Crisis migratorias y vasos comunicantes

Todavía recuerdo el dibujo hecho en la pizarra. El profe de física nos explicaba el principio de los vasos comunicantes, cómo si en dos recipientes comunicados se vertía un líquido, éste se distribuía en los recipientes hasta alcanzar la misma altura en ambos independientemente de su forma y también (y esto me maravillaba) de su volumen. Si los recipientes están convenientemente separados cada uno se comporta de forma autónoma, pero en el momento en el que se unen la presión del líquido se distribuye de forma homogénea hasta el punto en que (y aquí recurro a la wikipedia), “la presión hidrostática a una profundidad dada es siempre la misma”.

El concepto de los vasos comunicantes viene con frecuencia a mi cabeza cuando leo noticias y veo imágenes relacionadas con los movimientos migratorios. Estos días nos asaltan de forma explosivamente dramática (los naufragios en el Mediterráneo, las multitudes a las puertas de Macedonia, los cadáveres en un camión en Austria…), pero no dejan de ser parte de un fenómeno mucho más amplio que se desarrolla de forma continua y habitualmente lejos de las portadas de los medios de comunicación (y por lo tanto de nuestros ojos).

Vivimos en un mundo compartimentado. Recipientes poco y mal conectados. De los 7.000 millones de habitantes del mundo (*), unos 1.000 viven con unas condiciones de “ricos” (medido en términos de PIB per cápita están aproximadamente en $45.000), mientras que los 6.000 millones restantes viven en condiciones de “pobres” (la décima parte del PIB per cápita que los ricos, del orden de $4.500). Eso haciendo una separación muy gruesa (que tiene no poca dispersión dentro de cada grupo). En mi metáfora, esto son dos recipientes separados. Uno estrecho (el de los 1.000 millones de ricos) donde el líquido (la riqueza per cápita) llega muy arriba, y otro muy ancho (el de los 6.000 millones de pobres) donde el líquido cubre el fondo y poco más.

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Pero no, es ilusorio pensar que esos recipientes están efectivamente separados. A pesar de los controles fronterizos, las personas se mueven (tanto de forma legal como ilegal) entre países. Y no solo huyendo de guerras y persecuciones, sino simplemente buscando unas mejores condiciones de vida. Y así nos encontramos con miles de personas dispuestas a trabajar por una fracción de lo que pedimos nosotros (pero aun así, varias veces lo que conseguían en su país de origen a donde incluso son capaces de enviar fondos), “quitándonos nuestros trabajos” (odio esa expresión), “aprovechándose de nuestros servicios” (otra que tal), etc.

Y en realidad ni siquiera hace falta que se muevan: basta con que en sus países de origen empiecen a prosperar para que los flujos económicos empiecen a cambiar de signo. Si un país pobre empieza a montar fábricas y a producir más barato que los países ricos, gracias al mercado mundial (recordemos que la Tierra es plana) se incrementa su producción y disminuye la del país rico. Más trabajo y mejores condiciones de vida para el pobre (todavía a años luz de los ricos, pero más cerca que antes), empeoramiento en el país rico.

Claro, el segmento que comunica los dos recipientes no es muy ancho. Hay fronteras, hay “inmigrantes irregulares” a los que se expulsa, hay restricciones al comercio internacional, etc. Pero no hay una separación total (creo que es imposible que la haya… ni cuando se construyen muros físicos se consigue), así que lo lógico es que los acontecimientos sigan (despacito, pero de forma inexorable) su curso.Y que acabemos en una situación parecida a esta otra en la que los dos recipientes se han unido. El volumen total de líquido (la riqueza mundial) se reparte de forma homogénea entre los 7.000 millones de habitantes del mundo. Eso implica que los pobres mejoren su situación (pasando de 4.500$ hasta los 10.000$ de media mundial… parece poco, pero supone que 6.000 millones de personas dupliquen su riqueza), a costa los ricos, que verán como esa transferencia de riqueza a “los pobres” tiene un impacto brutal en su riqueza per cápita (de los 45.000$ a los 10.000$)

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Desde luego, las personas no son “líquidos”. La demografía no es “física”. Podemos esperar que el progreso haga que la riqueza mundial se expanda, que la tarta se haga más grande. Lo que queráis. Pero sea como sea, a mí me parece de cajón que en un mundo como en el que vivimos las cosas vayan tendiendo al equilibrio. No vivimos “crisis migratorias” (como quien tiene un resfriado que se cura) sino un proceso crónico, que a veces cursará de forma más silenciosa y que a veces tendrá estallidos de notoriedad. Y podemos esperar que ese equilibrio supondrá un impacto brutal para nosotros “los ricos” (… sí, porque si estás leyendo esto es muy probable que estés en este grupo). Ellos (“los pobres”) son muchos más, y quieren prosperar. Y nosotros somos menos, y tenemos lo que ellos quieren.

(*) Las cifras son aproximadas; no buscaba “exactitud” sino órdenes de magnitud

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La empresa que creció

Pepito era un tipo avispado. Un emprendedor. Decidió montar un negocio, pongamos que un restaurante (pero podría ser una tienda, una fábrica, un… lo que sea). Pepito se pasaba el día en su negocio, trasmitiéndole su energía y su personalidad. Estaba encima de todos los detalles, empeñado como estaba en que la realidad se ajustase lo más posible a lo que tenía en mente. Su restaurante pronto empezó a funcionar a las mil maravillas, y a generar dinero.

Pepito pensó entonces: “si lo he hecho una vez, puedo hacerlo una segunda, ¿no?”. Al fin y al cabo, abrir un segundo restaurante parecía lógico, si el primero daba X beneficios, el segundo le permitiría obtener aún más. Podía aprovechar la experiencia, coger parte del equipo que ya había formado para el nuevo restaurante y dejar al mando en el anterior a este chico con quien había conseguido gran complicidad, prácticamente un doble suyo con el que compartía por completo la visión del negocio… Es verdad que ya no podría estar el 100% de su tiempo en el restaurante, pero bien podía repartirse entre los dos y estar suficientemente al día de todo, ¿no?

El segundo restaurante salió fenomenal. Más beneficios. ¿Por qué no un tercero? ¿Y un cuarto? Desde luego el tiempo no le daba ya para estar encima de todos los detalles. Pero tenía unos encargados en quienes confiaba, y que eran casi como si él mismo estuviese al pie del cañón. Casi.

Pepito decidió que, ya metido en faena, mejor seguir creciendo. Así podría obtener ventajas derivadas del crecimiento, las “economías de escala” a las que siempre había aspirado. A medida que iba creciendo, los costes de estructura se diluían más. Conseguía mejores condiciones respecto a los proveedores, que ya le daban un trato preferencial. Se lanzó a realizar campañas de marketing cuyo aprovechamiento era cada vez mayor. Su marca empezaba a ser conocida. Los beneficios totales aumentaban con cada nuevo restaurante; es verdad que no al mismo ritmo que con los primeros, pero seguía sumándose dinero a sus bolsillos.

Por supuesto, hacía tiempo que Pepito había perdido el pulso del día a día en sus restaurantes. Procuraba pasar en ellos el máximo tiempo posible una vez atendidas sus obligaciones “corporativas” (como le aburrían las reuniones, pero eran necesarias… la mayoría de ellas al menos), ¡siempre al pie del cañón!, pero la atención que podía prestar a cada restaurante individual era muy poca; visitas rápidas cada semana, que después tuvieron que espaciarse aun más. Desde luego conocía a todos los encargados, aunque para su gusto no todos eran “pura sangre” como él. De vista le sonaban todos los empleados… bueno, la mayoría; sobre todo los antiguos, porque los nuevos entraban y salían demasiado deprisa. En cierto modo añoraba los tiempos en los que él se encargaba personalmente la selección, y no contrataba a nadie que no tuviese aquella “chispa” en los ojos. Sí es verdad que su pequeño equipo de RRHH tenía hechos “perfiles” que en teoría les debían servir para hacer una criba, pero no parecían estar siendo tan exigentes como él lo era al principio. Pero bueno, había que contratar sí o sí, y él tampoco podía estar encima de esos detalles. Y los beneficios seguían entrando, así que…

Así, cada paso en el proceso de crecimiento, Pepito se alejaba más del día a día y de los detalles. Para compensar, fue creando una estructura a su alrededor (pequeña al principio, más grande al final) de equipos que se encargaban de llegar a donde él no llegaba. RRHH, control de gestión, operaciones… Su presencia se iba viendo sustituida poco a poco por “personas interpuestas”, por procedimientos, políticas y sistemas que se encargaban de darle algo de coherencia y solidez al conjunto. Desde luego no era lo mismo: en su primer restaurante Pepito sabía de sobra dónde iba cada euro, quién era quién en el restaurante, quién merecía un ascenso y a quién había que despedir, qué había que hacer en cada momento de la semana para vender más y ser rentable, cómo tenía que estar organizado el servicio, cuándo las recetas estaban bien elaboradas y cuándo no, cuál era el stock que tenía que tener y cuál no. Si algo no funcionaba, se cambiaba enseguida (sin reuniones, ni comités, ni gaitas en vinagre). Y su presencia constante hacía que los que estaban a su alrededor se contagiasen de su energía, de sus conocimientos, de su particular forma de hacer las cosas que había sido la clave del éxito. Ahora todo eso estaba en forma de documentos y herramientas, sí, pero era difícil que un documento fuese capaz de recoger todos los matices necesarios; y aun encima, debían de ser interpretados y puestos en práctica por un conjunto de personas cada vez más heterogéneo.

Pepito levantó la vista de los informes que estaba ojeando en su tablet mientras comía algo rápido en uno de sus restaurantes. El negocio era suyo, y había sido un éxito indudable como atestiguaba la cuenta de resultados que tenía entre manos y los euros que se acumulaban en su cuenta. Pero al mirar alrededor sintió una punzada de nostalgia. Aquel sitio podía parecerse a aquel restaurante original en el que tantas horas había pasado; de hecho, a nivel formal, era mucho más bonito. Pero si se fijaba en los detalles… aquel plato había salido mal, el camarero de allá desganado, aquellas mesas del fondo sin recoger, la cola de clientes creciendo en la entrada sin que nadie se dignase a decirles nada, el encargado mirando no sé qué en su móvil. Echaba de menos los rostros llenos de energía, la sensación de implicación y “todos a una” que había en sus tiempos, la atención a los detalles. Recordaba aquellos momentos cuando, pese al agotamiento al terminar los servicios, todos se miraban compartiendo el orgullo de un trabajo bien hecho. Cuando peleaban cada euro como si el negocio fuera suyo, y no fuesen simples empleados que hoy estaban aquí y mañana estaban allá. Claro, que por aquel entonces el negocio era suyo y eso se notaba. Sintió ganas de quitarse la chaqueta y la corbata, arremangarse la camisa, y ponerse al frente. Como antes.

Pepito agitó la cabeza, ahuyentando esos pensamientos. Hacía mucho tiempo que ése no era su trabajo. Volvió a hundir la mirada en su tablet, fijándose en los números negros, números que pese a todo engrosarían su patrimonio. Al fin y al cabo, tener un negocio se trata de eso. ¿No?

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Llevaba tiempo con esta reflexión en la mente. El crecimiento, ese tótem de los negocios. Cuanto más grande seas, más beneficios tendrás. Las economías de escala como camino a la competitividad primero (es verdad que en algunos casos el crecimiento es un imperativo competitivo; si no creces eres incapaz de ser rentable… aunque…¿siempre, en todos los casos?) y a la riqueza después (eres competitivo, pero si puedes añadir rendimiento aunque sea marginalmente decreciente… ¡que sume, que sume!). Sí, es verdad que durante el crecimiento también hay “deseconomías de escala”, elementos de cuando eres pequeño que se pierden a medida que te haces grande. Algunas más evidentes (costes de estructura, costes de coordinación, etc.) pero otras más intangibles. Y por eso probablemente menos consideradas en los análisis numéricos. ¿Cuanto cuesta la dilución de la cultura corporativa? ¿Cuánto cuesta la pérdida de la implicación, la desmotivación, la desaparición del orgullo de pertenencia? ¿Cuánto cuestan la burocracia, las reuniones, los comités, las luchas de poder? ¿Cuánto cuesta la falta de dinamismo, de flexibilidad, de capacidad de reacción? ¿Cuánto cuesta la heterogeneidad? ¿Pueden las políticas, procedimientos, herramientas… compensarlo?

A quién le importa…

Bonus: “La magia de pensar en pequeño“, de Alfonso Romay

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¿Y si pierdo diez años de blog?

El otro día me disponía a abrir el blog para escribir algo. “Your account has been suspended”… ¿pero qué narices pasa?. Descubro en Gmail un correo de mi proveedor de hosting donde me informan de que “se ha enviado spam desde mi cuenta” y que, por lo tanto, mi cuenta ha quedado suspendida. Espera, espera… ¿qué? ¿spam? Toca contactar con el proveedor, a ver qué está pasando y cómo se puede resolver. Pero en el ambiente empieza a flotar una cuestión… ¿y si por lo que sea no me desbloquean la cuenta? ¿Y si ni siquiera puedo recuperar los contenidos?

Ya sé, ya sé. “¿Cómo? ¿Es que acaso no tenías un backup de todo?”. Las copias de seguridad, eso que todos deberíamos hacer de forma sistemática y regular como mecanismo de protección, porque como dicen en Microsiervos, “solo hay dos tipos de usuarios: los que han perdido datos, y los que los perderán en el futuro”. Pero eh, lo que nadie te dice es lo coñazo que resulta hacer copias de seguridad… y tenerlas bien organizadas… y acordarte… y… bueno, que no, que no tenía copias de seguridad.

El caso es que, tras un rato de sudores fríos, me empecé a plantear… ¿y qué si se pierden esos diez años de contenidos? Que sí, es un “pelotazo” al ego, pero… ¿realmente tendría alguna consecuencia, algún impacto? Ya he dicho alguna vez que, mal que nos pese, creo que lo que escribimos/producimos interesa realmente a cuatro gatos mal contados. Y eso hablando de lo actual; si revisamos estadísticas de archivos podemos ver bolitas rodando como en las pelis del oeste, y solo de vez en cuando Google te trae a algún visitante despistado que tan rápido como entra, sale. Así que, a efectos prácticos, tener 10 años de contenidos y no tenerlos es básicamente lo mismo.

“¿Y tu marca personal? ¿No sufrirá al perder ese escaparate?”. No lo creo… mi “marca personal” es la que es a día de hoy. Sí, habrá gente que se haya hecho una idea de mí gracias a lo que he ido publicando a lo largo de los años. Pero el trabajo está hecho: lo publiqué en su día, lo leyeron… y no necesitan leerme de forma retrospectiva para consolidar nada. Y la gente nueva se hará su imagen de mí construyendo sobre lo que publique a partir de ahora, no sobre diez años de tabarra bloguera que, seamos serios, nadie va a dedicar su tiempo a leer.

Así que, en realidad, el impacto iba a ser mínimo, casi inexistente. Cierto rollo para mí ya que, como comentaba con Inma, me suele gustar enlazar con posts que he escrito antes (es curioso como, a pesar de los años transcurridos, hay contenidos que te vienen a la memoria tan frescos como si estuviesen recién escritos… y es más fácil enlazarlos que volverlos a escribir).

En fin. El blog está recuperado (la prueba es que estás leyendo esto :D). He hecho una copia de seguridad “para por si acaso”. Pero en el fondo, durante algunas horas, he fantaseado con la idea de “dejarlo ir”. Y no es tan grave como parecía. De hecho, resultaba hasta apetecible hacer un borrón y cuenta nueva, una especie de “hoguera de San Juan bloguera”, una cura de humildad.

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Cambia de avatar, que también caduca

avatares

Desde que ando por estos mundos internéticos de dios (o más exactamente, desde que empecé a dar la cara en ellos) tengo por costumbre cambiar de avatar (esa foto que te identifica) más o menos cada año. No es que me aburra de verme siempre igual, aunque algo de eso también hay. No, la cuestión es que siempre he pensado que la gracia de esa foto es que la gente te identifique, que “te vean la cara”… y tu cara va cambiando con el tiempo. Claro, a ti no te lo parece porque te ves todos los días. Pero… ¿no os ha pasado alguna vez que te encuentras a alguien, ves su careto y lo comparas con el que pone en internet, y piensas “eh, que esa foto lleva unos añitos de retraso, majo”? Los avatares caducan, y si bien tampoco me gusta esa gente que cambia de avatar cada dos por tres (que te despistan, coño), lo que no puede uno es aferrarse a una imagen de un pasado tan lejano que “canta”.

No sé si será pereza para escoger una nueva foto, una coquetería mal entendida o simple negación de la realidad… pero venga, que de vez en cuando toca actualizarse.

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De vacaciones con un dumbphone (after)

Este año decidí salir de vacaciones dejando en casa el smarthpone. Pasaron esos días, sobreviví (sí, claro… ¡pero había quien lo dudaba!), y éstas son algunas de mis reflexiones.

  • Es sorprendente (y en cierto sentido humillante) la sensación física de que “te falta algo”. Recién llegado al destino, nada más subir las maletas, me descubrí echando mano al bolsillo, y notando un punto de ansiedad al notar que el móvil “ni estaba ni se le esperaba”. Nunca he fumado (y por lo tanto no lo he tenido que dejar), pero me recordé a un fumador con el mono. ¿Y todo por qué? Porque no podía cumplir con la rutina de “a ver qué ha pasado en estas tres horas”. Absurdo, sí. Pero real.
  • Lo bueno es que esa sensación desapareció pronto. Estás en otras circunstancias, cambias las rutinas, cambia el entorno. Más momentos de “atención no diluida” (por ejemplo, tiradas de lectura mucho más largas de lo habitual), más momentos de “sentarse sin más” (sin esa autoexigencia de “tengo que ocupar mi tiempo en algo”, aunque ese “algo” fuese tan vacuo como revisar el móvil arriba y abajo). Más serenidad, menos inputs accediendo a tu cerebro.
  • Aun así confieso que tuve momentos de debilidad. Llegué a configurar la cutre-conexión de mi dumbphone (“solo para ver el correo”; no esperaba nada relevante, y nada relevante vino… pero era por recuperar la sensación de estar “conectado al mundo”). Joder, ¡llegué a usar el teletexto de la televisión! (“solo para ver qué ha pasado en el mundo”). Las propias limitaciones de estos sistemas (aunque eh, el teletexto moló siempre) impidieron que me enganchase. Pero la cabra tiraba al monte…
  • Hubo momentos en los que reflexioné sobre las cosas útiles del smartphone que me estaba perdiendo. Poder haber usado un mapa, o una información sobre algún sitio que queríamos visitar, o apuntar alguna idea que se te ocurría al vuelo… No son cosas que “necesites”, pero sí que te pueden “facilitar la vida”. Al final, el smartphone tiene un potencial para el bien. Y también para el “mal” (la distracción indiscriminada). ¿Es posible tener lo bueno sin exponerse a lo malo?
  • También estuve pensando en esa parte “inútil”. ¿Por qué siento el impulso de “estar al día” de lo que pasa en el mundo? ¿Por qué dedico tanto tiempo y atención a leer cosas irrelevantes que publica gente a la que apenas conozco? ¿Por qué siento la necesidad de hacer una foto y publicarla, de que se me venga algo a la cabeza y ponerlo en twitter, de dar mi opinión sobre cualquier cosa (sí, me descubrí varias veces pensando “¡esto merece un tuit!”). Mi yo “racional” sabe que no tiene ningún sentido. Que a (casi) nadie le importa lo que yo pueda opinar de casi nada. Que poco o nada de lo que yo lea por ahí va a tener ningún impacto en mi vida. Pero mis actos no son coherentes con mi razonamiento y he estado rascando en el “por qué”, que supongo que no es muy distinto al de cualquier conducta de evasión. Porque es lo que haces: evadirte, huir a una realidad alternativa en la que tienes la falsa sensación de “estar haciendo algo” (aunque sea algo tan inane), la falsa sensación de “estar conectado” (con unas conexiones tan débiles que no soportarían un soplido), la falsa sensación de que lo que haces/piensas le importa a “la gente” (cuando en el mejor de los casos te otorgan la misma “lectura diagonal” que tú les otorgas a ellos). Y te evades ahí porque hacer cosas “de verdad” es mucho más difícil (para empezar, te obliga a pensar en qué es lo que quieres hacer, a buscar sentido a tus actos y a tomar las riendas de tu vida… con lo fácil que es dejarse llevar por la inercia…), porque tener conexiones “de verdad” es más exigente, porque asumir tu insignificancia es un golpe duro para el ego. Buf. Aquí hay tomate.

Y claro, después del experimento, toca el regreso. Y compruebas lo fácil que recaes en los viejos hábitos; porque somos animalitos de costumbres, y si quieres modificar un hábito tienes que hacer un esfuerzo consciente. Y tienes rondando en la cabeza las conclusiones que has sacado y lo que significan, pero es tan fácil sumergirse en la cómoda e inocua rutina, y tan incómodo enfrentarse a lo que estás tratando de esconder bajo la alfombra

Me gustaría decir que he vuelto transformado. No. Va a ser más difícil que una caída del caballo a lo San Pablo. Aquí hay mucha tela que cortar.

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De vacaciones con un dumbphone (before)

Este año, para las vacaciones, he decidido que el smartphone se queda en casa.

Es curioso. Hace años, leía a gente decir que “me voy de vacaciones, tiempo de desconexión” y no lo entendía. Me parecía que esa visión de separar “vida conectada” de “vida desconectada” no tenía ningún sentido, que no pasaba nada por llevar un aparatito en el bolsillo que te permitía mantener el hilo con el mundo aunque tu entorno físico cambie. Que eres tú quien controla al aparato, y no al revés. Que tu “yo digital” es inseparable de tu “yo físico”, y que está bien que así sea.

Pero en los últimos tiempos estoy teniendo una sensación extraña, de “pérdida de control”. Lo comentaba hace días cuando hablaba de mi colección de pantallas. El móvil se ha convertido en un apéndice que creo que está empezando a interferir en mi día a día. He adquirido rutinas demasiado absorbentes con él. Me levanto y me pongo a ver el twitter, del twitter pasas al facebook, al instagram, echas un vistazo a los periódicos online, pasas al correo, el whatsapp, un repasito al Clash of Clans… y vuelta a empezar. Me he descubierto rellenando prácticamente cualquier momento de “inactividad” con el móvil (y lo que es peor, dejando que esos momentos se expandan más allá de la teórica “inactividad”); y en demasiadas ocasiones, prestando más atención a lo que pasa en la pantallita que a lo que pasa a mi alrededor. Lo cual es lamentable cuando “lo que pasa en la pantallita” es básicamente irrelevante y no aporta prácticamente nada a tu vida. Pero es bonito, siempre hay nueva actividad, tiene mecanismos de refuerzo psicológico… y es fácil dejarse llevar.

Así que aprovechando que voy a estar unos días fuera, he decidido separarme unos días de este apéndice. He recuperado un móvil antiguo, un “dumbphone”, y voy a dejar el “smartphone” en casa. El teléfono elegido es menos “dumb” de lo que me gustaría, porque en realidad permite una conexión básica a la red de datos que en un momento dado podría servirme para “quitarme el mono”… pero creo que su carácter primitivo (ni táctil, ni apps, ni gaitas en vinagre) será suficiente como para romper las rutinas de las que antes hablaba. En realidad iba a escoger un modelo más antiguo (¡de 2003, nada menos!) pero los “amigos” de Vodafone pretendían cobrarme 9€ por liberarlo… y no me ha dado la gana.

¿Cómo van a ser estos días? Nada de twitter (¿qué hará el mundo sin mis agudas reflexiones?), nada de facebook, nada de “hago una foto y la subo a instagram”, nada de “a ver qué ha cambiado en las portadas de los periódicos”. A ver cuántos momentos al día me descubro echando mano al bolsillo con intención de usar un aparato que no está allí. A ver qué efectos tiene “el mono” sobre mí. A ver a qué se enfrenta mi cabeza sin ese confortable mecanismo de evasión.

PD.- Es curioso. Hace casi 7 años hice un repaso a “los móviles de mi vida”… lo llamativo es que ese aparato al que ahora llamo “dumbphone” y que califico de “primitivo”, en aquel entonces era para mí “el móvil casi perfecto” que “cubría muy bien mis necesidades en movilidad”. Lo que cambian los tiempos, Venancio, qué te parece…

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Herramientas: no hay segunda oportunidad para una buena primera impresión

El otro día me dio por curiosear las opiniones de los usuarios de una app lanzada recientemente por gente que conozco. “Buena idea, regular ejecución, mal soporte”, “Necesita mejorar. La idea es buena y funciona casi bien”, “Necesita mejorar muchísimo”, “Buena idea, pero malísima app”, “Esta demasiado verde como para haberla lanzado a nivel nacional”… son algunas de las opiniones que se leen de los primeros usuarios. Sí, también hay alguna valoración positiva, pero el tono general es de decepción.

Inviertes un montón de dinero y tiempo en desarrollar una aplicación, haces un lanzamiento multitudinario, consigues que miles de personas se la descarguen… solo para encontrarse con un producto que funciona de aquella manera. ¿Cuántas de estas personas van a dejar de usarla, y no te van a dar una segunda oportunidad? Da igual que, como dicen los desarrolladores, “gracias a vuestros comentarios vamos ajustando la App para mejorar la experiencia como usuarios”. Muchos de ellos no van a perder más el tiempo contigo.

Desde luego, no soy ajeno a estos problemas. Yo también he caído en ese mismo error. Te pones a diseñar algo que crees que es fantástico. Haces el esfuerzo de desarrollarlo. Lo lanzas… y resulta que la acogida es muy floja. Porque no funciona bien del todo. Porque es complejo. Porque no responde a las necesidades reales del público objetivo. Porque te has venido arriba con tus ideas sin tener en cuenta a quienes en definitiva son quienes tienen que hacer uso de la herramienta. Porque has querido correr, porque no has hecho las suficientes pruebas. Luego sí, intentas recopilar el feedback, intentas reconducir la situación… pero ya es tarde, eres prisionero de lo que ya has hecho, y encima has perdido la confianza de tus potenciales usuarios.

¿Cómo deberían abordarse estos procesos para minimizar el riesgo de una mala acogida? Estoy seguro de que existe un montón de literatura y metodologías que ya dan respuesta a esta pregunta (y sin embargo se ve que no se aplican lo suficiente). Yo, de mi experiencia, extraigo estos puntos:

  • Entiende bien la problemática: y con esto me refiero no a “lo que tú crees que es la problemática”, sino “lo que el usuario cree que es la problemática”. Es a ellos a los que hay que ofrecer soluciones. El despotismo ilustrado (“yo sé lo que tú necesitas”) no funciona. Hay que investigar, hablar con ellos, pasar tiempo a su lado, conocerles. Entender cuál es la china que les aprieta en el zapato. Primero porque así sabremos mejor qué es lo que tenemos que resolver. Y segundo porque en el propio proceso estaremos ganando aliados para el futuro, nos verán como alguien que “se ha molestado en entendernos” y no como alguien que “nos impone su solución”.
  • Resuelve un problema cada vez: es mejor resolver un problema de forma incuestionable, que intentar resolver a la vez quince problemas dejándolos a medias. Escoge un problema, y diseña una solución sencilla, robusta, fiable, que el usuario compre. Si consigues resolverle un problema de forma consistente, ya está de tu lado. A partir de ahí sigue identificando problemas, y resolviéndolos con el mismo nivel de exigencia. Pero uno detrás de otro.
  • Busca el 20%: o “Keep It Simple, Stupid”. Una solución simple va a tener mucha mejor aceptación que una compleja. Incluso si en el camino pierdes potencia. Ya sabemos que “si añadiésemos esto y aquello, los resultados serían aún mejores”. Ya. Pero hay que centrarse en ese 20% de funcionalidades que resuelven el 80% del problema. Ya habrá tiempo de rizar el rizo, si realmente es necesario. Porque si de un problema resuelves el 80%, posiblemente deje de ser un problema y te puedas centrar en otra cosa.
  • Prueba las soluciones exhaustivamente: probar, probar, y probar. Necesitas un colectivo pequeño con quienes trabajar en el “piloto”. No vale cualquiera. Tiene que ser gente implicada, que te ayude a testear la herramienta en todas las circunstancias posibles, y que te dé feedback. Hasta que los usuarios de ese piloto no estén extremadamente satisfechos (y se hayan convertido en unos usuarios intensivos), no se puede dar el siguiente paso. Si los que han estado involucrados en el desarrollo no están satisfechos… ¿qué crees que va a pasar con aquellos a los que tu herramienta “les cae del cielo”?

En este sentido, me gustó mucho esta visión de “minimum viable product” que vi en una presentación de Spotify.

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Tienes que resolver problemas desde el minuto 1. Ya irás refinando la forma de hacerlo, ya le añadirás complejidad si es necesario. Pero tu producto, por sencillo que sea, tiene que mejorar la vida del usuario, y tiene que funcionar de forma impecable desde el principio. Si no, es muy probable que el potencial usuario te cierre las puertas.

En mi experiencia, hay un enemigo importante en todo este planteamiento: el tiempo. O mejor dicho, la presión por parte de “los que mandan” para que las soluciones se implanten “antesdeayer”. Todos los pasos que definía antes requieren tiempo. ¿Cuánto? Indefinido. No se puede calendarizar una fase de exploración, no se puede calendarizar una fase de desarrollo, no se puede calendarizar una fase de pruebas. Porque no conoces el problema hasta que te pones a analizarlo. Porque no puedes resolver incidencias hasta que no empiezas las pruebas, no sabes qué va a pasar, no sabes cuánto te va a costar resolverlo. Pero esto es algo que nadie quiere oír, como tampoco quieren oír que “la primera versión sólo va a centrarse en un problema muy concreto”. Quieren la solución “tope de gama”, y la quieren ya.

Y eso hace que nos saltemos pasos. No preguntamos a los usuarios, porque “el problema está claro”. Diseñamos de espaldas a ellos. Nos metemos en caros y complejos desarrollos sin haber validado nuestras asunciones (o aceptamos como “validación” que alguien en un comité simplemente no se negase). Hacemos un par de pruebas en una semana, ignoramos el feedback que nos den, y nos ponemos con la expansión. Y sacamos pecho en una reunión de seguimiento. ¡Hemos cumplido! Ahí está nuestra herramienta, que mira qué bien funciona (en la demo… y de hecho a veces la demo la hacemos con pantallazos en powerpoint “por si acaso los problemas del directo”), ¡y en el plazo que prometimos!. Luego empiezan los problemas, el “runrun” de que aquello no va bien, que es complejo, que en determinadas circunstancias no funciona, que tampoco me resuelve nada, que yo lo que necesito no es esto. El impacto que se supone que debería de tener no aparece por ningún lado. Y entonces nos ponemos a pensar “qué podemos hacer para enderezar el rumbo”, y empezamos a pensar en “la inversión que hemos hecho para nada”. Ya. A buenas horas.

Las cosas, para que salgan bien, hay que hacerlas de determinada manera. No sirven los atajos. Y quienes toman las decisiones (y quienes les asesoran, que muchas veces son parte del problema porque son los primeros que no dicen las cosas como son) deben asumirlo.

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Los hijos y el pensamiento crítico

Considero que una de las habilidades fundamentales de un adulto es el pensamiento crítico. Es decir, la capacidad de no dar por válido nada sin darle una vuelta por uno mismo. Y como tal, una de las misiones fundamentales como padres consiste en ayudar a nuestros hijos a que desarrollen esa capacidad.

No te fíes de los anuncios de la tele. No te fíes de lo que digan los periódicos y demás medios de comunicación. No te fíes de lo que te cuenten los políticos, ni de los gobiernos. No te fíes del empleado del banco. No aceptes como válidas las opiniones de tu grupo de amigos, piensa por ti mismo (“si tus amigos se tiran por un puente…”). Siéntete libre de cuestionar a tus profesores si se equivocan…

Y entonces, en un puro ejercicio de coherencia, llegas al punto conflictivo: “cuestiona lo que te digan tus padres, o sea, yo”.

Más allá de la aparente paradoja (“si me dices que no me fíe de lo que me dices… ¿tampoco me fío cuando me dices que no me fíe?”), este punto supone un verdadero reto para los padres. Por un lado, tienes claro que quieres que tus hijos desarrollen el pensamiento crítico. Pero por otro lado, puede llegar a ser agotador cuando te lo aplican a ti. Desde que nacen sus hijos, los padres se convierten unos “déspotas ilustrados” para con ellos. Todo lo hacemos por su bien, claro, pero a nuestra manera. Cuando son bebés, obviamente, no tienen derecho a réplica; pero a medida que van creciendo, desarrollando su independencia… empiezan a cuestionar nuestros planteamientos. “Tienes que irte a la cama” vs “¿Por qué me tengo que ir a la cama tan pronto”. “Vamos al colegio” vs “pues yo no quiero ir al colegio, no sé por qué tengo que ir”. “No puedes jugar a este juego, todavía eres pequeño” vs “a ver por qué no puedo jugar”.

Cuando los críos nos ponen en cuestión, podemos sacar nuestros argumentos. Pero no siempre nuestros argumentos convencen. A veces los críos no los entienden porque, obviamente, tienen un menor conocimiento (“ya crecerás y lo entenderás”). Pero a veces no convencen porque simplemente son muy endebles… responden a nuestra comodidad, a nuestras costumbres, a nuestra forma de ver el mundo, o simplemente a “verdades comúnmente aceptadas”. Y en el momento en el que esa endeblez queda de manifiesto, no es difícil que terminemos recurriendo al “pues porque lo digo yo, que soy tu padre, y aquí se hace lo que yo diga y punto pelota”. O sea, queremos que desarrollen el pensamiento crítico, pero eh, chaval, conmigo no te crezcas que soy tu padre. Al final acabamos actuando con la misma condescendencia y/o intransigencia frente a la que les queremos alertar cuando viene de otras fuentes.

En el ámbito racional, tengo claro que si quiero criar a adultos sólidos y solventes, me toca aguantarme. Tendré que alentar su pensamiento crítico, y lidiar con la incomodidad de su cuestionamiento permanente. Tendré que esforzarme en argumentar mejor para convencer, y tendré que aceptar sus decisiones autónomas cuando no consiga convencerles, incluso aunque no esté de acuerdo con ellas y piense que están manifiestamente equivocados. No puedo sacar la tarjeta del “porque soy tu padre”, porque eso implica validar la tesis de que “algunas cosas se hacen porque un tercero te las dice y no se cuestionan”.

Pero el día a día es largo, y sé que en lo emocional es difícil mantenerse siempre tan inmaculado en estos planteamientos…

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Esta no es mi concepción del trabajo

El otro día (nota: este post ha pasado meses en borrador… así que ese “otro día” es de hace mucho tiempo) iba escuchando la radio en el coche. Tertulia mañanera, sacaron el tema de la globalización. Y oí una argumentación que me dejó “picueto“.

En concreto, hablaban de los chinos. Que si los chinos vienen a España. Que con esa “filosofía del trabajo” que tienen, que trabajan desde por la mañana hasta por la noche, que empiezan a trabajar muy jóvenes y sólo dejan de trabajar cuando están muy mayores y han conseguido dinero para retirarse… y que encima, con esa “historia que nos hemos inventado” de que hay que competir… que a ver qué iba a pasar, que esa no era nuestra concepción del trabajo, y que no podía ser; que tenían que respetar nuestra cultura (????).

De verdad, alucinante. De sus palabras, se venía a deducir que a los chinos una de dos, o se comprometían a trabajar “a nuestro ritmo”, o que no vinieran a “competir” con nosotros.

Otro, ayer. Ganadero de ovejas. “Yo, si me dan un puesto en la Administración o algo, dejo las ovejas ahora mismo”. Otra, en un programa tipo Callejeros: “a mí que me den un piso o algo, que yo así no puedo vivir”.

¿Cuándo, como país, se nos ha ido tanto la pinza? ¿En qué momento surgió la idea generalizada, y se incrustó en nuestro ADN, de que teníamos derecho a tener la vida solucionada?

Comentando el tema en un grupo el otro día, decían “yo no sé, la verdad, hacia dónde va todo esto”. Pues yo tengo una ligera idea: a que se acabó lo que se daba. A que la ficción en la que hemos estado viviendo tanto tiempo, la ficción del “yo tengo derecho a…”, ha llegado a su fin. A que cada vez va a ser más evidente que cualquier cosa que queramos, como individuos y como sociedad, la vamos a tener que pelear por nuestros propios medios, porque no hay nadie capaz de garantizar que vayamos a conseguirlas “porque nos corresponde”.

En fin, yo a estas alturas ya voy estando cansado de pelear estos asuntos. El que quiera entender, que entienda. Y el que no, que siga pensando que “esta no es su concepción del trabajo” y pidiéndole a “alguien” que haga “algo”.

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De nada sirve atesorar tus ideas

Leía el otro día una advertencia sobre publicación de contenidos en internet: “si es una idea no trivial, publícala en tu web“. La tesis es que publicar en servicios de terceros (lease twitter, medium o cualquier otra plataforma) supone arriesgarse a que esas ideas desaparezcan en algún momento, bien por una descontinuación del servicio, o bien enterradas por la propia dinámica de publicación.

Bah. Creer que por publicar en tu propia web tus ideas van a tener más visibilidad en el futuro es una ilusión. Es verdad que puedes estar más protegido (si tomas las precauciones adecuadas; copias de seguridad y esas cosas) frente a una hipotética caída del servicio. Pero en condiciones normales, tus publicaciones van a caer en el olvido igualmente.

De entrada, debemos asumir que a (casi) nadie le importa lo que publicas. Si les pasa a los sesudos estudiosos universitarios, imagina lo que puede pasar con tus posts y tus tuits.

Así que, en el mejor de los casos, cuando publicas algo lo ve un puñado de personas. Ese día, y quizás alguna más al día siguiente. Si por lo que sea tu publicación tiene un cierto efecto viral, tu “minuto de gloria” se extiende un poquito más. Y luego… la nada. Si tienes “suerte” (y lo pongo entre comillas, porque su relevancia es nula) un contenido posiciona en buscadores y atrae más visitas a lo largo del tiempo, la mayoría de las cuales ni se van a molestar en leer lo que pones. Analizar (con un poquito de rigor y sentido crítico) las estadísticas de tus contenidos no dejan lugar a muchas dudas: todas tus ideas, todos tus brillantes artículos… acaban siendo pasto del olvido, por muy “en tu web” que las hayas publicado. Nadie usa el buscador en tu web, nadie va a los archivos a repasar qué publicaste en agosto de 2009, nadie navega por las tags a ver “qué otras ideas brillantes tuvo este señor”.

Desengañate. Nadie va a a hacer una recopilación de tus mejores pensamientos, una antología de tus ideas; igual que tú no lo haces de los demás. . Así que tampoco te obsesiones con guardar tus contenidos como un tesorito, porque nadie va a venir a abrirlo.

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