Repensando a los mentores

Mentor, el amigo al que Ulises pidió que cuidara a su hijo Telémaco en su ausencia, es un personaje de La Odisea que terminó dando nombre genérico a esa figura de “consejero o guía”. Creo mucho en este tipo de relaciones tutor-tutelado, en su importancia para el desarrollo personal y profesional. Las he experimentado en los dos lados (sin duda como tutelado, me gustaría pensar que también como tutor). Y sin embargo me chirría la forma en la que muchas veces se enfoca la cuestión.

Para mí, el concepto de mentor es enormemente dinámico, líquido, informal. No creo que funcionen las relaciones del tipo “aquí está tu tutor, aquí está tu tutelado”. Es algo que no se puede imponer / formalizar, sino que surge (¡o no!) de forma natural. Exige cierta afinidad personal y la existencia de un clima de confianza mutua que se va construyendo poco a poco. Solo entonces empiezan a establecerse los “puentes de comunicación” que permiten a uno compartir inquietudes de forma abierta y a otro ofrecer ayuda sincera y desinteresada, sin que ese intercambio resulte forzado.

No creo tampoco en la idea del “mentor-total”. De hecho, creo que todos tenemos / necesitamos referencias múltiples, personas que nos den visiones diferentes que nos permitan hacernos una composición de lugar propia. Habrá unas personas en las que confiemos más para unos temas, otras que nos ofrezcan una visión más acertada en otros aspectos. No creo que exista (ni que deba existir) ese “yoda-que-todo-lo-sabe”.

Y dentro de esa multiplicidad de referencias, lo deseable es que tengan origen en lugares lo más diversos posibles. Mentores que nos abran los ojos a realidades diferentes, que nos permitan contrarrestar el sesgo natural que se produce cuando una persona (con la mejor de sus voluntades) nos habla desde su experiencia y su realidad; que puede ser fantástica, pero solo será una de las muchas posibles.

Tampoco creo en la permanencia o la “evolución infinita” del vínculo. Idealmente, la relación de mentor y pupilo alcanzará un punto de máxima fluidez y aprovechamiento. Pero lo normal será que pasado un tiempo ese vínculo se debilite, que tanto el uno como el otro busquen nuevas relaciones que incluso puedan compatibilizarse en el tiempo. Y esto no tiene por qué indicar un “fracaso” del proceso, simplemente es la evolución natural.

Otro aspecto que considero importante es la bidireccionalidad del vínculo. No hay un maestro que enseña y un alumno que aprende, sino que hay una relación en la que las dos partes son susceptibles de enriquecerse. Esto implica que quien ejerce el rol del mentor debe abordar la relación con humildad, interés y curiosidad, y estar también abierto a nuevos aprendizajes. Y no por eso se debilita su posición.

Al final, lo que se trata es de re-configurar la figura del mentor a una dinámica de red, con relaciones de intensidad variable entre nexos que se crean y se destruyen sin parar, con cada vez menos limitaciones. Quizás, de hecho, pierda sentido el “mentor” como figura. Los consejos, la inspiración, la guía… son cosas que fluyen libremente, en todas direcciones, dentro de esa red conectada.

¿Y qué puede hacerse desde el mundo de la empresa para facilitar este intercambio? Básicamente, eliminar barreras. Facilitar la interacción entre individuos, con el máximo nivel de informalidad posible, para que empiecen a generarse relaciones de confianza por encima de brechas jerárquicas, generacionales, departamentales… de hecho por encima de los ámbitos de “la propia empresa”. Van a ser los propios individuos los que, de forma orgánica, establezcan esos nexos de unión. Será suficiente con que la empresa allane el camino.

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Así me gusta a mí

En las últimas semanas he empezado a abrir “posibilidades de colaboración” con distintas personas / empresas. Es decir, he empezado a sembrar, a explorar… en fin, como suelo decir, a “mover el árbol” para hacer que las nueces empiecen a caer. Es un proceso pausado, no tengo prisa, y prefiero hacer las cosas bien y asegurarme de que hay una buena sintonía antes de meterme en “fregaos”.

En este sentido, le escribía un mail a una persona donde de alguna manera le exponía mi forma de ver las cosas:

Mi rol, por tanto, lo vería más como “una persona con la que colaboramos cuando surgen este tipo de proyectos” antes que decir que soy parte de la empresa. Si surge una oportunidad me dais entrada sin comprometeros con el cliente, de forma que sea yo quien valore si soy capaz de ayudarle o no, en qué condiciones… pactamos una distribución de los fees, el cliente es vuestro, trabajo con vuestra marca si queréis… pero siempre manteniendo mi independencia de criterio.

En ese sentido, yo siempre voy a querer tener el control sobre en qué proyectos me meto y en cuáles no. Yo voy, escucho al cliente, le hago mis planteamientos… pero en última instancia no voy a meterme en proyectos que no me convenzan, independientemente de que como empresa os interese más o menos (por facturar, por “tenerle contento”…). Esa es la típica presión de empresa consultora que, hoy por hoy, no me interesa.

A nivel filosófico, como regla general, a mí no me gusta “sobrevenderme”. Tengo la experiencia que tengo, he trabajado en los clientes en los que he trabajado… No voy a contarle a nadie que he hecho proyectos que no he hecho, ni a decir que conozco cosas que no conozco, ni que tengo un equipo que no tengo. Creo que aporto suficientes cosas por mí mismo como para tener que “adornarlas”; con 23 años igual era necesario, pero con casi 40 creo que ya no.

Me da la sensación, mientras he ido escribiendo esto, de que es muy posible que haya cosas que no te encajen. Precisamente por eso creo que es importante que lo pongamos encima de la mesa desde el principio con toda la claridad, y así podamos ver por dónde podemos enfocar esa posible colaboración. Y si no encontramos el punto pues no pasa nada, claro; mejor saberlo al principio que una vez metidos en algún compromiso.

A medida que iba escribiendo, se me mezclaban varias sensaciones. Por un lado, la satisfacción de verbalizar algunas cuestiones que para mí son relevantes. Por otro, cierto “miedo” a estar viniéndome demasiado arriba (“parece que estoy poniendo condiciones”). Pero en última instancia… sí, joder, eso es precisamente lo que estaba haciendo. Poner condiciones. Dejar claro cómo soy, cómo quiero trabajar, con qué me siento a gusto y con qué no. Si esto deriva en una colaboración, habré sentado las bases de su buen funcionamiento (y podré decir “ojo, esto no es lo que habíamos hablado” si la cosa se empiece a torcer). Y si por “ponerme farruco” esta posibilidad no cuaja… estupendo, tendrá que ser así. Como decía HomoMínimus hace poco… “Olvídate de seducir a tu público. Cambia de público. Encuentra un público que venga seducido de casa.”

“Elige un camino que genere resplandor en tu espíritu. Síguelo día y noche, bajo el sol y bajo la lluvia, en la pobreza y la riqueza, en la salud y la enfermedad. Tras muchos años en soledad, un día te encontrarás con que mucha gente quiere caminar a tu lado”

Pues eso. A mi manera… o carretera. Y al que no le guste, que no mire.

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En defensa del knowmad

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No sé cuánto tiempo hace que tuve mi primer contacto con el término “knowmad“, pero recuerdo que me gustó mucho. Me sentí profundamente identificado con esa forma de calificar a un perfil profesional, a sus características. Desde entonces, siempre he sentido simpatía por este concepto de “nómada del conocimiento”. En este video, su creador John Moravec explica en qué consiste.

Curiosamente, el otro día cuando fui a buscar la referencia en wikipedia para enlazarla, me encontré con que los editores habían decidido eliminarla. Consideran que se trata de un neologismo que básicamente solo se usa en el entorno de su creador, que no ha cogido tracción suficiente en el resto del mundo y que, por lo tanto, no se “merece” tener un espacio propio en la wikipedia.

No puedo entrar a discutir si esto es cierto o no. Pero, independientemente de lo que opine la wikipedia, yo voy a seguir utilizando el concepto, porque después de un montón de años luchando contra una gran dificultad para etiquetarme, creo que se ajusta mejor que ningún otro que conozca a lo que soy como profesional.

Soy un conjunto de habilidades que se van desarrollando y consolidando en el tiempo. Soy unos valores y una forma de ser que determina cómo me comporto. Soy un conjunto de intereses variados y eclécticos, que además no son estables en el tiempo si no que evolucionan. Soy también la gente a la que conozco y con la que me relaciono. Todo eso, y más, es una mezcla en constante ebullición que cristaliza de múltiples y variadas formas que hacen difícil reducirlas a una o dos etiquetas tradicionales.

Durante mucho tiempo esta incapacidad para etiquetarme me hizo sentir mal, de alguna manera inferior a quienes sí podían (por su naturaleza o elección) ceñirse a una categorización más tradicional. Con lo fácil (y productivo) que es definirse como “abogado experto en fusiones y adquisiciones”, “neurocirujano” o “catedrático de teología”, mi obsesión era intentar “centrar el tiro”. El resultado siempre fue frustrante, porque cada vez que me reducía a algo siempre tuve la sensación de estar dejando fuera demasiadas cosas.

Pero eso era antes. Ya hace tiempo que llegué a la conclusión de que todo lo que soy, con todos sus matices y su dificultad para acotarlos, no es un motivo de vergüenza, sino de orgullo. No es una debilidad, sino una fortaleza. Puedo hacer muchas cosas bien, en muchos sitios distintos, con muchas personas distintas, en muchas situaciones diferentes. Mi mezcla de habilidades, conocimientos, experiencias, relaciones, intereses… es un caldo de cultivo excelente para poder aportar valor de muchas maneras distintas, muy por encima de las limitaciones de una etiqueta. Soy adaptable, flexible, polifacético, transversal. Soy un “knowmad”, y ahí fuera hay un mundo lleno de oportunidades para nosotros.

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Retribuir con empleabilidad

Los esfuerzos de formación y desarrollo de las empresas siempre siguen el mismo patrón: o te formo para que te adaptes a las exigencias de tu puesto (es decir, soluciono tus “carencias”), o te formo para que estés preparado para las exigencias de un puesto futuro que he pensado para ti dentro de tu “plan de carrera”. Se trata por tanto de un enfoque profundamente egoísta, “empresacéntrico”. Lo que la empresa necesita, lo que la empresa ha decidido, los planes de la empresa.

¿Dónde queda la persona? Bueno, pues si la persona tiene interés en lo que la empresa ha decidido por ella, ni tan mal. Y si no, pues que se aguante; que está aquí para trabajar y darme beneficios. Al fin y al cabo, la persona no es lo que importa aquí, ¿verdad?. Y sin embargo, como reflexionaba hace algunos meses, resulta que las personas tienen la mala costumbre de tener sus propias inquietudes, que pueden coincidir (o no) con los planes de la empresa.

La cuestión es… ¿y si le diésemos la vuelta al enfoque? ¿y si dejásemos de lado “lo que la empresa necesita”, y nos centrásemos en “lo que la persona necesita”? Puede parecer un absurdo, ¿para qué voy a dedicar tiempo y esfuerzo a formar a una persona en cosas que no van a tener un retorno directo en mi actividad? Aquí es donde entra la idea de “retribuir con empleabilidad“.

Si yo invierto en formar a las personas según sus intereses, y no en los míos, ocurren varias cosas. La primera es que los procesos de formación y desarrollo serán mucho más eficaces. Si es la persona la que decide aprender su dedicación, su constancia, su aprovechamiento del proceso… será muchísimo mayor que si simplemente se limita a “ser formado” (que normalmente se traduce en “he asistido a los cursos” y gracias) en aquello que la empresa ha decidido hacer. Sus habilidades crecerán de verdad (y no a efectos de “cubrir el expediente”). Será un mejor profesional, y también una persona más satisfecha; dos factores que en sí mismo suponen un retorno directo para la compañía.

Pero es que además estaremos incrementando el valor de la persona, su capacidad para encontrar un nuevo empleo. “¿Cómo, cómo, cómo? ¿Que yo voy a facilitar que esta persona encuentre otro empleo? ¿Le voy a formar yo para que lo disfrute otro? ¿Estamos locos?”. No, no estamos locos. Seamos serios; la realidad es que el 99% de las relaciones profesionales que existen a día de hoy no van a durar para siempre. Si una persona decide irse, se va a ir tanto si te gusta como si no; ponerle obstáculos a esa decisión es demorar lo inevitable, y encima generando frustración y descontento en la persona (y tener personas frustradas y descontentas no suele ser un buen plan). Y aparte, creo que es moralmente reprobable (de nuevo la visión egoísta y empresacéntrica) la idea de que “voy a poner trabas a que la persona se vaya si quiere irse, porque lo que importa es lo que yo quiero… pero eso sí, en el momento que yo quiera prescindir de ella, finiquito lo más barato posible y que le den”.

Al contrario, colaborar en que las personas mejoren como profesionales,en que incrementen su empleabilidad, es una fórmula positiva centrada en la persona que redunda en empleados motivados y satisfechos. Puede que algunos de ellos decidan irse (va a pasar sí o sí), y a éstos les estaremos dando herramientas muy valiosas. “Preferiría que no te fueses, pero si te vas a ir, vete de la mejor manera posible; has sido un empleado valioso, y lo mereces”. Y seguramente muchos no se vayan a ningún lado y se queden satisfechos y agradecidos aportando valor para nosotros.

Esta práctica se transforma así en una forma de retribución muy valiosa, y también diferencial, tanto para los que se vayan a ir como para los que se vayan a quedar. Y creo que, como tal, contribuye a aquello tan manido de “atraer y retener talento” (aunque pueda parecer contraintuitivo). Creo que si de verdad “lo que importan son las personas” no hay excusa para no explorar este camino.

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Si puedes elegir (sí puedes)

El pasado fin de semana tuve un momento “bricomanía”. Estaba mi mujer preparando el típico vestido para la función fin de curso con la máquina de coser, cuando me dice “mira a ver si puedes ayudarme, anda”. Un hilo se había quedado pillado en alguna parte del mecanismo, y no éramos capaces de sacarlo simplemente tirando de él. Había que “operar”.

Pasé un rato sacando un par de tornillos de difícil acceso. Otro rato intentando ver cómo desmontar las siguientes piezas. El caso es que pude sacar el hilo… pero claro, llegó el momento de volver a montar. “Esperate que esto no encaja bien ahí”, “¿pero cómo narices estaba esta pieza antes?”. Y luego la odisea de los dichosos tornillitos, que si no intenté meter veinte veces (y venga a caerse el tornillo, “y ahora dónde coño ha ido a parar”) no lo intenté ninguna.

Al cabo de unos cuantos esfuerzos (y maldiciones por lo bajini, y un par de borderías tipo “niño, quita de aquí, ¿no ves que estoy haciendo cosas?”), conseguí poner todo en su sitio. No sobraban piezas. ¡Y la máquina funcionaba!

Volví a mis cosas, rumiando para mis adentros. ¿Me sentía mal, por lo torpe que había sido para resolver algo tan “evidente”? ¿O me sentía bien porque, al fin y al cabo, lo había resuelto?

Es curioso. Ahí estaba yo (más concretamente mi mente) diciéndome dos cosas contradictorias. Una me hacía sentir bien, otra mal. ¿A cuál iba a hacerle caso? Pues como dijo alguien en twitter, “si una te hace sentir bien y otra mal, y puedes elegir…”. Y claro que podía elegir. Yo (y nadie más) era quien podía poner el foco en una o en otra. Yo podía elegir, ante un mismo hecho objetivo, si sentirme bien o sentirme mal.

Me recordó a la historia india de los dos lobos que luchan en tu interior. Ante la pregunta de “cuál de los dos ganará”, la respuesta es “aquel al que tú alimentes”. Ganará aquel pensamiento (y por lo tanto el sentimiento derivado) al que le queramos poner foco. Y sí, digo “queramos”, porque es una elección. Muchas veces no evidente (porque nuestra mente funciona “en automático” y no tenemos costumbre ni de observarla ni de intervenir en sus procesos), ni sencilla (porque la mente tiene sus propios trucos enrevesados). Pero con práctica y esfuerzo, podemos aprender a dirigir nuestros pensamientos a aquello que nos haga sentir mejor. Incluso en situaciones dramáticas podemos hacer un encuadre positivo.

De todo lo que nos pasa, de todo lo que nos dicen, y especialmente de todo lo que nos contamos a nosotros mismos… podemos elegir con qué nos quedamos. Hagamoslo bien.

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Persevera (… y con el mazo dando)

Leía ayer un artículo sobre “procrastinación” que me resultó muy interesante. No tanto por el concepto (nota: ¿qué paradoja mayor hay que procrastinar leyendo una y otra vez sobre lo malo que es procrastinar?), sino por el enfoque en la solución.

Habla el autor sobre los peligros de depender de la motivación, de la pasión, de la inspiración… para realizar cualquier trabajo. Él lo enfoca en el ámbito de la creatividad, pero no resulta difícil extrapolarlo a cualquier otro.

Sitting around being idle while in wait for inspiration is a good way to get nothing done [...] Everyone longs for major victories and big breakthroughs in their work. But those would never happen if it weren’t for the little progress we take every single day by staying committed and showing up.

Perseverancia. Rutina. Compromiso. Hábito. Constancia. No cuestionarse cada día si algo “te apetece” o si “estás motivado”, sino simplemente ponerte manos a la obra y hacerlo. Un día, y otro, y otro, sin justificarte en que tus condiciones no son idóneas. Nunca lo son.

It’s in the day-to-day mundane and difficult work of showing up that our ideas take shape and take flight. It’s in that place that our skills are forged bit by bit. The path to success (both in our career and in accomplishing our life goals) is rarely glamorous. It’s usually mundane and repetitive.

No puedes esperar que la inspiración, la pasión, la motivación… te guíen. Porque son elementos extremadamente volubles. Sí, de vez en cuando aparecen, y te embriagan; pero con la misma celeridad desaparecen. No se quedan contigo el tiempo suficiente como para que puedas obtener un resultado sostenible, fiable. No puedes depender de ellas, porque corres el riesgo (o mejor dicho, la certeza) de quedarte como Penélope esperando en el andén.

Hay que ponerse el mono de trabajo, e insistir una y otra vez. No todos los días tu trabajo va a ser brillante; de hecho la mayoría de las veces será mediocre. No importa, esa es la única manera de lograr resultados alguna vez. Cuando llegue la inspiración que te pille trabajando. Lo demás es como esperar a que te toque la lotería.

Recuerdo que, hace años, participé en un proyecto de formación sobre habilidades comerciales para empleados de una entidad financiera. De lo que se trataba era de incentivar a personas que llevaban toda su vida “despachando” a que se atreviesen a vender. Usábamos como recurso un fragmento de la película “Cadillac Man“. “Sí, es verdad”, les decíamos. “Hay personas que tienen mejores habilidades para la venta que otras, que tienen una mayor probabilidad de éxito en el cierre de un proceso. Pero nadie , ni siquiera los mejores, tiene un porcentaje del 100%. A todos hay veces que les sale bien, y otras que les sale mal. Incluso si eres de los que tienes un porcentaje más bajo, puedes vender; lo que tienes que hacer es intentarlo muchas veces porque tu bajo porcentaje, aplicado una y otra vez, acabará dando resultado. Y seguramente en el proceso de intentarlo mejorarán tus habilidades, y con ellas tus porcentajes de éxito”.

Este gráfico refleja esa idea. Si hacemos 100 intentos de algo (100 llamadas comerciales, 100 fotografías, 100 relatos, 100 proyectos…), ¿cuántos van a salir bien?. Desde luego, nunca el 100% de ellos (que sería lo que representa el área azul). Lo normal es que tengamos un porcentaje de éxito mucho menor. Digamos (a efectos del gráfico) que es un 40%. Si ese porcentaje de éxito fuese constante, tendríamos el área roja. Si lo intentamos 10 veces, 4 éxitos. Si lo intentamos 100 veces, 40 éxitos.

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Pero es que lo normal es que ese porcentaje no sea constante, si no que vaya creciendo poco a poco. En nuestros primeros intentos, el porcentaje de éxito será mucho menor. De nuestros 10 primeros intentos no lograremos 4 éxitos, sino uno o ninguno. Pero no podemos desanimarnos. A medida que vayamos ensayando y aprendiendo, irá mejorando, cada vez más rápido. Es posible que tarde en aparecer esa mejora. Es posible que nunca lleguemos a tener las mismas habilidades que alguien con más talento. Pero todos podemos mejorar, es cuestión de perseverar.

Lo que no podemos hacer es intentarlo una o dos veces, y esperar a que suene la flauta por casualidad; y si no suena (que no sonará) darnos por vencidos.

Escuchaba un podcast sobre Woody Allen, y hacían referencia a su método de trabajo. Una película por año, como un reloj. Como un martillo pilón, centrado en su proceso creativo, sin preocuparse demasiado por el éxito o fracaso de sus películas. Cuando se estrena una, él ya está enfrascado en otra. A veces más inspirado y otras menos; pero eso no importa. Una película al año. Así es como se alcanza una filmografía de más de cuarenta películas. No todas son obras maestras, pero es más probable conseguir una en una carrera de cuarenta películas que en una de dos o tres. Y desde luego sus habilidades creativas y técnicas estarán infinitamente más desarrolladas.

Picasso, Mozart, Edison, Jordan. Podemos pensar que simplemente son genios tocados por la varita de las musas, que un día se levantaron y pintaron el Guernica, compusieron el Requiem, patentaron la bombilla o metieron decenas de miles de puntos fruto de momentos de inspiración. Pero estaríamos despreciando las miles de obras de Picasso, los cientos de inventos de Edison, las centenares de composiciones de Mozart, los miles de tiros fallados por Jordan. No podemos obviar la ingente cantidad de trabajo, de constancia, de práctica, de aprendizaje, de intentos menos que geniales… que desarrollaron en sus vidas.

¿Lo mejor de todo? Que la constancia, la persistencia, el hábito… es algo que está al alcance de todos. Si quieres.

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El gestor de proyectos es un enfermo mental

El gestor de proyectos es un enfermo mental. O debería serlo para hacer bien su trabajo. Más en concreto, sufrir de un trastorno de personalidad múltiple (que por lo visto ahora se llama de “identidad disociativa“).

He empezado a leer el libro “Project Management: absolute beginner’s guide“. En uno de sus capítulos iniciales se hace un repaso de los distintos roles que debe desempeñar un gestor de proyectos: es un planificador, un organizador, un centralizador de las comunicaciones, un gestor de aprovisionamiento de recursos, un facilitador, un persuasor, un solucionador de problemas, un paraguas que proteja al equipo del exterior, un coach para los componentes del equipo, un perro de presa que persiga compromisos, un bibliotecario que documente los avances, un policía que vigile el correcto desarrollo y actúe en caso de desviaciones, un vendedor, un gestor de riesgos…

Tienes que ser a la vez metódico y flexible, exigente y tolerante, cordial y borde, organizado y capaz de improvisar, social y asocial, empático y asertivo, tener visión global y visión de detalle. Y por supuesto, ser capaz de adaptarte a todos y cada uno de los stakeholders vinculados al proyecto y a los miembros del equipo, a cada una de sus formas de ver el mundo, sus necesidades, sus exigencias y sus (por qué no decirlo) chaladuras.

Lo dicho, tienes que ser un enfermo mental para poder ser todo eso a la vez, y así poder poner en juego cada una de tus múltiples personalidades según convenga. Y si no lo eres, tranquilo: lo acabas siendo a la fuerza :D.

Pd.- Voy a dedicar un proceso de “aprendizaje focalizado” a consolidar conocimiento sobre “project management”, así que podéis esperar más reflexiones sobre este tema…

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Cuando el riesgo deja de ser riesgo

Charlaba el otro día con una amiga. Hablábamos de decisiones vitales, de hasta qué punto asumíamos riesgos o no al elegir. Yo le decía que no, que yo riesgos los justos. Y ella me miraba con la ceja levantada…

Si alguien me pregunta, eso es lo que le diré. Es lo que pienso de mí mismo: que no soy un perfil que se atreva a tomar decisiones arriesgadas, que soy conservador. Esa es la historia que me cuento a mí mismo.

Pero lo cierto es que, si repasamos mi trayectoria…

Me fui a estudiar fuera en vez de prorrogar mi adolescencia en la comodidad del hogar, he dejado trabajos para irme a casa, he abandonado una progresión profesional en una empresa sólida y de prestigio para meterme en una “empresa de internet”, he provocado conversaciones de “todo o nada” en el trabajo sabiendo que había un riesgo cierto de que las cosas no saliesen como a mí me gustaría, me he mudado en varias ocasiones de ciudad (en el último caso a un pueblo con el que no me unía nada)… por no hablar de formar una familia (quizás una de las decisiones menos “revisable” que uno pueda tomar en la vida).

Que sí, ya sé, no es que me dedique a meter la cabeza en las fauces de un león, ni que haya dejado todo atrás para irme mochila al hombro a recorrer el mundo, que me dedique al funambulismo o que me haya empeñado hasta las cejas para financiar una startup. Nunca he quemado mis naves. Pero, dentro de mis márgenes, sí que he asumido mi cuota de riesgo; y me consta que hay personas de mi entorno que así lo valoran.

Y sin embargo a mí me cuesta verlo así. Incluso estas ocasiones donde un observador externo aprecia riesgo para mí han sido decisiones… “naturales”. Aunque racionalmente pudieses evaluar la posibilidad de que no saliese bien, había algo en mi interior que me decía que era “lo que había que hacer” de una forma tan clara, tan poderosa… que no había dudas.

En este punto es donde encaja mi narrativa sobre mi presunta aversión al riesgo. Lo que otros pueden valorar como decisiones arriesgadas para mí no lo han sido; por eso no me considero un tipo arriesgado. Y sin embargo ahí están.

La conclusión es que calificar una decisión como “arriesgada” es algo tremendamente subjetivo. Lo cual me tranquiliza. No voy a dejar de tomar decisiones, no soy prisionero de la inercia. No soy ese “conservador” que a veces me digo a mí mismo que soy. Simplemente necesito “verlo”. Una vez que lo tengo claro, el riesgo deja de ser riesgo.

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Aprendiendo a aprender

Introducción

Este es un post recopilatorio después de varias semanas trabajando sobre el concepto de “aprender a aprender”. En él he intentado resumir y dar homogeneidad a un conjunto de ideas procedentes de diferentes fuentes. Obviamente, el resultado es muy personal, y abierto a mejora y a crítica. Y desde luego, no pretende ser un tratado académico; apenas unos apuntes básicos. Sin embargo, para mí y en mi momento actual creo que recoge y documenta bien los aspectos esenciales relacionados con la idea.

Empecé a interesarme por este tema unas semanas atrás. “Quiero aprender algo, ¿pero qué?“, me preguntaba. Alguien sugirió entonces que una habilidad muy importante, precisamente por su impacto en futuros procesos, que es “aprender a aprender”. Efectivamente, esta habilidad se convierte en una especie de catalizador del aprendizaje, en la medida en que permite hacer más eficiente cualquier esfuerzo posterior aplicado a otras materias. Así pues, me pareció un buen punto de partida al que dedicar un primer proceso de “aprendizaje focalizado”.

“¿Aprender a aprender? ¿A tu edad?”. Alguno dirá que, con casi 40 años, ya era hora. Posiblemente. Pero lo cierto es que hasta hoy mis procesos de aprendizaje han sido bastante… desordenados, desestructurados. Orgánicos, podríamos decir. Soy mucho de picotear de aquí y de allá, de interesarme por un tema y por otro, de “chapotear en muchos charcos”, de actuar a impulsos, de leer, tuitear y no consolidar. Sin duda he aprendido cosas a lo largo del tiempo, y no me ha ido precisamente mal ni a nivel académico ni a nivel profesional. Algo habré aprendido. Pero si soy un poco crítico, creo que mi aprendizaje puede ser muchísimo más eficiente. Por eso decidí empezar a trabajar en bloques de aprendizaje focalizado, intentando dar sistemática y estructura a ese proceso. Decidir algo que quiero aprender, dedicarle unas semanas a profundizar en ello (sin dispersarme en otros asuntos) hasta llegar a un punto de conocimiento satisfactorio, recopilar dicho conocimiento y estructurar los mecanismos necesarios para mantenerlo fresco a lo largo del tiempo. Y teniendo en cuenta el carácter multiplicador de la habilidad de “aprender a aprender”, decidí que fuese ésta la protagonista del primer ciclo. Este artículo es el resultado, mi resumen particular.

Contenido

He estructurado el contenido en seis bloques principales, como refleja el mapa mental que he elaborado.

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Visión

Como decía Covey, “empezar con un fin en mente”. ¿Qué voy a aprender? ¿Por qué? ¿Para qué? Tener claras las respuestas a estas preguntas es importante. “It’s hard to learn if you’re not into it”, dice el doctor Terry Sejnowski. Sobre todo porque el proceso puede ser largo, dificultoso, frustrante en algunos puntos. Requiere esfuerzo y dedicación, y más en escenarios de autoaprendizaje donde tú eres el motor y no dependes de nadie que tire de ti. Habrá momentos en los que sea necesario recordarte a ti mismo “por qué” y “para qué” estás haciéndolo.

En este sentido, también es interesante el concepto de “Target Performance Level” que esboza Josh Kaufman: ¿cuál es el nivel de profundidad que queremos alcanzar en el desarrollo de un conocimiento o habilidad? ¿qué es lo que nos vemos haciendo una vez hallamos hayamos llegado a dicho nivel? No es lo mismo aprender inglés lo suficiente como para ayudar a los niños a hacer los deberes, como para defenderse en cuatro conversaciones sencillas en un viaje de dos días, como para ver series en versión original, como para desarrollar una actividad profesional bilingüe… Tener claro este “nivel deseado” permite dirigir mucho mejor los esfuerzos (qué debo aprender, y también qué debo ignorar), y nos da un criterio para valorar nuestros avances.

Materia

Una vez que sabemos qué queremos aprender, y con qué objetivo, tenemos que ser capaces de crear nuestro propio programa académico. Cualquier materia que queramos abordar va a ser más amplia y más profunda de lo que vamos a poder abarcar, por lo que es necesario reducirla a elementos más manejables. Deconstruirla, y seleccionar aquellos elementos que resulten prioritarios, las “piedras angulares” que sean más relevantes para alcanzar nuestro objetivo con la mayor rapidez posible. Y estructurarlos de forma que sigan una secuencia lógica, ya que el aprendizaje es más sólido si se va construyendo sobre elementos previamente aprendidos.

Este proceso de configuración de la materia es difícilmente lineal, requiere sucesivas aproximaciones, borradores que se van asentando poco a poco. Necesitas investigar a lo ancho, para entender la amplitud de lo que estás abordando y tener el máximo contexto posible, y a la vez realizar catas que te permitan asomarte a la profundidad, al detalle. Contamos con ayuda, claro: bibliografía introductoria, cursos básicos, expertos que nos puedan dar su visión… Aun así, es fundamental el componente crítico; al fin y al cabo estamos elaborando nuestro propio programa, para nuestros propios fines. Solo nosotros sabemos lo que queremos y lo que no, dónde queremos profundizar y dónde no.

Técnicas

Llega el momento de incorporar toda ese conocimiento a nuestro bagaje. Seguramente en el proceso de investigación que nos ha llevado a definir nuestro “programa académico” hemos ido adquiriendo una visión más o menos difusa, pero hay que consolidarla, darle más solidez.

  • ¿Cómo codificamos el conocimiento para que permanezca con nosotros? Nuestro cerebro funciona de forma básicamente relacional; cualquier contenido tiene más probabilidades de ser incorporado si está relacionado con un conocimiento anterior. El uso de analogías (“esto es como aquello”) es por lo tanto muy poderoso. Del mismo modo, la utilización de recursos visuales ayuda al recuerdo y la relación. Las técnicas mnemotécnicas nos permiten aprender “de memoria” (una habilidad largamente denostada, pero que tiene sin duda su utilidad). La capacidad de comprimir el conocimiento (agrupando elementos relacionados entre sí para ser tratados como uno solo) nos permite, mediante el uso de esquemas, mapas mentales, etc… consolidar grandes cantidades de información relacionada en poco espacio.
  • La práctica/repetición es el elemento fundamental de incorporación de conocimientos. Debe prolongarse en el tiempo, con una cantidad de descanso adecuada entre sesiones. Entremezclar la práctica de distintas habilidades parece que refuerza el proceso (“a change is as good as a rest”, dicen los anglosajones).
  • Dentro de ese escenario, es importante el concepto de práctica deliberada. Es decir, no vale con dedicar horas de cualquier manera. La práctica deliberada hace énfasis en empezar despacio, asentando las bases, prestando atención a los detalles… antes de empezar a coger velocidad y refinamiento. También resalta la importancia de centrarse en practicar y repetir aquello que nos resulta difícil, que no nos sale.
  • Por último, entre las técnicas para reforzar el aprendizaje destaca frente a otras técnicas la realización de pruebas, exámenes. Cuestionarnos sobre lo aprendido nos permite, mediante el esfuerzo necesario para responder, consolidar lo que ya sabemos y descubrir aquellos puntos que debemos reforzar.

Teoría

Algunos conceptos teóricos subyacentes, y que me han resultado especialmente interesantes:

  • La sinapsis como mecanismo principal del funcionamiento cerebral. La creación de conexiones entre neuronas es la responsable de lo que aprendemos. El cerebro es plástico, ya que constantemente están formándose esas conexiones.
  • El “chunking“, o la agrupación de elementos, es la capacidad que tiene el cerebro para tratar un conjunto de elementos relacionados como si fuera uno solo, permitiéndonos ampliar nuestra capacidad de proceso. Por eso funcionan los resúmenes, como una agrupación máxima de elementos que posteriormente se van desplegando en varios niveles de detalle.
  • El modo de pensamiento focalizado en contraposición al difuso. El focalizado, relacionado con el trabajo consciente, es el que nos permite manejar un número limitado de elementos. El difuso, relacionado con el trabajo inconsciente (el que se produce cuando estamos pensando en otra cosa, incluso cuando estamos descansando) permite la relación de muchos más elementos, la creación de conexiones menos evidentes. Ambos son necesarios, y para ambos hay que dejar tiempo.
  • La memoria a corto plazo y la memoria a largo plazo. La primera nos permite trabajar con lo que tenemos aquí y ahora; pero si queremos consolidar conocimientos debemos hacer un esfuerzo consciente en trasladarlos a la memoria a largo plazo. Las técnicas de trabajo están muy relacionadas con este objetivo.
  • Conocer la curva de aprendizaje (distinguiendo además entre aprendizaje percibido y real) nos permite fijar expectativas, conocer de antemano las distintas etapas que aparecen de forma recurrente. Al enfrentarnos a una nueva actividad nos sentiremos abrumados, pero enseguido empezaremos a hilar cosas y tendremos un progreso muy rápido. Tras esa etapa de euforia, sufriremos una cierta regresión que transcurre paralela a la conciencia de cuánto nos queda por saber. A partir de ahí, el conocimiento se va consolidando de una forma mucho más realista.
  • Teoría vs práctica: la teoría es relevante solo en la medida en que nos resulte útil para alcanzar el nivel que nos hemos prefijado.

Hábitos

  • Descansar: los ciclos de esfuerzo y descanso son necesarios para facilitar el funcionamiento cerebral. Mientras descansamos, además de recuperar energía para el trabajo focalizado, permitimos que el cerebro entre en el modo difuso.
  • Sueño: el sueño forma parte de los ciclos de descanso (en el sentido en que permiten a nuestro cerebro trabajar en modo difuso, inconsciente) pero además parece que tiene un efecto fisiológico de limpieza de toxinas en el cerebro, una especie de lavado y puesta a punto que permite que los procesos cognitivos continúen funcionando correctamente.
  • Ejercicio: parece que la ciencia corrobora el viejo dicho de “mens sana in corpore sano”. De hecho, la actividad física parece que es capaz incluso de promover la regeneración neuronal.
  • Eliminar barreras: disponer de todos los materiales que vayamos a necesitar durante nuestras sesiones de aprendizaje, eliminar distracciones, tener un entorno adecuado… va a facilitar que nos sumerjamos en el estudio. Se trata de ponérnoslo fácil.
  • Compromisos: la asunción de compromisos (monetarios, con otras personas, público) parece que refuerza los procesos de aprendizaje (en realidad, cualquier proceso de adquisición de hábitos)
  • Persistencia: el proceso puede alargarse, ser frustrante… por eso es importante crear hábitos que transformen el aprendizaje en rutina, utilizar mecanismos (como la técnica pomodoro) que nos ayuden a vencer a la procrastinación, incluso asumir un compromiso inicial (como el de las 20 horas de Kaufman) que nos evite abandonar cuando las cosas se pongan feas.

Filosofía

Aquí recojo algunas notas que me han resultado interesantes a la hora de abordar cualquier proceso de aprendizaje

  • Mentalidad de crecimiento: frente a la visión de mentalidad fija, la mentalidad de crecimiento defiende que independientemente de nuestros condicionantes de partida todos somos susceptibles de mejorar. Que es más importante centrarse en el proceso (que es algo que está a nuestro alcance manejar) que en el resultado.
  • Mentalidad de principiante: tenemos que luchar contra la ilusión de conocimiento (esa sensación que tenemos a veces de “yo ya lo sé”, y que nos impide sumergirnos en el aprendizaje), y también asumir que el proceso de aprendizaje estará lleno de errores. De nada vale quedarnos en la seguridad de lo que ya hacemos bien, sino que debemos buscar deliberadamente aquello que hacemos mal para mejorarlo. Debemos invertir en la pérdida, saber que es fallando cuando aprendemos.
  • Interiorización: el proceso de aprendizaje, si está correctamente desarrollado, acaba resultando en una asimilación tan completa de lo aprendido que dejamos de percibirlo conscientemente. Hacemos entonces las cosas de forma automática, inconsciente; pero sólo después de haberlas repetido una y otra vez de forma consciente. La intuición, dicen, es todo aquello que hemos olvidado que un día aprendimos; o también que es el puente entre nuestro consciente y nuestro inconsciente. Una vez que hemos interiorizado algo, somos capaces de ver más allá, de prestar atención a un montón de detalles y matices adicionales que, cuando estamos en un nivel de desarrollo inferior, nos pasan completamente por alto porque nuestra atención consciente está preocupada de lo básico que todavía no dominamos.
  • Personalización: en última instancia, sea lo que sea lo que aprendamos, debemos permitir que se fusione con nuestra esencia, nuestro yo más profundo. No debemos autoimponernos una visión de la práctica que no vaya con nosotros, que se aleje de nuestra forma de ser y de ver el mundo.

Fuentes

Algunas fuentes que he utilizado para documentarme:
Curso “Learning how to learn” de la Universidad de California – San Diego
The 4-hour chef, de Tim Ferriss
The Art of Learning, de Josh Waitzkin
The first 20 hours, de Josh Kaufman
Conferencia de Anxo Pérez en Mentes Creativas

Y por supuesto, artículos, webs, etc… que he ido enlazando dentro del texto.

Seguro que en el futuro habrá más lecturas, que quizás me lleven a modificar este esquema. Pero de momento, para mis objetivos, este resumen me vale.

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Talento y esfuerzo: un modelo

Ayer leía un artículo en el que se contaba el “experimento” realizado con una persona “sin talento natural” a la que se enseñaba, a lo largo de un año (y de forma muy dirigida), a jugar al ping-pong. La pregunta que subyace a la anécdota es… ¿hasta dónde te puede llevar la mera práctica si careces de talento?.

Últimamente estoy dando bastantes vueltas a conceptos relacionados con el aprendizaje, y esa habilidad tan relevante que es “aprender a aprender“. ¿Puede uno, independientemente de su “talento natural”, poner en práctica una serie de técnicas y metodologías que le permitan llegar lejos en el dominio de una determinada habilidad? Mi sensación (sensación informada, pero sensación al fin y al cabo) es que sí. Que el esfuerzo (la práctica) tiene mucho más peso que el talento a la hora de llegar al dominio de una habilidad.

He elaborado este pequeño cuadro con una “fórmula” que para mí recoge el impacto de cada uno de estos dos factores. Si disponemos de una cantidad de “talento natural” (medida del 0 al 10), y realizamos un determinado esfuerzo (medido también del 0 al 10), ¿cuál es el nivel que podemos alcanzar?

Esfuerzo vs talento

Cuando hablo de “esfuerzo“, no me estoy refiriendo a cualquier tipo de esfuerzo. El esfuerzo, para que resulte productivo, debe seguir unas determinadas metodologías, pautas, una secuencia, una guía… en definitiva, un proceso de aprendizaje focalizado, con mucho énfasis en la práctica deliberada. No es solo tiempo, también técnica. Pero es algo que está al alcance de cualquiera que esté dispuesto a hacer la inversión. Como dice esa anécdota que se le atribuye a Andrés Segovia, cuando alguien le dijo “maestro, daría la vida por tocar como usted” y respondió “eso es exactamente lo que yo di”.

En cuanto a “talento“, me refiero a las habilidades naturales que cada uno tenemos. Porque sí, creo que cada uno estamos más dotados de forma natural para unas cosas, y para otras menos. Puede que nuestra coordinación sea mejor, o que tengamos mejor oído, o que se nos den mejor las matemáticas.

La cuestión es que creo que el “talento”, por sí mismo, no lleva a nadie demasiado lejos. Cualquiera que haga un poquito más de “esfuerzo” que tú, por mucho talento que tengas tú y poco que tenga el otro, va a alcanzar un nivel superior al tuyo. Alguien sin ningún tipo de talento, pero con la cantidad y calidad de esfuerzo suficiente, puede llegar a alcanzar un nivel más que notable. Una conclusión en línea con lo que se ha venido a llamar “mentalidad de crecimiento

En este sentido, creo que el talento solo marca la diferencia en el tramo final. Es decir, entre dos personas que han puesto el máximo de esfuerzo, será el talento el que acabe decidiendo la partida. Las dos serán extremadamente competentes, muy superiores al común de los mortales en el desempeño de esa actividad. Puede que incluso las diferencias entre ellos sean tan sutiles, tan de matiz, que resulten inapreciables para la mayoría. Pero solo uno será “el virtuoso”

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