¿Podría vivir sin coche?

Hoy se celebra el Día sin Coches, y en medio del revuelo mediático/tuitero, me he puesto a pensar. Ocurre que nuestro coche va ya por los 240.000 km, y llegará el día en el que haya que prescindir de él, y quizás sea el momento de plantearse… ¿podría vivir sin coche?

(Nota: por poner en situación, para quien no lo tenga presente, vivo en Aranda de Duero, un pueblo de 35.000 habitantes en medio de Castilla y León. Y eso influye (con pros y contras) si comparamos la situación con alguien que viva, por ejemplo, en Madrid.)

En el día a día en el pueblo el coche básicamente no lo utilizamos para nada. Puede pasarse la semana completa sin tocarlo, durmiendo el sueño de los justos en el garaje. La excepción sería alguna vez que tenemos alguna actividad extraescolar en las afueras o algo de vida social en algún pueblo cercano; ahí, sin coche, todo sería un poco más complicado. Pero hay un pequeño servicio de autobús urbano (que nunca hemos usado, pero creo que suficiente como para llegar a la mayoría de sitios a los que tenemos que ir), hay taxi (que para cosas ocasionales podría solucionarte la papeleta), e incluso podríamos coger costumbre de movernos en bici (los críos ya van siendo más mayores, aunque lo de ir en bici por las calles me sigue poniendo bastante nervioso).

Luego están mis desplazamientos, más o menos habituales, a Madrid. Aquí tengo una línea de autobuses que es razonablemente cómoda pero que me supone un problema con los horarios: por la mañana te obliga o bien a madrugar un huevo, o bien a llegar a Madrid a media mañana (lo cual, bueno, no es para tanto). Y por la noche tengo hora límite a las 22:00, lo cual te invalida algunos planes nocturnos. Aunque estoy pensando que, en el peor de los casos, podría jugar la baza de pernoctar en Madrid y asunto arreglado.

Para moverse por Madrid, normalmente podría sin demasiado problema hacerlo en transporte público (y más cuando son desplazamientos “intra-día”, es decir, fuera de las horas punta). Alguna vez tengo que ir un poco más a las afueras, y puede que eso fuese más incómodo… pero tampoco es lo habitual.

O sea, que para la vida “cotidiana” podría prescindir del coche casi al 100%, con alternativas razonablemente cómodas (más incómodas que el coche, sí, pero dentro de un orden razonable).

Mi problema lo veo sobre todo con los desplazamientos familiares. Tenemos familia fuera, por lo que cada pocas semanas toca un viaje de fin de semana de cuatro personas más equipajes. Las conexiones interurbanas de transporte público no son nada cómodas/flexibles (ni en horarios, ni en duración del viaje, ni en la conexión “estación-lugar de destino”, ni en precio…), por lo que quedarían básicamente descartadas (para una ocasión especial te lo puedes plantear, pero si eso sucede cada cuatro-cinco semanas… puf). Con las vacaciones pasaría tres cuartas partes de lo mismo, con el factor añadido del uso del coche en destino. “Pues puedes alquilar”… pues sí, es cierto. Lo malo de vivir en un pueblo es que las opciones de alquiler son escasas (si es que existen; en mi caso no hay ninguna de las típicas empresas de alquiler, sólo tengo localizada una empresa local que no tengo ni idea de qué tal funciona).

El tema económico es otra historia; nunca me he puesto a hacer las cuentas en serio, pero vamos, entre lo que cuesta el coche en sí, el seguro, las reparaciones (la semana pasada salí con 1.650 euros menos del taller por “cuatro cositas”), la gasolina, el garaje y los parkings… apuesto a que se podría disponer de un presupuesto amplio para gastarse en taxis, alquileres, transportes públicos y lo que haga falta.

Sospecho que todo esto del coche tiene mucho de cultural, de paradigma con el que naces y se te hace difícil cambiar. Siempre ha habido un coche en mi vida, y me he acostumbrado a usarlo sin cuestionarme demasiado si puede haber una alternativa. Se te hace raro, difícil, incómodo… imaginarte sin coche. Además, una vez que lo compras, ya te desentiendes de la decisión por al menos diez años, “el daño ya está hecho”.

Pero si lo piensas de verdad…

Contenido relacionado:

Continue Reading

La estrategia en la pared

Una de mis batallas (spoiler: perdí) en un cliente tenía que ver con la dispersión. Los temas que eran importantes un día desaparecían de la agenda en cuestión de semanas o días, sustituidos por otros “temas importantes” cuando no por un “variadito” de asuntos menores y anecdóticos. Las reuniones de comité empezaban con un “A ver, temas”, y allí se iban despachando las cosas según cada uno iba poniendo encima de la mesa; sin agenda previa, sin orden ni concierto. Con esos mimbres, las reuniones solían derivar en discusiones bizantinas sobre cualquier cosa, cuando no en una ronda de chascarrillos, hasta que alguien decía “bueno, pues yo me tengo que ir” y levantábamos el campamento. Recuerdo que un día que no tenía yo el horno para bollos dije “bueno, ¿y si nos centramos un poco en resolver cosas, y luego si queréis echar unas risas nos vamos a tomar algo por ahí?”. Me miraron como a un bicho raro, “hombre, es el rato que tenemos para poner cosas en común, no hay que ponerse tan serio”.

Obviamente esta dispersión se trasladaba más allá de las reuniones; las prioridades, la asignación de atención y de recursos, las decisiones cambiantes y contradictorias, los discursos inconsistentes

Yo les decía: “tenemos que tener claro lo que queremos de aquí a un año, las cuatro o cinco líneas de acción principales que nos sirvan de marco de referencia. Eso deberíamos ser capaces de pintarlo en un cartel, y colgarlo en la pared de este despacho, y en toda la oficina, para que todo el mundo lo tenga siempre presente. Cuando hagamos una reunión, deberíamos repasar las líneas de acción y ver qué estamos haciendo respecto a cada una de ellas. Si no estamos haciendo lo suficiente, debemos ponernos las pilas. Y las cosas que no encajen con lo que tenemos pintado… se quedan las últimas, o directamente se dejan para más adelante, pero no podemos darles protagonismo en detrimento de las principales”.

De hecho, al principal directivo le decía: “tu labor básicamente debería ser esa; hacer que definamos entre todos cuál es esa hoja de ruta, y velar para que no nos salgamos del camino, coordinarnos a todos para que focalicemos y coordinemos nuestros esfuerzos para seguirlo”. Me miraba como si me entendiera, pero luego a la hora de la verdad…

Mi idea del “mapa estratégico” nunca llegó a realizarse. Ni siquiera hubo un amago. Hubiese requerido esfuerzo y tiempo para pensar (el “dónde quiero ir” vs “donde me lleven las circunstancias”), hubiese sido visto como una restricción (la excusa de “la flexibilidad” es el escondite de los dispersos), hubiese obligado a decir que “no” a algunas cosas y a defender una visión, y hubiese exigido ser coherentes y consistentes a lo largo de las semanas y los meses. Demasiado pedir.

Pd: Estoy mirando las paredes a mi alrededor. Resulta que tampoco veo ningún cartel…

Contenido relacionado:

Continue Reading

Tamariz y lo que llevas dentro

Estuve viendo hace unos días una entrevista reciente al mago Juan Tamariz. Siento, como algunos ya sabéis, una gran debilidad por este hombre; por que es una pasada como artista, pero también porque me transmite una mezcla de sencillez, cercanía, sentido común… una forma de ver la vida muy reconfortante. Hace unos años pude verle en directo y salí fascinado.

El caso es que durante esta entrevista, le preguntan sobre “los nervios antes de salir al escenario”. Y después de contar una anécdota de juventud, Tamariz hace la siguiente reflexión:

“Cuando actúas y quieres dar algo, quieres compartir con los demás… tú traes un regalo []. Si tú das algo no puedes tener miedo, si traes un regalo, ¿por qué vas a estar nervioso? Si lo que buscas es compartir lo que llevas dentro, ¿qué te va a pasar?”

Contaba esto el otro día durante una comida, y lo vinculaba a mi propia experiencia, en este caso con los blogs. Llevo escribiendo este blog desde 2004, y lo disfruto enormemente. No me cuesta ningún trabajo, ni me tengo que forzar a hacerlo, ni agarrarme a una rutina, ni pienso “si gustará o no gustará”, ni tengo la sensación de “hacerlo bien o hacerlo mal” o de “estar o no a la altura”. Me sale de dentro, escribo lo que quiero, cuando quiero y como quiero, disfruto “discutiendo” sus contenidos cuando hay comentarios o referencias en twitter… Estoy, en este blog, en ese estado que describe Tamariz de “compartir lo que llevo dentro”. Y contrasta con las sensaciones que tuve en su día cuando escribía para blogs comerciales: “sensación de agotamiento, de no estar aportando nada interesante, de escribir más por obligación que por devoción”. Llegó un momento en el que todo era pereza, forzarse a escribir, dudas sobre el valor de lo que hacía y sobre mi propia capacitación para hacerlo. La actividad (escribir posts) era la misma, pero el resultado muy diferente. Como no estaba convencido, como no era algo que “llevaba dentro”, el proceso era tortuoso y nada satisfactorio. “Pero te pagaban”. Sí, eso es verdad.

Me ha pasado más veces, en otras situaciones. Ese curso de formación que tienes que dar, y del que no te crees la mitad de lo que dices. Ese proyecto que tienes que hacer, y que estás convencido de que no servirá para nada. Ese producto/servicio que tienes que vender, y que no comprarías tú mismo. Esa charla que te invitan a dar, y que das a pesar de ser un tema que tampoco te interesa demasiado. En esas situaciones las dudas afloran, tienes la sensación permanente de que vas andando sobre un hielo que se puede romper en cualquier momento. Te falta seguridad, te falta ilusión, te falta convencimiento. No disfrutas, sino que más bien sufres.

En esta etapa de reflexión en la que estoy (¿crisis de los 40, anyone?) siento que oscilo entre la ilusión de creer que se puede montar una vida sobre esos cimientos de “lo que llevas dentro” (no todo el rato, hasta ahí llego; pero sí de forma significativa) y la dinámica del mundo que parece indicar que todo eso es vivir en los mundos de Yupi, que hay que caerse del guindo y ser realistas y prácticos y dejar tus pasiones para tu tiempo libre o para tu jubilación. Hay días en los que siento que estoy en el buen camino, que existe ese “sweet-spot” entre lo que te gusta, lo que se te da bien y lo que los demás compran, y que tengo el derecho y casi el deber de buscarlo, que ese “idealismo” es una fuerza vital y transformadora. Y hay otros días en los que me pregunto si no seré otro de esos locos que leyó demasiados libros de caballería.

Contenido relacionado:

Continue Reading

Nos creemos cualquier mierda

Hoy estaba curioseando un rato en LinkedIn cuando he visto que alguien ponía una imagen con una estadística relacionada con el proceso de ventas. “Joder, qué impactante”, he pensado. “Voy a ver los datos originales”, y me he puesto a buscar el estudio que se supone que servía de base al cuadro. En la búsqueda, he llegado a varias páginas donde se explica que esos datos son… falsos. No existe tal estudio. De hecho, ni siquiera existe la entidad que se supone que había hecho el estudio. Nada. Cero. Son datos que alguien, como tú y como yo, un día se inventó. Puso como fuente un nombre aparente, y la empezó a usar. Y “la manada” hizo el resto.

Hace pocos días circulaba por internet una foto con un cartel de una inmobiliaria en unos terrenos quemados, acompañada de grandes gestos de indignación, “qué cabrones, con los terrenos recién quemados y ya están sacando tajada”. Ya sabemos, los putos especuladores que provocan incendios para recalificar terrenos. Resulta que la foto era falsa. De hecho, es que es falso que haya una relación entre incendios y oscuros intereses. Pero qué más da…

Nadie se para a cuestionarse las cosas. Tenemos el dedo rápido para replicar cualquier “información” con un mínimo de verosimilitud (y a veces ese listón lo ponemos muy muy muy bajo), siempre y cuando refuerce nuestras creencias previas. En el fondo da igual si es verdad o es mentira: parece verdad, y coincide con lo que pienso, así que adelante.

Asusta pensar con qué facilidad se puede manipular a la masa. Cualquiera puede (podemos) inventarnos cualquier cosa, darle una mínima pátina de verosimilitud, apoyarlo con algo de “argumento de autoridad” (aunque sea inventándonos un estudio, o atribuyendo unas declaraciones a un experto falso), y dejar que la naturaleza humana haga su trabajo. Una vez que la historia se ponga en marcha, nadie podrá detenerla. Por cada persona que se pare a cuestionarla y señale su falsedad, habrá nueve que se la traguen doblada y la repliquen, incluyendo medios de comunicación (que se supone que están precisamente para lo contrario, pero que en su afán de dar “noticias” muy rápidas y que consigan mucha audiencia son una máquina de divulgar mierdas).

The amount of energy necessary to refute bullshit is an order of magnitude bigger than to produce it

Somos seres terriblemente manipulables. Da miedo.

Contenido relacionado:

Continue Reading

La máquina de detectar incoherencias

¿No os ha pasado que, viendo una película o leyendo un libro, hay un momento en el que el cerebro hace “click” y se desconecta? “Venga, hombre, esto no hay quien se lo crea”, te dices a ti mismo, y a partir de ahí ya te sales de la historia y te resulta imposible reengancharte.

Lo curioso es que esa sensación no depende de la historia que nos estén contando, si no de cómo nos la estén contando. Es decir, no tenemos ningún problema en sumergirnos en una historia de alienígenas, de superhéroes, de zombies o de cualquier otra realidad “inventada”. Se llama “suspensión de la incredulidad” a esa capacidad de desconectar nuestro sentido crítico y a aceptar mundos ajenos al nuestro, con sus propias reglas. Eso sí, es fundamental que el relato se ajuste a las reglas que él mismo ha definido. No nos importa que nos planteen unas normas inverosímiles, lo que nos importa es que el desarrollo de la historia cumpla con ellas de forma coherente. Y si en algún momento se produce un cambio, necesitamos una explicación razonable para ese cambio y que de nuevo sea consistente con el resto de cosas que han pasado antes y que pasarán después.

Si no, la audiencia se acaba cayendo en estos “agujeros de guión”, que pueden ser más o menos graves, más o menos evidentes, pero tienen la capacidad potencial de arruinar todo el esfuerzo narrativo. Es como construir un edificio con un pilar defectuoso; todo el edificio se puede venir abajo.

El agujero de guión es una parte del argumento que contradice la lógica de la historia y del universo construido alrededor de ella

Obviamente, esto aplica no sólo a las historias de ficción, si no también a las historias del mundo real, y cómo no del mundo empresarial. Si vas cacareando que tienes una determinada estrategia, unos valores, una visión… ya puedes asegurarte de que tus actos se ajustan al discurso. En cuanto te desvíes, en cuanto empieces a ser inconsistente, el detector de incoherencias de las personas se pondrá en marcha, y automáticamente dejarán de creer en lo que estás contando y buscarán explicaciones alternativas (una de las más corrientes: “ya nos están contando otra milonga”) . Algo que pasa continuamente en las empresas, porque construir un relato es extremadamente fácil (al fin y al cabo sólo hay que poner unas letras detrás de otras, “que venga el responsable de comunicación”), pero ser fiel a ese relato (el “walk the talk” que dicen los americanos) es mucho más difícil.

Contenido relacionado:

Continue Reading

Historias de profesionales independientes: Javier Leiva

(Esta entrevista pertenece a la serie de “Historias de profesionales independientes“, puedes ver más en este enlace)

He tenido la oportunidad de seguir la trayectoria de Javier Leiva Aguilera desde hace ya un buen montón de años. Y nunca ha dejado de fascinarme la mezcla de profesionalidad y de naturalidad con la que ha afrontado (y contado) sus peripecias. Lo mismo ha llevado “la buena nueva digital” al mundo de las bibliotecas que ha reflexionado sobre la curación de contenidos o ha experimentado con Youtube, lo mismo recorre el mundo moviendo el bigote que haciendo proezas físicas. Muchos años como profesional independiente que, curiosamente, han acabado dando paso recientemente a otra etapa de “trabajar por cuenta ajena”. Sobre esta transición, sobre su trayectoria y sobre más cosas charlamos un rato con él.

Javier Leiva Aguilera

(Foto cortesía de UVic-UCC)

Cuéntanos un poco tu trayectoria profesional, ¿cómo has evolucionado? ¿cómo llegaste a ser un “profesional independiente”? ¿Y ahora a tu situación actual?

Resumo mi vida profesional en distintos capítulos, primero porque creo que tiene sentido como descripción de lo que ha ocurrido y segundo porque es mi manera de funcionar: cada cierto tiempo, siento que tengo la necesidad de cerrar una etapa y pasar a hacer algo distinto.

El primer capítulo duró casi 9 años. Fue la etapa previa a mi entrada a la universidad y empezó cuando una pájara adolescente me hizo abandonar los estudios de BUP. Simplemente, dejé los libros y me puse a trabajar como peón en la industria cárnica. Cinco años después ya tenía muy claro que ni de broma quería eso para toda la vida, así que retomé el estudio en horario nocturno y compaginé ambas actividades hasta finalizar el COU. Después decidí que era el momento de cambiar el trabajo físico por el intelectual, así que dejé la carne y me matriculé en la universidad.

El trabajo que había hecho durante aquellos años no me gustaba nada, pero considero que fue un aprendizaje clave en mi desarrollo profesional posterior. Aprendí a trabajar a destajo, a hacerlo en condiciones duras, a sobrevivir en entornos a menudo hostiles… y en resumen a no dormirme en los laureles. Si quieres algo, espabila… y no esperes que otros hagan el trabajo por ti.

Si quieres algo, espabila… y no esperes que otros hagan el trabajo por ti.

En la universidad estudié para ser bibliotecario, pero el funcionariado (destino tradicional de ese gremio hasta hace poco) no es lo mío y desde casi al principio tuve claro que de un modo u otro tenía que arreglármelas para trabajar por mi cuenta. De hecho, recuerdo que al terminar los estudios me presenté a una entrevista de trabajo en la biblioteca del College d’Espagne en Paris y les dije que en el futuro me veía dirigiendo mi propia empresa. Justo al soltarlo pensé que no debería haber dicho eso, pero la cosa es que me contrataron y estuve allí algo más de un año hasta que me llegó una oferta para ir a trabajar a Madrid. Mi enfoque se iba decantando cada vez más hacia el entorno digital (de hecho el trabajo en Madrid surgió gracias a que yo era uno de esos primeros locos que tenían un blog), primero desde un enfoque muy bibliotecario pero después intentando abarcar otros entornos que me permitieran acceder a un mercado en el que ofrecer mis servicios.

Finalmente, 2005 fue el año en que me establecí por mi cuenta. Fue una decisión poco meditada y mal ejecutada al principio, llevada a cabo porque era lo que me pedía el cuerpo pero sin un mínimo de planificación. Así que los primeros meses fueron bastante lamentables a nivel de facturación, pero poco a poco fui haciendo los primeros clientes, asentando mi posición y aprendiendo a hacer las cosas con un poco más de sentido. A nivel profesional los clientes quedaban contentos y me iban llevando a otros nuevos, lo que empezaron siendo trabajitos de maquetar cuatro cosas en html o hacer búsquedas de información fue derivando hacia proyectos más grandes de consultoría y mucha formación y empecé a viajar como un loco. El ritmo era frenético y a menudo enfermizo, pero al mismo tiempo fue una época de mucho disfrute en la que tuve la oportunidad de conocer a grandes profesionales en lugares que nunca había soñado visitar. En un momento dado, incluso, llegué a gestionar una cierta estructura y monté una sociedad que tiempo después volví a desmontar porque llegó un momento en que pedía un salto que ni quería ni me sentía en condiciones de dar.

Diez años después, me sentía estancado y encasillado como profesional y necesitaba un cambio, así que cuando surgió una oportunidad laboral interesante a partir de un proyecto de consultoría decidí empezar un nuevo capítulo. Desde el año pasado dirijo el proyecto de transformación digital de la Universitat de Vic – Universitat Central de Catalunya.

¿Qué es lo que más valorabas en tu etapa de “profesional independiente”?

La independencia, justamente, además de autonomía y flexibilidad.

No es cierto eso que dicen de que como independiente no tienes jefes… sino al contrario: cada cliente es un jefe en cierto modo. Pero tú como profesional que se valora y que quiere ser valorado debes ser capaz de aportar tu criterio, de decir las cosas que el otro no quiere escuchar pero que es necesario decir… en definitiva, de aportar el valor por el que se supone que te contratan.

Como profesional que se valora y que quiere ser valorado debes ser capaz de aportar tu criterio, de decir las cosas que el otro no quiere escuchar pero que es necesario decir… en definitiva, de aportar el valor por el que se supone que te contratan

Al mismo tiempo, debes ser flexible y ser capaz de desprenderte de dogmas. Las cosas no siempre son como uno cree, o a veces sí y otras no porque cada contexto es distinto. El concepto de flexibilidad también lo aplico a un ámbito más práctico: trabajar por tu cuenta (al menos del modo en que yo lo hacía) te permite mucho margen de maniobra a la hora de gestionar horarios, días de trabajo y de ocio (en este caso hay que reconocerlo: el margen es mucho menor). Eso es muy importante para mi.

Y finalmente, un concepto muy relacionado con lo anterior es el de autonomía. Soy autónomo porque soy independiente y porque soy responsable de mi mismo. Con sus ventajas y con sus inconvenientes.

Tras estos meses de “volver al redil”… ¿qué es lo que más echas de menos de tu etapa independiente? Y en paralelo, ¿en qué cosas sientes que estás mejor?

Aunque siga conservando un buen grado de autonomía y mi responsabilidad lleve asociada capacidad de decisión, no dejo de estar en un entorno mucho más grande y complejo que el anterior en el que ya no tengo la última palabra en muchas ocasiones. Es lógico, pues el proyecto en el que trabajo forma parte de un engranaje mayor, pero a veces sí he notado esa sensación de tener algo muy claro (otra cosa es que fuera acertado o no) pero no poder ir hacia la dirección que quería porque había que esperar o simplemente porque la decisión “desde arriba” era otra.

Aun así, debo poner en valor que en mi trabajo actual conservo bastante todo lo anterior (hasta un límite, claro, pero en lo esencial sí). Eso me permite estar aprendiendo de un nuevo mundo y desarrollando un proyecto que como autónomo no podía desarrollar sin haber perdido toda la libertad en el camino. Por eso el cambio no ha sido nada traumático para mi.

Por otra parte el mismo hecho de estar dentro de algo más grande que tu mismo es bueno en otros aspectos y te permite contar con apoyos que antes había que buscar fuera. Servicios audiovisuales, contabilidad, marketing, gestión de viajes, etc., son ayudas con las que antes no contaba.

¿Cuáles son las mayores dificultades que ves en el camino de un “independiente”?

Creo que las principales dificultades como independiente estaban ligadas a la carencia de una formación integral que me hacían estar cojo en algunas áreas. Concretando, creo que era muy bueno en la parte técnica de mi trabajo (porque seguía aprendiendo todo el tiempo, claro) pero tenía mucho margen de mejora en otras. La acción de ventas, por ejemplo, ha sido siempre uno de mis puntos flacos.

¿Y cómo hacías para solventar esas áreas de mejora?

Siempre ha sido todo bastante sobre la marcha en ese aspecto: ante la necesidad percibida, la solución buscada. Si necesitaba aprender algo buscaba cómo hacerlo y me ponía a ello. Algunas veces costaba más, otras menos, pero más o menos he ido avanzando.

Otra dificultad, que creo que se relaciona muy estrechamente con lo anterior, es la falta de confianza a la hora de atreverme con según qué cosas. Antes he comentado que en un momento dado monté una sociedad y la desmonté al cabo del tiempo. La decisión de desmontarla tuvo que ver con no querer crecer hasta más de un cierto punto, y ese no querer crecer tenía que ver con dos miedos: perder autonomía y flexibilidad por tener que comprometerme con una estructura más grande, y no ser capaz de gestionar la nueva complejidad. Esta nueva etapa que estoy viviendo ahora me está haciendo ver que el segundo miedo era infundado, pero… así era como lo vivía en aquel momento.

Esos miedos de los que hablas… ¿cómo los afrontabas, teniendo en cuenta que “estabas solo”? ¿Lo harías hoy de forma distinta?

Seguramente hoy en día buscaría eso que decía que tengo y que no tenía antes: ayuda externa. Quizá uno de mis grandes defectos ha sido querer solucionarlo todo por mi mismo, y eso a veces puede ser bueno pero muchas otras veces no te lleva donde quieres o te lleva a un ritmo demasiado lento.

¿Qué habilidades crees que son fundamentales cuando uno está por su cuenta?

Seguramente lo crítico es ser capaz de aprender las nuevas habilidades que vas necesitando a medida que evolucionas. Enseguida me di cuenta de que el síndrome del impostor no solo es normal, sino positivo… porque indica que te estás exigiendo ir un paso más allá todo el tiempo. Hay que estar abierto a identificar la propias carencias sin caer en dramas sino con la vista puesta en cubrirlas lo mejor que se pueda.

Lo crítico es ser capaz de aprender las nuevas habilidades que vas necesitando a medida que evolucionas

“Aprender nuevas habilidades”… ¿cómo concretas esa “capacidad”? ¿Qué hábitos, acciones… pones en práctica para que esa declaración de intenciones se transforme en realidad?

Creo que tiene bastante relación con una de las preguntas anteriores. Soy bastante impulsivo, así que cuando creo que necesito hacer algo pero no tengo todavía las destrezas para hacerlo… normalmente me pongo enseguida a intentar aprenderlas. Eso es bueno porque no sufro mucho de parálisis por análisis, y es malo porque me equivoco muchas veces. Sin embargo, suelo ser bastante persistente así que acostumbro a acabar aprendiendo lo que decido empezar a aprender siempre y cuando considere que es realmente crítico para mi.

Como todo tiene dos caras, también hay habilidades que no he adquirido porque de entrada me han parecido demasiado difíciles. Algunas veces he podido superar ese bloqueo inicial, pero no siempre (y creo que es un error porque seguramente no eran tan difíciles).

¿Qué herramientas utilizas para facilitarte el trabajo?

Creo que lo importante es poder construir un sistema de trabajo robusto pero flexible, que se pueda adaptar a lo que vamos necesitando en cada momento, y después poner las herramientas adecuadas para nosotros. Parece de perogrullo pero a menudo se hace al revés, y es cuando la cosa no funciona.

Debo decir que es muy raro que use papel. Casi todo lo hago con el móvil o el ordenador (últimamente y a modo de experimento me estoy obligando a tomar notas en una libreta cuando leo libros y después a hacer fichas, pero no sé si me acostumbraré y/o me resultará útil).

Ahí van algunas de las que me acompañan de forma diaria:

Cloud Magic en el móvil y Gmail / Mail en el ordenador.
Sunrise Calendar (que está a punto de desaparecer y supongo que sustituiré por Google Calendar).
Todoist para gestionar tareas y a veces para tomar notas.
Xmind para hacer esquemas y mapas mentales.
Evernote para guardar documentación relevante relacionada con proyectos.
Scrivener para escribir.
ICompta para llevar las cuentas (cuando facturaba usaba Factura).
Pocket para leer artículos en bloque.

Uso muchos más chismes, pero esos son las que utilizo de forma muy intensiva (y si siguiera ya estaría entrando en un terreno más difuso).

¿Qué reacciones solías encontrar a tu alrededor (entorno familiar, amigos, conocidos, etc.) cuando conocían tu forma de trabajar?

Les resulta extraño y, en general, creo que me toman por una especie de freak. Por un lado está el uso intensivo de la tecnología, por otro el hecho de no tener un horario ni un lugar fijo de trabajo y por el otro la dificultad de entender en qué trabajo exactamente. No hay solución, vaya :-)

¿Y en el ámbito profesional? ¿Qué reacciones sueles encontrar de posibles clientes, etc. cuando conocen tu forma de trabajar?

En ocasiones veo que otras personas se abruman cuando ven mi manera de trabajar y mi relación con la tecnología. Al revés de lo que yo creo que debe parecer, me sorprende que a menudo la gente me transmite la idea de que soy una persona muy organizada.

¿Cómo crees que evolucionará el mundo del trabajo? ¿Qué rol crees que jugarán los profesionales independientes en él?

El empleo para toda la vida es una idea que veo ya como muy lejana. No solo eso, de hecho, sino también la idea de una profesión para toda la vida. Todo cambia muy rápidamente y quien quiera ser competitivo debe estar abierto a aprender todo el tiempo, a aceptar que los nuevos retos pueden demandar grandes cambios y que estos deberán realizarse en muchos casos sobre la marcha. Ideal para profesionales independientes, supongo…

Todo cambia muy rápidamente y quien quiera ser competitivo debe estar abierto a aprender todo el tiempo, a aceptar que los nuevos retos pueden demandar grandes cambios y que estos deberán realizarse en muchos casos sobre la marcha

¿Y cómo vives tú esa sensación de que “no hay empleo para toda la vida”, e incluso “profesión para toda la vida”? ¿Qué haces para amoldarte a esa realidad?

No me cuesta nada, y de hecho me gusta esa sensación de inestabilidad. Cualquier cosa que sea para toda la vida suele parecerme demasiado larga. :-)

Contenido relacionado:

Continue Reading

3000 euros por 8 horas

El hermano de un amigo es pintor. Bueno, en realidad su día a día lo ocupa siendo profesor de instituto, pero “es pintor”. Trabaja mucho el circuito de “Certámenes de pintura rápida”; durante prácticamente medio año dedica los fines de semana a ir de pueblo en pueblo, allí donde se organizan este tipo de concursos. Llegas, te sellan el lienzo, y a partir de ahí tienes 8 horas para crear un cuadro de principio a fin.

Es bueno. Gana con cierta frecuencia. Y los premios no son moco de pavo, algunos miles de euros para el vencedor.

“Jo, qué tío, ganarte 3.000 euros por 8 horas de trabajo”, le dicen a veces.

“En realidad son 3.000 euros por 8 horas y 20 años”, contesta él.

Porque esos cuadros no se crean en 8 horas. Técnicamente sí, hay un lienzo en blanco y 8 horas después hay un cuadro completado. Pero eso sólo es posible gracias a la infinidad de horas que ha dedicado a lo largo de los años a formarse, a practicar, a mejorar, a pulir su técnica y su estilo.

“Ocho horas, mis cojones”.

Contenido relacionado:

Continue Reading

Un valor difícil de vender

Lo bueno de no tener una trayectoria profesional “tradicional” es que no hay una inercia que te lleve a consumir un año tras otro sin darte cuenta. La contrapartida es que hay esa sensación constante de tener que llevar el timón, de decidir por dónde tirar, de no poder “dejarse ir”. Y no es un precio pequeño, no. Me decía un amigo ya hace años, cuando le contaba mis comeduras de coco, que no era sano pasarse la vida replanteándose cosas. No sé si es más o menos sano, pero sí sé que puede llegar a ser un agobio.

Precisamente ahora, que estoy en otro de esas “etapas de transición”, vengo dándole vueltas al “valor” que puedo aportar a una organización o a un proyecto. Y me doy cuenta de que vivo en una paradoja, y me explico:

Creo, sin falsa modestia, que por mis características puedo ser muy valioso dentro de una organización o proyecto. Tengo visión de conjunto, y “me entiendo” con perfiles muy distintos. Hablo “sistemas”, hablo “finanzas”, hablo “RRHH”, hablo “operaciones”, hablo “estrategia”. Soy de construir consensos y de tender puentes, más que de buscar conflictos. Tengo buenas dotes de análisis y de síntesis, lo que me permite poner el foco en lo importante, y mantener ese rumbo sin dejar que los detalles te acaben desviando. Comunico bien, y creo que soy muy “tratable” y cercano en las distancias cortas lo que me ayuda a “ganar adeptos” para la causa, y a trabajar “resistencias” cuando aparecen. En resumen, un perfil transversal que ayuda a que las cosas fluyan dentro de una organización, un “lubricante”. Una amiga y ex-compañera me definía como “el muelle” que hacía que las distintas partes del mecanismo funcionasen mejor entre ellas, que aportaba coherencia y visión de conjunto; siempre me sentí identificado con esa metáfora.

La paradoja reside en que este valor es difícil de vender. Se manifiesta y florece una vez que estoy dentro de un proyecto o de una organización, pero no es un buen argumento de entrada. Las empresas tienden a buscar “posiciones” (sea un “director de RRHH”, un “jefe de proyecto especializado en no sé qué tecnología”, etc.), y se centran en personas que “aporten experiencia acreditable en posiciones equivalentes”. O buscan un consultor “para hacer un proyecto concreto”, y restringen su búsqueda a los que se declaran “especializados” en ese ámbito. Y ahí mi perfil no destaca, mi valor no es evidente. Lo cual hace difícil “meter el pie” y empezar a hacer lo que sé hacer, mientras que otros con un perfil menos valioso pero más “concreto” pasan por delante de mí.

Y sucede que, cuando he intentado “concretarme” para adaptarme mejor a cómo funcionan las cosas… no me reconozco. No soy yo. Y las personas y oportunidades a las que “atraigo” de esa forma pueden llegar a ser muy insatisfactorias, porque están interesadas en un aspecto muy tangencial (el que yo haya “publicitado”) del valor que yo puedo aportar.

Y en esas ando, tratando de buscar una respuesta satisfactoria a esta paradoja que no pase por una casualidad.

Contenido relacionado:

Continue Reading

Elige la historia que quieres contar

Hace unos días veíamos en casa una peli, comedia española sin demasiadas pretensiones; las peripecias que rodean a la celebración de una boda (se llama “Ahora o nunca“, por si alguno la quiere buscar).

Los guionistas tenían mucho material entre el que elegir. Podían centrarse en la personalidad del novio, un tipo cuadriculado y obsesionado con hacer planes. Podían centrarse en las peripecias del novio, su padre y su suegro intentando llegar al lugar de la boda con el vestido de la novia. Podían centrarse en la novia y sus amigas, cada una con su caracter. Podían centrarse en la relación de la novia con la suegra manipuladora. Podían centrarse en el rol de la suegra “nueva rica” en contraste con sus orígenes humildes. Podían centrarse en la familia de la suegra. Podían centrarse en las diferencias entre las familias de él (“ricos”) y de ella (“humildes”). Podían centrarse en la despedida de soltera (ella le pone los cuernos con un discjockey en la despedida de soltero, éste le chantajea). Podían centrarse en el viaje de los invitados (van todos en un autobús). Podían centrarse en las diferencias culturales (la boda se celebra en Inglaterra). Podían…

En cada una de esas opciones podría haber habido un tema principal para una película digna, una historia que contar. Y sin embargo, ¿qué hicieron? Pues meterlo todo; un batiburrillo de ideas, ninguna de ellas desarrollada en profundidad, y todas compitiendo por su minuto de gloria llevando la atención del espectador de aquí para allá. Como resultado, un pastiche bastante petardo.

Acabó la peli, y me quedé pensando en cuántas veces sucede lo mismo cuando vamos a comunicar algo, hacemos una presentación, damos una charla, escribimos… Tenemos muchas ideas, queremos meterlas todas, no apostamos por una porque nos da miedo que resulte “insuficiente”, o que sea aburrido. Llenamos y llenamos espacio olvidándonos del hilo argumental, de la idea fuerza que queremos transmitir. Y el resultado es un mensaje diluido, flojo, intrascendente… y una audiencia que no sabe muy bien qué es lo que queríamos decir.

Así que ya sabes. La próxima vez, decide de antemano qué historia quieres contar, y cíñete a ella.

Contenido relacionado:

Continue Reading

Castillos de arena

Verano, “sol, arena y mar” que decía Luis Miguel. Confieso que la playa tiene para mí un efecto hipnótico. Será por aquello de ser de la Meseta, y ser contados los días que puedo disfrutar de ella. O por coincidir esos días en periodos de vacaciones, dados de por sí a la introspección.

Y allí estábamos, rodillas en la arena y palas en mano, excavando y amontonando, dando forma a unos castillos en la arena. Creatividad y trabajo compartido con los niños (benditos niños, que nos dan excusa para hacer determinadas cosas sin temor al “qué dirán”).

Terminamos el castillo. Los castillos, en realidad. Muy aparentes, un trabajo muy satisfactorio. Nos sentamos en la cercana toalla. Y niños ajenos que empiezan a revolotear; algunos para mirar con curiosidad e incluso admiración, pero otros con mirada aviesa. Joder, ¿por qué hay gente que es destructiva casi desde la cuna?. “Tchs, eh, ni se te ocurra”. El niño mira desafiante, pero recula. Bien, hemos salvado el castillo.

De momento. Porque no vamos a estar sentados en esta toalla para siempre. Más pronto que tarde llegará un niño (o un adulto, que los hay muy tontos también) y pisoteará nuestro trabajo, reduciéndolo a un montón de arena. Y en el mejor de los casos será cuestión de horas que suba la marea y las olas lo devuelvan a su estado original.

Mientras recogíamos y volvíamos al apartamento, me dio por pensar en todos los castillos que he construido a lo largo de todos estos años. Los de arena, y los otros; los proyectos, las herramientas, las webs, los documentos. En todos los “niños” que los amenazaban con mirada aviesa, sólo refrenados por mi presencia. ¿Cuánto tardaron en pisotearlos? En el mejor de los casos… ¿cuánto tardó la marea en subir y hacerlos desaparecer?

Puede parecer un pensamiento desolador, y en cierto sentido puede llegar a serlo. Pero quizás lo relevante de ese castillo no radique en su (imposible) permanencia, si no el disfrute que nos proporcionó mientras lo ideábamos y lo construíamos. Lo cual, también, puede ser una lección interesante de cara a abordar futuros castillos.

Contenido relacionado:

Continue Reading