero hace ya mucho tiempo que no me importa. Hubo un momento, cuando era más joven, que además de aprender quería aprehender, y cuando me di cuenta de que se me iban olvidando títulos, autores… sufría, porque me daba la impresión de que no estaba convirtiendo en útil lo que estaba aprendiendo. Pero hace ya unos 30 años que eso no me importa absolutamente nada, porque lo que pretendo me satisface y disfruto es la impregnación. Igual que con la música, no la quiero para nada más, para ningún uso posterior, lo que me haya dejado me vale. “

Si la wikipedia anda bien, Gabilondo debe andar ya rozando los 70. Es decir, que sus “hace unos 30 años” a los que se refiere encajan más o menos con mi momento actual. Me hizo pensar su frase, porque yo estoy viviendo ahora con esa sensación de que “no convierto en útil lo que aprendo”. Me interesan cosas, leo sobre ellas, muchos inputs entran en mi mente, intento que pasen a formar parte de lo que ya sé, hacer mapas mentales, tal y cual… pero tengo la percepción de que me dejo mucho en el camino. De que leo, y luego no hago nada con ello. De que aprehendo poco.

Quizás sea un signo de madurez llegar a lo que Gabilondo ha llegado. A que te dé igual, a que te baste con disfrutar del momento sin aspirar a más.

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Empresas abiertas para una economía abierta

Hace casi año y medio surgió la oportunidad de participar en un libro colaborativo sobre la figura del “Community Manager”. Confieso que el término me da cierto “repelús”; digamos que sobre la base de la lógica de negocio que pueda tener el concepto (que alguna tiene, creo yo), desde mi punto de vista se ha construído un “castillo de naipes”, con mucha gente sobreexplotando el término, exagerando su importancia e impacto (y su mismo carácter presuntamente novedoso), y tratando de “pillar cacho” en base a esta estrategia. Incluso, por qué no decirlo, la misma idea de este libro se sube a este carro.

Y sin embargo… dije que sí. Me pedían un capítulo introductorio, de contextualización en la dinámica económica… un espacio en el que (independientemente de cómo resulte el resto del libro) me sentía cómodo, y desde el que me parecía que podía aportar algo de “sentido común”. Y eso es lo que intenté con este “Empresas abiertas para una economía abierta” (que se puede descargar en .pdf). Una reflexión sobre cómo igual que las relaciones comerciales entre países devienen en una mejora de las condiciones para ellos, las relaciones cada vez más abiertas entre empresas también suponen algo muy positivo. Y cómo no son “las empresas” las que se relacionan, sino las personas quienes forman “redes” tanto internas como externas (la frontera de la empresa se difumina). Y cómo la gestión (que no control; son incontrolables) de esas conexiones, de esas “comunidades”, es una labor a la que merece la pena poner foco; no tanto a través de una figura concreta (que puede existir como referencia, pero no como “único gestor”), sino a través de una cultura compartida.

Esta es mi aportación, que es de lo que puedo responder. Del libro en conjunto no respondo; ni tuve que ver en la selección de autores, ni en la configuración del índice, ni en el enfoque de los distintos temas, ni en la portada, ni en el título… en definitiva, más que un libro “colaborativo” es un libro “acumulativo” (por no tener, no tuve ni feedback respecto a mi aportación; aparece tal cual lo escribí…). Personalmente, el enfoque de título (“Quiero ser community manager”) y portada (una referencia a Supermán, abriéndose el traje y dejándo ver el CM que tiene debajo) no me gusta; transmite la sensación de inclinarse demasiado por el tono “vendemotos” que mencionaba al principio. Aun así, conociendo a unos cuantos de los autores, seguro que se pueden extraer de él ideas y conclusiones interesantes.

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España, ¿qué puedo hacer por ti?

Veo a España mal. Muy mal, en muchos sentidos. No pienso sólo en una determinada situación económica, que sin duda es mala ahora como lleva siendo mala ya varios años. Y sin visos de solución, porque los problemas son y han sido siempre estructurales y nadie se atreve a meterles mano, a definir un proyecto de país. Pero la situación económica es, en el fondo, un síntoma. Síntoma de un sistema que no funciona, de instituciones que han perdido la confianza de los ciudadanos. Políticos de uno y otro signo que demuestran, cada vez que tienen oportunidad, una indigencia moral e intelectual alucinante. Gobierno y oposición, sean del color que sean, provocan vergüenza ajena. Los medios de comunicación (o de manipulación) conchabados con el poder político y económico para adormecer a la gente. Una justicia lenta, cara, moldeable según los intereses. Unos sindicatos ridículos. Y así todos.

Pero el problema no sólo está en “ellos”. También de un colectivo ciudadano, en una sociedad civil, que comparte al 100% de las responsabilidades y que es el sustrato de todo lo que sufrimos, aunque gustemos de mirar para otro lado (los malos siempre son “los otros”, los especuladores son “los otros”, los corruptos son “los otros”… ¿nosotros? Sin mácula, hombre, faltaba más). Veo muy poca autocrítica, muy poca reflexión… y a cambio mucha demagogia de todos los colores. Todo son derechos, obligaciones las justas. Y la sensación de que a los pocos (o muchos, da igual) que se toman la molestia de hacer análisis serios, reposados, ponderados… nadie (ni a nivel institucional, ni a nivel ciudadano) les hace ni puto caso.

Me entristece esta situación. Y no sé qué hacer. Yo también me sentí, hace un año, “indignado”. Compartía la sensación con muchos otros de que “esto no funciona”. Llegué a estar sentado en una plaza de mi pueblo, con gente variopinta, tratando de expresar ese hartazgo. Pero todo aquello se diluyó. Entre unos que quisieron aprovecharse del movimiento para capitalizarlo a su favor, otros que procuraron (y creo que lograron) desacreditarlo centrando los focos en los elementos más “llamativos” o pintorescos (los “violentos”, los “hippies”, los “radicales”…), la propia dificultad de encauzar ese sentimiento en algo más operativo… ¿qué queda del 15M? Personalmente, frustración. La sensación de que ahí había una energía por cambiar cosas que se ha perdido.

¿Qué hacer? ¿Qué puede hacer alguien como yo, y como tú? Las “protestas callejeras” tienen para mí un componente de “derecho al pataleo”, pero nada más; si sólo se quedan ahí no sirven de nada, pero darles continuidad productiva es muy difícil, y yo al menos no sé cómo hacerlo. La explosión violenta de algunos desde luego no aporta nada positivo. Otros se lo toman con humor, mucha ocurrencia y mucho ingenio… como meras vías de escape, pero de nuevo sin ningún efecto.

¿E intentarlo desde dentro del propio sistema? Afiliarse a un partido implica por definición acatar todos los procedimientos del “aparato”. El que se mueve no sale en la foto, así que la lógica consecuencia es que nada bueno puede salir de los propios partidos, que están diseñados para replicarse a sí mismos. ¿Hay espacio para movimientos ciudadanos “al margen de los partidos” (tipo agrupaciones vecinales que acaban constituyéndose en partidos locales, por ejemplo)? A veces pienso que sí, aunque soy tan crítico con la condición humana (y de los españoles especialmente) que tengo la sensación de que cualquier colectivo de este tipo tiende a “pudrirse” más pronto que tarde (no hay más que ver lo que nos cuesta ponernos de acuerdo en una comunidad de vecinos…)

La tentación es (y confieso que tiendo más a esto) “pasar de todo”. Ir “a lo mío”, preocuparme de mi actividad profesional, de mi familia y de “los míos”, procurar que “lo común” me roce lo menos posible… y el día que la cosa se ponga muy fea, coger un avión y buscarme la vida donde haga falta. Que le den por culo a España.

Pero me resisto. Se tiene que poder hacer algo.

Pero me angustia no saber qué, me angustia saber que este es un problema que no es de hoy sino que se remonta décadas y siglos atrás, me angustia pensar que gente mucho mejor que yo ha tenido la cabeza puesta en esto y no consiguió nada.

España, ¿qué puedo hacer por ti?

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Los siete trucos (*) de Tamariz para hablar en público

El otro día tuve el enorme privilegio de asistir a una función de Juan Tamariz, considerado por muchos el mejor mago del mundo. Tengo el recuerdo de Tamariz desde que, en los años 80, participaba en el mítico programa de televisión 1, 2, 3. Y hace poco se me metió en la cabeza que estaría bien ver uno de sus shows en directo. Dio la casualidad de que, en el marco del Festival Internacional de Magia de Madrid, tocaba función en la capital… así que me agencié una entrada.

Qué gran acierto. Qué espectáculo tan extraordinario. Qué divertido, qué fascinante, qué… mágico. Salí entusiasmado, después de ver cómo un señor de casi 70 años entretenía durante más de dos horas a un público entregado. Pasé gran parte de la función con la boca abierta, y otra parte importante riendo a mandíbula batiente. El resto, aplaudiendo a rabiar, como un niño pequeño, como hacía muchos años que no aplaudía. Vi, con mis propios ojos, magia.

Todavía en éxtasis por lo que presencié, me puse en plan analítico. ¿Qué podemos aprender los demás de Juan Tamariz cuando nos subamos a un escenario a hablar en público?

  • Naturalidad: Tamariz en el escenario es absolutamente natural. No hay un gesto, un chiste, un chascarrillo… que resulte forzado. Donde a otros se les nota sobreactuados (“ahora tengo que poner esta voz; ahora toca mover el brazo así; ahora tengo que levantar una ceja”), Tamariz hace que todo fluya, que todo parezca en su sitio. No me cabe duda de que el espectáculo está una y mil veces ensayado, que todo está definido de antemano; pero a la vez está (quizás por el propio efecto de haberlo ensayado tanto) tan perfectamente pulido que resulta natural.
  • Cercanía: hay quien, además de la barrera natural que supone muchas veces el escenario con respecto a la audiencia, se encarga de levantar una barrera adicional; “yo estoy aquí arriba, vosotros ahí abajo… yo estoy por encima de vosotros”. Tamariz se encarga de romper cualquier barrera. Es, simplemente, uno de nosotros. En su lenguaje, en su actitud… no hay nada que te aleje de él, sino más bien al contrario.
  • Humor: el humor es un gran lubricante para la transmisión de ideas, para alcanzar la sintonía en la comunicación, para dejar huella. El humor relaja, entretiene. Y Tamariz es divertido, muy divertido.
  • Gestualidad: la capacidad de comunicación del lenguaje no verbal. Tamariz utiliza todo su cuerpo para comunicar. No duda en explotar su punto histriónico, sin vergüenza ninguna, para acompañar lo que dice. Sube, baja, corretea, grita, hace caras, mueve los brazos, tira el sombrero… se abre la camisa y muestra la pelambrera, enseña la calva… y por supuesto, toca el violín. Lo que haga falta.
  • Expectación: recuerdo uno de sus números, con un mazo de cartas. Una pequeña cámara enfocaba su mano mientras sujetaba las cartas, y una pantalla reproducía el momento. En ese momento miré a mi alrededor; más de mil personas tenían la mirada fija en la pantalla. Y lo que me resultó más impresionante: no se escuchaba a nadie ni respirar. Silencio absoluto, atención plenamente concentrada en lo que iba a pasar. Si eres capaz de crear un momento como ése… es que verdaderamente has conseguido impacto.
  • Involucración de la audiencia: el espectáculo de Tamariz no es del tipo “yo hablo, vosotros miráis”. Está permanentemente haciendo participar al público. No sólo con el “necesito un ayudante”, sino que interpela a personas por aquí y por allá, moviliza al público (recuerdo un momento en el que todos a la vez ejecutamos un “pase mágico”…). Pero, de nuevo, todo con naturalidad, alejado de esos momentos incómodos que a veces se producen cuando alguien insite en “ahora tienes que hablar tres minutos con el señor que tienes al lado”. En su punto justo.
  • Pasión: uno podría pensar que, con casi 70 años y toda una vida en los escenarios, Tamariz debería estar cansado. Que podría adoptar una actitud funcionarial en sus espectáculos, “vengo, hago lo mío, cobro y me voy”. Lo que yo vi en el escenario fue un niño absolutamente entusiasmado con lo que hacía. Me lo imaginaba en su casa, dando saltos y palmitas cada vez que ejecutara un número. Y esa pasión, ese entusiasmo, es la piedra angular que sirvió como catalizador de todo el espectáculo. Sin pasión, ¿cómo vas a emocionar, a conmover… a comunicar? Vale, no todas las materias del mundo son susceptibles de ser vividas con pasión (¿o sí?). Pero si no sientes pasión por lo que dices… ¿para qué te subes a un escenario? Es tiempo perdido, para ti y para quien te va a ver.

En definitiva, sé que no todos podemos ser Tamariz. Pero si podemos acercarnos, aunque sea un poquito… conseguiremos comunicar mucho mejor.

(*) Qué juego de palabras, oigan :D

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Man on wire: el poder de la pasión

Anoche estuve viendo Man on Wire, una película documental de 2008 (ganadora de múltiples premios, incluyendo el Óscar) que llevaba tiempo pendiente. Narra la historia de cómo el funambulista francés Philippe Petit preparó y ejecutó en 1974 lo que para él fue “el golpe” (“le coup”); tender sin que nadie se diera cuenta un cable de acero entre las dos recién construídas “Torres Gemelas” de Nueva York, y realizar su número de equilibrismo a 450 metros de altura.

Me acerqué a la peli con curiosidad; ¿cómo podía una película sobre un funambulista haber tenido tanta “chicha”?. Y sin embargo, la tiene. Mezclando entrevistas actuales con imágenes del pasado y reconstrucción dramática, la película nos sumerge en los planes de Petit, desde su concepción como un sueño antes incluso de que las torres estuviesen construídas a su ejecución con la ayuda de un variopinto grupo de colaboradores.

Lo que más me llamó la atención (*) fue, sin duda, el componente pasional de la aventura. Petit narra cómo desde el momento en que ve en una revista una noticia sobre el proyecto de las torres, la idea de cruzarla se convierte para él en un sueño, en una obsesión de nivel tal que no se le pone nada por delante hasta que consigue ejecutarla. Esa pasión, que podría interpretarse cercana a la locura, que le hace no ya realizar el número en sí mismo (como si caminar por un cable de acero a 450 metros de altura no fuera ya locura suficiente), sino dedicar meses y meses a una complicada planificación que incluía colarse una y otra vez en las Torres Gemelas para investigar, reclutar un grupo de colaboradores arrastrándolos a su locura y escenificar un plan “de película” para introducir y montar todo el material necesario sin que nadie se diera cuenta. Y lo más fascinante era comprobar cómo, 35 años después, los protagonistas de la aventura (y especialmente Petit) hablaban todavía con una increíble chispa en los ojos de todo aquello.

La pasión como combustible fundamental de la acción. Cuando a alguien se le mete en la cabeza algo a este nivel de profundidad, no hay nada que se le ponga por delante. O, como dice la sabiduría popular, quien de verdad quiere algo encuentra un camino; el que no, encuentra una excusa.

Y en realidad, uno ve la peli y envidia no tener ese punto de locura.

“To me it’s really so simple that life should be lived on the edge of life; you have to exercise rebellion. To refuse to take yourself to rules, to refuse your own success, to refuse to repeat yourself… to see every day, every year, every idea as a true challenge…. and then you are going to live your life on the tight rope”

(*) Dos cosas que también llaman la atención: es una peli difícil de ver para gente con vértigo (ufff). Y en cierto modo estremece ver las torres gemelas construyéndose… sabiendo todo lo que vino después.

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Los ebooks no son para libros de consulta

Tengo un ebook, un Kindle DX para ser más exactos, desde hace casi dos años (je, recuerdo la reflexión que hice en su día sobre Kindle vs. iPad… y al final he acabado teniendo los dos, aunque en realidad sólo el Kindle es realmente mío, porque el iPad es comunal… ). En este tiempo, creo que le he dado buen uso… hasta donde he podido.

Me explico. Los ebooks son fantásticos, desde mi punto de vista, para la lectura lineal. Novelas, ensayos… cualquier libro que se lea “ordenadamente” tiene en estos aparatos un lugar natural. Yo, desde luego, no echo de menos (como alguna gente) eso del “olor a libro”, ni tampoco el “pasar páginas”. Es decir, la experiencia para mí es tan buena o incluso mejor que la que puedas tener con un libro en papel, y encima con las ventajas derivadas de la digitalización.

Sin embargo, hay otro tipo de libros para el que creo que los ebooks no están tan bien capacitados: los libros de consulta, libros técnicos, etc. En estos libros, para mí, es fundamental la capacidad de “hojear” (¿u “ojear”). De hacer una visión global del libro pasando sus páginas rápidamente para entender su estructura, de moverse alante y atrás buscando una información concreta (a veces sin más pistas que cierto recuerdo visual), de realizar anotaciones y utilizar ayudas visuales para desentrañar el contenido, etc… en definitiva, no son libros que no están pensados para leer “empezando por el principio y acabando por el final”.

Tony Buzan, en su libro “Use your head”, explica muy bien cuál es la aproximación correcta para trabajar con este tipo de libros de cara a un aprendizaje eficiente. Y los ebooks están, para mí, mucho peor adaptados a esa forma de abordar un libro que los volúmenes tradicionales en papel. Porque sí, hay herramientas que permiten hacer anotaciones, y si están bien editados los libros (con índices, etc… que desde luego dista de ser la norma) puede ser más fácil moverse entre sus páginas… pero sigo pensando que todavía no está bien resuelto.

Con lo cual, uno se encuentra en una disyuntiva. Porque el ebook es muy cómodo de llevar, y además el acceso a las versiones digitales de los libros es mucho más fácil (y, según y cómo, “económica”)… pero de cara a sacar partido a este tipo de libros, supone un handicap. Y me pregunto si la tecnología será capaz, en algún momento, de superarlo; yo, desde luego, todavía veo que queda bastante camino por recorrer.

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