Tchs, tchs, que viene el robot

robots

Quién sabe por qué extraños vericuetos de la memoria, este tema me hace recordar una canción de hace 30 años. Diría que eran La Trinca los que cantaban “tchs, tchs, que viene el neutrón” (aunque no encuentro referencias en internet… ¿me lo habré inventado?). El caso es que ahora no es el neutrón, si no el robot, el tema de moda. El advenimiento de los robots, no ya como simpáticos y serviciales mayordomos (que es como los imaginábamos hace unas décadas), si no ocupando cada vez más espacios dentro de la economía productiva.

Obviamente esto no es cosa de hoy. La introducción de la tecnología lleva desde su propio nacimiento facilitando incrementos de productividad y, en paralelo, desplazamiento de la mano de obra humana. Cuando sin ruedas hacían falta 30 personas empujando un bloque de piedra, con rueda hacen falta 2 (me lo invento, claro). Y así con cada uno de los avances tecnológicos desde que el mundo es mundo. Tampoco la desconfianza e incluso la resistencia activa ante el fenómeno es algo nuevo: el ludismo es cosa de finales del XVIII. Y no podemos decir que los robots sean una novedad. Llevamos décadas asistiendo a la progresiva introducción de maquinaria robotizada en el ámbito de la industria o los servicios (¿qué es un cajero automático, en realidad? ¿o un call center automatizado? ¿el auto check-in en el aeropuerto? ¿las cajas de autoservicio en los supermercados?). Entonces… ¿por qué ahora parece que se haya convertido en discusión habitual?

Mi sensación es que el rodillo de la robotización sigue a su ritmo, no especialmente más agresivo ahora que antes. El problema es que cada vez nos achica más los espacios; cuando empezó a afectar al sector agrícola, bueno, pues los agricultores que se busquen la vida en las ciudades. Cuando afectó al sector industrial pues mira, los obreros que curren de camareros o de cajeros en el súper o de taxistas. ¿Que eso se automatiza también? Pues haber estudiado. Pero a medida que se incrementa la capacidad de procesamiento de información y de autoaprendizaje de las máquinas y en paralelo su abaratamiento, cada vez son más los trabajos de “haber estudiado” que también se ven afectados. El nivel del agua sigue subiendo, y ya nos estamos quedando sin sitio para respirar. Muchos de los que “toman las decisiones” (y de los que “forman opinión”) empiezan a verle las orejas al lobo.

Hay quien desprecia el problema, argumentando precisamente que “la tecnología siempre ha provocado este efecto” y que “siempre hemos encontrado una salida“, siempre han aparecido nuevos trabajos y no ha pasado nada, y esta vez no será diferente. A mí se me queda un poco pobre el argumento, una especie de “wishful thinking”, de “Dios proveerá”. Que a lo mejor sí, pero yo veo que la situación cada vez se aprieta más por lo que mencionaba antes: cada vez nos quedan menos espacios, y cada vez hay más gente en el mundo. ¿Seremos capaces de habilitar nuevos “océanos azules” para dar trabajo a miles de millones de personas a salvo de los robots? Fiarlo todo a “seguro que sí” se me hace un poco estrategia del avestruz.

Últimamente le doy bastantes vueltas a este tema, sobre todo desde tres ángulos: el profesional, el educativo y el social. Desde el punto de vista profesional… ¿qué futuro nos queda a nosotros? ¿qué futuro les queda a nuestros hijos? ¿cómo prepararnos y prepararles para este entorno? ¿qué habilidades tienen que desarrollar, qué expectativas de vida pueden tener? Las reflexiones que leo al respecto me parecen todavía demasiado “de altos vuelos”, del tipo “hay que desarrollar habilidades que los robots no tienen, como el pensamiento crítico, la creatividad, o la empatía”. Vale, sí, ¿y eso cómo se desarrolla? ¿y en qué tipo de trabajo se traduce? ¿y para cuántos hay sitio?

Asumiendo que ése es el enfoque correcto… ¿en qué medida contribuye nuestro sistema educativo, tal y como está concebido, a esa necesidad? ¿Estamos formando a las nuevas generaciones para que se enfrenten a esta realidad o, como leía hace tiempo, les estamos mandando a la guerra con palos de madera? ¿Qué podemos hacer a nivel colectivo y a nivel individual para adaptar mejor el rumbo? ¿Lo estamos haciendo suficientemente rápido?

Y a nivel social… ¿cómo va a ser un mundo en el que cada vez un porcentaje mayor de la sociedad vaya a tener serias dificultades para ganarse la vida trabajando? Porque cada vez habrá menos trabajo, y en cada vez más lugares tendrás que competir (y perderás) con un robot que lo hace más rápido y más barato. Y los lugares para los trabajos más “cualificados” serán cada vez menores, y habrá cada vez una mayor competencia por acceder a ellos. ¿Qué pasa con los que no puedan, por capacidad o por oportunidad, llegar a ese nivel; o los que, incluso llegando, no puedan acceder porque no hay sitio para todos? Ya no habrá el recurso de “pues me voy a vendimiar”, o “me pongo de camarero”. ¿Cómo se sostiene una sociedad así? ¿Cómo se mantiene el flujo de la economía cuando hay millones de personas excluidas? ¿Qué tensiones se producirán? ¿Qué remedios podemos ponerle? ¿Son esos remedios sostenibles?

El panorama me parece sin duda apasionante, y también un punto agobiante. En mi obsesión de no enredarme demasiado en el mundo de las ideas, estoy buscando la forma de bajarlo al terreno práctico… eso si contando con que no llegue un robot y lo haga por mí.

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Cuadernos Rubio para el desarrollo profesional

RubioOperaciones2Son, quizás junto a las gomas de Milan de NATA, uno de los iconos que más recuerdo de los primeros años de colegio. Los cuadernos Rubio, aquellos con tapas amarillas que te enseñaban a hacer tus primeras sumas, y tus primeras letras.

Pasados treinta años vuelvo, ahora como padre, a la etapa de la educación primaria. Las gomas de Milan cayeron por el camino (siguen existiendo, pero ya sin su olor característico… una goma más), pero los cuadernos Rubio ahí siguen al pie del cañón.

Y no es de extrañar. La metodología que siguen estos cuadernos parece imbatible. Empiezas sumando “manzanas”. Luego pasas a hacer sumas de 2 números de una cifra; primero los facilitos (1+2, 2+1, 3+1…), y luego los más difíciles. Repites una y otra vez operaciones en ese nivel, hasta que has interiorizado el concepto. Y entonces pasas a las sumas en las que incorporas dos cifras (10+2, 11+1…). Repites, y repites. Y luego pasas a sumar números de dos cifras, y repites, y repites. Y luego introduces el concepto de “llevadas” (19+2, 28+3…). Y vuelta a repetir. Hasta que, oh maravilla, has acabado automatizando (a base de repetir y repetir, y de incrementar paulatinamente el nivel de dificultad) la habilidad de sumar; y lo sabrás toda la vida.

Práctica deliberada en su máxima expresión. La misma metodología que se sigue con otras disciplinas: así te enseñan a escribir, a leer, algo de inglés, música… introduciendo conceptos poco a poco, en niveles crecientes de dificultad, y machacando mucho con ejercicios muy focalizados y repetitivos con el objetivo de interiorizar el conocimiento.

Sin embargo, ay, en algún momento esa forma de enseñar/aprender se deja de lado, y se pasa a un formato mucho más de consumo rápido: te explico un tema, con suerte te planteo cuatro o cinco ejercicios… y rápido, al tema siguiente que si no no nos da el curso. La introducción de conceptos deja de ser incremental y pasa a ser secuencial: hoy una cosa, mañana otra diferente. Se deja de dedicar tiempo a “machacar” los conceptos a base de ejercicios focalizados y repetitivos. No se refrescan los conocimientos (con suerte, un “control” al final del trimestre y a correr). En definitiva, renunciando a algunos de los métodos esenciales del aprendizaje. ¿El resultado? Conocimientos superficiales (cuando no directamente olvidados), abordados desde un prisma consciente y racional (“a ver si consigo acordarme”), en vez de interiorización y aprendizaje real (susceptible de ser puesto en práctica, que es de lo que se trata). Podría argumentarse que hay materias que son más “conocimiento” que “habilidades”, y que por lo tanto no son susceptibles de “interiorizarse”… pero yo tengo mis dudas de que, en ese caso, merezca la pena dedicarse a aprender cosas que no se interiorizan.

Todo esto viene a una reflexión que vengo haciendo en las últimas semanas. Creo que, en el mundo profesional, hay una serie de habilidades clave que tienen un gran impacto en tu desempeño sea cual sea el sector en el que te muevas. Habilidades que, más allá del componente técnico de tu profesión, te dan un plus fundamental para tu trabajo y para tu carrera profesional. Podemos debatir cuáles son esas habilidades (de hecho lancé una pregunta en twitter al respecto, con respuestas variadas), pero lo que me interesa hoy es otra cosa.

¿Quién y cómo enseña esas habilidades? Mi sensación, a estas alturas de la película, es que nadie se encarga de desarrollar de verdad esas habilidades. En la formación más académica se pone mucho énfasis en la adquisición de conocimientos “técnicos”, y muy poco en estas habilidades “soft”. Y en el mundo de la empresa tres cuartas partes de lo mismo: la formación que se da tiene más que ver con “lo directamente aplicable en el trabajo”, más que con esa nebulosa de habilidades.

Y luego, ¿cómo es esa formación, cuando existe? El típico “curso de liderazgo”, o el típico “curso de comunicación eficaz”. Cuatro, ocho o dieciséis horas en aula. Conceptos en una pizarra (o en post its de colorines, que es lo que se lleva), puesta en común de ideas, un video simpático, una dinámica que permita la reflexión, un rolplay rapidito y un powerpoint encuadernado de recuerdo. Fin del curso, y si se tercia a ver si te acuerdas de poner algo en práctica la próxima vez que lo necesites. ¿Es así como se desarrolla una habilidad? Obviamente no; la próxima vez que te enfrentes a una situación de la vida real tu mente tira de automatismos; rara vez te vas a parar, en medio de un fregao, a ver si recuerdas cuáles eran los cinco pasos que aquel simpático consultor escribió en la pizarra, ni a sacar la ficha plastificada (que a saber dónde coño metiste; estará en una de esas carpetas que acumulan polvo en la estantería) que te dieron de recuerdo.

En la realidad, solo aplicas lo que has interiorizado. Y la forma de interiorizar es la de los cuadernos Rubio. La repetición, la focalización, la introducción creciente de dificultad.

¿Cuál es el problema? Que, desde el punto de vista del mundo adulto y profesional, esa es una forma de aprender casi implanteable. ¿Cómo que vamos a pasarnos tres meses haciendo ejercicios repetitivos? Venga ya, que ya somos mayorcitos, aquí se explican una vez las cosas y ya cada uno que se arregle; y si no ahí tienes el manual en la web corporativa. Y el individuo igual, “si estoy ya me lo han contado, así que ¿para qué voy a practicar y practicar? Como si no tuviera yo otra cosa que hacer, ¿acaso soy un crío pequeño?”

Y qué decir de la logística… se puede pagar por un consultor de formación que venga 4 horas y me encapsule la formación, ¿pero tener a una persona durante semanas o meses dando seguimiento a los avances de tortuga de los alumnos? ¿Estamos locos? Lo dicho, un cursito y gracias me deberías estar dando.

Y así llegamos al punto del absurdo habitual en el terreno de la formación: dinero, esfuerzo y tiempo empleados en algo que no vale para nada y que tiene un impacto limitadísimo en el mejor de los casos. Que sí, que es más barato que la otra opción en términos absolutos… pero si no funciona, ¿entonces para qué?

Creo que debe haber otra forma de hacer las cosas. Creo que hay un espacio para aplicar la filosofía de los cuadernos de Rubio al desarrollo de habilidades profesionales. Creo que el potencial de impacto es muy grande, tanto para las empresas (¿no se van a beneficiar de individuos que comuniquen mejor, que lideren mejor, que gestionen mejor su tiempo, etc, etc.?) como para los individuos; en estos tiempos que corren, invertir en tus habilidades es el mejor favor que puedes hacerte a ti mismo porque es de las pocas cosas a las que podrás agarrarte cuando mañana cambies de empresa, de sector o de orientación profesional.

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Apariencia profesional

blue-tie-with-dotsDice este artículo que compartía hace unos días que “no necesitas parecer profesional, sino serlo“. Una afirmación con la que, en términos generales podría estar de acuerdo. Al fin y al cabo lo importante es el valor aportado, y eso no depende de un traje o unos zapatos, de una forma más o menos estandarizada de comportarse, etc.

De hecho, en mi “historia personal” empecé trabajando en un mundo de “trajeados” y, cuando opté por otro camino, uno de los símbolos externos para mí fue la liberación de esos “estándares profesionales”, esa sensación de que podía ser más “yo” sin tener que estar sometido a la dictadura de unas determinadas apariencias corporativas.

Sin embargo, aunque la teoría sea muy bonita, resultaría poco sensato negar el valor de las apariencias. Reseñaba hace poco el libro “Influence” de Cialdini, y allí hablaba de la importancia de las respuestas automáticas. De forma muchas veces inconsciente atribuimos una serie de valores a las señales que recibimos del exterior, y actuamos en consecuencia.

Una persona con una apariencia profesional (en su ropa, en sus gestos, en sus palabras…) nos ofrece de buenas a primeras una impresión más favorable, y nos predispone a escucharle. Le consideramos profesional mientras no nos demuestre lo contrario. Por contra, si la apariencia la calificamos de “no profesional” se invierte la carga de la prueba: le ponemos en cuarentena hasta que no nos demuestre su profesionalidad (y en ocasiones ni siquiera le daremos la oportunidad de hacerlo).

Y aun encima hay otro sesgo que también influye en nuestro comportamiento, y es que cuanto más parecido es alguien a nosotros más fácilmente le “compramos” las ideas. Si a una reunión de trajeados vas sin traje ya eres “el diferente”, “el raro”, “el sospechoso”. Igual que si vas con traje a una planta de producción.

“Ah, pero es que eso es injusto, es superficial, blah, blah, blah”. No digo que no, pero las son como son y no como nos gustaría que fuesen. Bienvenido a la condición humana.

¿Qué conclusiones saco de esta reflexión?

  • Cuando vayas a valorar a otros, sé consciente del sesgo que tienes con las apariencias, y procura “poner en cuarentena” tus primeras impresiones. Una persona no es seria por ir de traje, ni informal por ir sin él. Pero tampoco alguien es creativo por llevar camisetas molonas y zapatillas. Ni tiene más sentido lo que dice por llevar una bata blanca. Etc.
  • Cuida tu apariencia, y procura que esté en sintonía con los valores que quieres transmitir. Aunque no creas en ello, aunque te parezca superficial y sin sustancia; lo cierto es que muchas veces los demás te van a juzgar por ello.
  • No dejes que tu “conformidad con la apariencia” te aplane hasta el punto de desprenderte de cualquier atisbo de personalidad y hacerte indistinguible de cualquier otro. Es un equilibro difícil, pero hay que buscarlo.
  • Si apuestas por “ser radical” y “a la mierda los convencionalismos”, ¡adelante! Pero ten en cuenta a lo que te expones; mucha gente te va a juzgar por ello y a tomar sus decisiones en consecuencia. Quieras o no, te parezca justo o no. Tú eliges.

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Elige el mal que quieres asumir

Ayer tenía un intercambio interesante con un viejo conocido en Facebook. Expresaba cierto agobio ante la gestión del correo electrónico; estaba recibiendo más correos de los que podía contestar, y le frustraba esa sensación de ir siempre con la lengua fuera y encima no llegar y quedar mal.

Le proponía yo que usase la técnica de Tim Ferriss para la gestión del email, que básicamente consiste en una respuesta automática donde indica:

  • que sólo lee el correo a determinadas horas o determinados días (para urgencias remite a otros canales) –> estableces la expectativa de que no esperes respuesta inmediata
  • que el volumen de correo que recibe es muy grande y no puede responder a todo –> también establece la expectativa de que puede ser que no te responda
  • para determinadas peticiones frecuentes incluye instrucciones. Por ejemplo “ya no hago reviews de libros, así que si me escribías por eso no esperes respuesta” o “si tienes preguntas sobre mi libro hay publicadas unas FAQ, un foro, etc, etc…” o “para temas relacionados con prensa, contacta con mi agente” –> automatiza una serie de respuestas tipo que cubrirán el 90% de la gente que estaba preguntando.

De esta forma, cuando revise (él o su asistente, en este caso) el correo electrónico no tiene que molestarse en contestar el 99% del correo; lo lees  y, salvo que sea algo que no entre en la respuesta-tipo y que además te interese (porque si no te interesa, lamentándolo mucho, lo dejas sin contestar; algo básico en una gestión productiva del tiempo es tener claro quién lleva el timón), pues lo borras y santas pascuas.

El caso es que me decía mi interlocutor que casi le parecía que quedabas peor con una táctica de este tipo que no contestando.

Quizás. No hay solución perfecta, para esto ni para nada. Estoy leyendo el libro Essentialism, y una de las cosas que plantea muy claramente es que con cada elección asumimos también una serie de “contras”. Al final, lo que podemos elegir es con qué “contra” nos quedamos. En este caso, ¿prefieres quedar de prepotente por enviar una respuesta automática de este tipo, o prefieres ir como puta por rastrojo con la sensación de estar todo el día pringado con el correo y encima sin llegar? Tú eliges cuál de los dos males prefieres; porque las soluciones mágicas donde todo son ventajas no existen.

“You can have anything, but not everything”

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Los cuentos del ganador

“Y ahora, recibamos con un gran aplauso a este hombre que no necesita presentación, ¡Fulanito!”. La sala aplaudió a rabiar, los ojos de los asistentes muy abiertos y las sonrisas en las caras, con la sensación de estar asistiendo a un momento mágico. Allí estaba él, Fulanito en carne y hueso, y en los siguientes minutos iba a compartir con ellos los secretos de su éxito.

Fulanito era un reconocido “business angel”. Hizo fortuna en la época de las “puntocom”, cuando una de las pequeñas startups que había ayudado a financiar fue vendida a una gran empresa, una de esas “brick&mortar” que en la época estaban como locas por subirse al carro de la novedad. Desde entonces, Fulanito había ascendido a los cielos del sector: decenas de planes de negocio llegaban a su mesa, era un invitado recurrente en los eventos del sector, y allí donde iba todo el mundo quería conocer dónde radicaba su magia. Y él compartía su conocimiento en forma de consejos: “haced como yo… tenéis que diversificar… tenéis que apostar por los equipos… tenéis que buscar proyectos rompedores… ”

Aquel día, su charla transcurrió por los derroteros habituales. Hasta que al final, durante el turno de preguntas, un hombre al fondo de la sala se levantó y dijo: “Verás, Fulanito. Hace unos años yo empecé a invertir en startups. Hice todo lo que has recomendado: invertí de forma diversificada, aposté por grandísimos equipos, había proyectos muy prometedores… pero ocurrió que ninguno de ellos dio el pelotazo… y la realidad es que perdí toda mi inversión… ¿qué hice mal?”.

Se hizo un silencio incómodo. Fulanito se escabulló con un “bueno, sin conocer el caso concreto no te podría decir, y esto es algo que ahora no podemos analizar… ¿siguiente pregunta?”. Un par de preguntas más, ronda final de aplausos y fin del evento.

Hay una narrativa habitualmente asociada al éxito que resulta muy peligrosa. Cogemos el ejemplo de un triunfador, y pretendemos extrapolar su experiencia. Estamos tan fascinados por la idea del éxito que nos agarramos a cualquier apariencia de método para emularlo. Y muchas veces son los propios triunfadores los que alimentan (con mayor o menor inocencia) esta dinámica: “yo comparto mi historia para que sirva de ejemplo”. Y así, nos parece que si hacemos A, B y C (como hicieron ellos), obtendremos el mismo resultado. Luego vienen la frustración.

Pocos triunfadores son capaces de evadirse de esta poderosa narrativa de control. Logré lo que logré a base de pasión, o de esfuerzo, o de conocimiento, o de sacrificio. Logré lo que logré porque hice lo que hice, y estoy en condiciones de darte lecciones. Pocos introducen en su relato del éxito la influencia de la suerte, o de las centenares de circunstancias sobre las que no tuvo ningún control y que de una u otra forma contribuyeron a llevarle donde está. ¿Qué hay, convendría preguntar, de todos aquellos que hicieron lo mismo que tú hiciste, que se esforzaron, se sacrificaron, se apasionaron, trabajaron… y no consiguieron los mismos resultados? ¿Será entonces que “el método” no es tal?

Dice Scott Adams en su libro “How to fail at almost everything and still win big” (un libro sorprendentemente interesante para venir, como él dice, “de un dibujante de un cómic”) que “la suerte puede ser manipulada”, que si bien no puede ser controlada al 100% sí que puedes tomar decisiones que aumenten tus probabilidades de éxito. Y estoy muy de acuerdo, pero esto implica dos cosas:

  • Que “el camino correcto” no nos lo tiene que marcar un ejemplo concreto, si no la estadística. Hace tiempo hablaba de cómo, para luchar contra la falacia de la excepción, es necesario analizar la realidad por encima de las anécdotas sin dejarse cegar por el brillo del triunfador y su falsa narrativa. Hay acciones y decisiones que tienen más probabilidades de resultar bien que otras, sí, pero no va a ser con uno o dos casos con los que podamos evaluar cuáles son esas probabilidades. Así que, cada vez que alguien nos venda un “método” o un “caso de éxito”… mejor tomárnoslo con un granito de sal.
  • Que incluso si identificamos ese “camino correcto” no podemos asegurar el éxito. Porque estamos hablando de probabilidades. Porque las correlaciones perfectas apenas existen. Porque habitamos un mundo complejo, en el que hay infinidad de factores que escapan a nuestro control y que afectan al resultado final. Así que actuemos, sí, pero siendo conscientes de que el resultado final no está tan en nuestras manos como a veces nos quieren vender. Si las cosas salen mal no es necesariamente porque lo hayas hecho mal; simplemente pasa.

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Cuestión de prioridad (¿es?)

La primera vez que entré en aquellas instalaciones me llamaron la atención sus paredes, cubiertas con enormes carteles en los que, con letras bien grandes, estaban escritos los “valores” de la compañía. Uno mencionaba “la máxima satisfacción del cliente”. Otro “la importancia de la rentabilidad”. Un poquito más allá se hablaba de “la contribución a la sociedad”.

Vaya, una gran declaración de principios. ¿Quién, en su sano juicio, no se adheriría a ellos? ¡Por supuesto, yo también los suscribo!

Y sin embargo, pasado el tiempo, te dabas cuenta del problema. Porque se daban situaciones en las que esos principios entraban en conflicto. A veces, para conseguir la máxima satisfacción del cliente ponías en riesgo la rentabilidad. Y si defendías la rentabilidad, a lo mejor perjudicabas al cliente. En caso de duda, ¿cuál de los principios “oficialmente establecidos” mandaba?

Estoy leyendo el libro “Esencialismo”, de Greg McKeown. En él cuenta la historia de la palabra “prioridad”, y cómo en su origen, y durante muchos siglos, significaba “lo que va primero”. En singular, porque solo una cosa puede ir primero. Fue después, cuando haciendo un ejercicio de voluntarismo, se empezó a usar “prioridades” en plural, como si fuera posible tener varias de un mismo rango. Y así es como hemos acabado en el mundo de las múltiples prioridades y de la consecuente confusión. Porque la razón de ser de una prioridad es ayudarnos a actuar en caso de duda. Y si hay varias prioridades que entran en conflicto no hay una guía clara de actuación.

Me gusta la formulación de las tres leyes de la robótica ideadas por Isaac Asimov. Precisamente porque deja claro cuál es su orden de preponderancia. Hay una primera ley, una primera prioridad (redundante, ¿verdad?). Luego hay una segunda que será aplicable salvo que entre en conflicto con la primera, porque entonces la elección está clara. Y una tercera, que sólo es aplicable si no entra en conflicto con las anteriores. No son tres leyes a las que se les da el mismo rango, y si hay conflicto allá tú con cómo lo resuelves.

Así debería suceder con las “prioridades” tanto a nivel corporativo como a nivel individual. En el caso con el que abría el post, debería estar expuesto que “lo importante es la rentabilidad”, y luego que “procuraremos la máxima satisfacción del cliente a no ser que ponga en peligro la rentabilidad”, y luego que “contribuiremos a la sociedad siempre que estemos dando la máxima satisfacción al cliente y tengamos rentabilidad”. Y así, en caso de duda, todo el mundo sabría a qué atenerse.

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A veces es cuestión de empezar por los principios

Me crucé con este vídeo hace unas semanas, y no pude por menos que reír.

Ahí tenemos al colega, dándole hostias con un martillo neumático al suelo. Sin enchufar ni nada (de hecho el enchufe lo tiene cómodamente colgado en la cintura), a puro dolor. Y el capataz lo ve y flipa, “no, hombre, no, esto tienes que enchufar”. Y el tío enchufa, pero sigue dándole hostias. “No, hombre, con el gatillo ese, con el gatillo ese”. Y cuando por fin le da al gatillo y aquello empieza a funcionar, se lleva un susto de tres pares de narices y sale corriendo. Al menos no se abrió un pie.

En fin, ves el vídeo, y te ríes. “Alma de dios, ¿cómo es posible que no sepa hacer eso?”

Pues muy fácil: porque nadie le ha enseñado. Porque ninguno nacemos enseñados, porque cualquier cosa que hoy sabemos es porque lo hemos aprendido de alguien.

Justo comentaba ayer con un amigo consultor cómo muchas veces, cuando llegamos a un cliente, acabamos haciendo cosas muy básicas. Cosas que para nosotros son “el ABC”, que desde fuera puedes pensar “es imposible que no lo apliquen ya, si es de cajón”, que incluso te llevan a ver el proyecto como “un aburrimiento”; y que sin embargo para ese cliente en concreto les abre las puertas a un mundo desconocido y les aporta mucho valor. Y no es porque sean tontos: son muy buenos en lo suyo, pero no han tenido el aprendizaje y la experiencia que nosotros les podemos aportar. Su camino ha sido diferente del nuestro, y sus aprendizajes han ido por otros derroteros.

Tendemos a dar por hecho que lo que nosotros sabemos lo sabe todo el mundo. Y no es así.

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El valor del minimalismo

Llevo un tiempo revoloteando con curiosidad por el mundo del “minimalismo”. Ya conté en su día mis peripecias intentando quitarme de encima chismes (en ello sigo, a impulsos), pero poco a poco he ido ampliando mi interés.

La sensación que tengo es que cada uno asocia minimalismo a diferentes cosas. Hay quien piensa en una determinada forma de decoración, o un estilo arquitectónico. Hay quien lo relaciona con vestir de blanco y negro. Hay quien lo vincula a vivir en una mini casa, o a tener tan pocas pertenencias que puedes llevarlas en una mochila, o a deshacerse de cosas, o a vivir barato. De hecho, con estos ejemplos, hay mucha gente que acaba por pensar que es “demasiado radical”.

¿Y para mí, qué es el minimalismo? Pues me gusta mucho el enfoque que hacen en The Minimalists. El minimalismo no es un estilo de vida concreto; cada persona lo aplica a su propia vida, con un resultado diferente. Lo que importa del minimalismo no es la respuesta, si no la pregunta.

Se trata de cuestionarse permanentemente: ¿esto aporta valor a mi vida?. Si la respuesta es no, pues te deshaces de ello sin contemplaciones. Pero no hablamos solo de cosas, claro; también de con quién te relacionas, de a qué dedicas el tiempo, de en qué te gastas el dinero, de qué lees, etc. De esta forma, vas eliminando “lo que te sobra”, y en consecuencia te vas quedando con lo que te resulta esencial (como titulan ellos en uno de sus libros: “todo lo que queda”).

Esa pregunta es la clave de bóveda de todo, y a partir de ahí empiezas a actuar. Como lo que me aporta valor a mí puede ser distinto de lo que te aporta valor a ti, las decisiones que tomemos y el estilo de vida resultante serán diferentes.

Y aquí llegamos a la madre del cordero. “Lo que me aporta valor”. Una de esas preguntas que nos obligan a enfrentarnos a nosotros mismos, a pensar en “qué es lo que quiero en la vida”, a romper la inercia, a enfrentarnos con la responsabilidad que tenemos para con nosotros mismos. Esa responsabilidad incómoda, que normalmente preferimos eludir porque, seamos francos, es más fácil dejarse llevar.

Por lo tanto, el valor del minimalismo está no en gastar menos dinero, o en vivir con más orden, o en tener una casa más pequeña. Está en hacernos cuestionar lo que nos sobra, lo que no nos aporta. Sea eso lo que sea.

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Comportamientos absurdos generalmente aceptados

Estoy leyendo “Mañana todavía“, una recopilación de relatos sobre distopías o sociedades alternativas. Uno de los relatos es “Instrucciones para cambiar el mundo”, de Félix J. Palma. En él, se describe un mundo parecido al nuestro, pero en el que la gente en su día a día hace cosas muy raras, absurdas; salen a la calle en pijama y se ponen traje para dormir, cogen el autobús media hora para dar un rodeo en vez de cruzar la calle a pie, se sientan en las mesas en vez de en las sillas, toman caldo caliente en verano, participan en una guerra en la que está prohibido disparar al enemigo… La chicha del relato está en que de repente aparece una transgresora que cuestiona todo este tipo de actuaciones, una revolucionaria en ciernes..

En fin, la historia se resuelve más o menos rápido. La lees con distancia, porque al fin y al cabo se trata de comportamientos ridículos, absurdos a todas luces, “menuda tontería”. Y sin embargo me hizo pensar. ¿Cuántos comportamientos de los que tenemos nosotros, en la vida real, en esta sociedad en la que vivimos… son igualmente absurdos y ridículos? ¿Cuántos serían valorados, si alguien los expusiese al criterio de alguien extraño, como “una chorrada propia de un escritor fantasioso”?

Y entonces miras alrededor, con el ojo un poquito crítico, y un escalofrío te recorre la espalda. Uf. Nada, nada, mejor dejémonos llevar por la corriente; al fin y al cabo, lo absurdo es solo cosa de los libros.

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El mapa del aprendizaje

El aprendizaje es un tesoro. Algo que, si conseguimos descubrir, nos enriquecerá. Pero tenemos que llegar a él. Afortunadamente, tenemos en nuestro poder un mapa que nos señala tres rutas.

mapaaprendizaje

La primera nos obliga a cruzar un caudaloso río, y a atravesar un macizo montañoso. Es un camino difícil y duro, que nos va a exigir mucha concentración y mucho esfuerzo consciente. Es el camino de la práctica deliberada. Nos llevará tiempo y esfuerzo pero es el camino más corto para llegar al aprendizaje.

Tenemos una segunda ruta, la ruta de la costa. Es un camino mucho más agradable que transcurre entre frescos bosques y respirando la brisa del mar. Se transita por él con mucha facilidad, y hay vistas fantásticas que nos invitan a descansar con frecuencia. Es el camino de la práctica desestructurada, esa que realizamos básicamente cuando nos apetece, sin ningún objetivo concreto. Nos parece que debemos estar avanzando, porque damos pasos. Pero no nos damos cuenta de que este camino nos lleva dando un gran rodeo, con muchas idas y venidas, con muchos momentos en los que tenemos la sensación de “¿no he pasado ya por aquí? ¿estoy avanzando en círculos?”. Es un camino en el que, durante mucho tiempo caminamos (esfuerzo baldío) sin acercarnos a nuestro objetivo. Al que quizás lleguemos, después de mucho, mucho tiempo.

Y no hay que olvidar la tercera ruta, quizás la más peligrosa a pesar de su aparencia amable, la ruta de la práctica pasiva (o de la “no práctica”). Un camino muy cómodo, pero en el que damos pasos en una dirección equivocada, un camino que acaba por devolvernos al mismo punto de partida. Es el camino del que lee muchos libros, sigue muchos tutoriales, ve muchos videos… y nunca hace nada con ello. Un falso aprendizaje que en realidad nunca nos permitirá llegar al tesoro.

Tienes en tus manos el mapa. Quieres el tesoro. ¿Qué ruta vas a escoger?

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